Industria cultural: de la crisis de la sensibilidad a la seducción massmediática
, Leoncio Barrios, Marcelino Bisbal, Jesús Martín-Barbero, Carlos Guzmán y Jesús María Aguirre.Litterae, Caracas, 1999, 206 páginas.
Massimo Desiato
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Pensar las nuevas sensibilidades sin las trampas adornianas
El libro Industria cultural: de la crisis de la sensibilidad a la seducción massmediática de los autores Leoncio Barrios, Marcelino Bisbal, Jesús Martín-Barbero, Carlos Guzmán y Jesús María Aguirre, editado por Litterae, no es simplemente, como podría pensarse por el título, una investigación más sobre la cultura de masas. Estamos en presencia de un esfuerzo por liberarse, en el seno mismo del pensamiento sobre la industria cultural, de las trampas de pensar la comunicación generalizada desde la teoría crítica. Como lo indican sus autores al comienzo de su disertación, el problema no radica en saber si podemos conocer más acerca de los medios, sino si podemos saber de otro modo.
Empero, para saber de otro modo hace falta desprenderse de aquello que durante mucho tiempo ha marcado el quehacer de los investigadores latinoamericanos que se ocupan de los medios, a saber, el pensamiento de la Escuela de Francfort y su noción crítica. Como lo señala Jesús Martín-Barbero al final de su ensayo: "cuando la crítica de la crisis convoca a la crisis de la crítica es el momento de redefinir el campo mismo del debate".
En consecuencia, saber de otro modo implica plantearse el problema de cómo puede en la actualidad superarse la crisis de la crítica. Significa preguntarse si la crítica es todavía el camino adecuado para enfrentar la industria cultural o si, en cambio, ha llegado el momento de comprender los medios y la comunicación desde el mismo terreno en el cual ellos se insertan y desde el cual nos constituyen como sujetos. Este terreno es la cotidianidad que ha de ser comprendida mediante una sociología de lo vivido, tratando, en lo posible, de suspender las categorías conceptuales que durante décadas nos han consignado no sólo un campo de estudio, sino una postura a priori negativa de ese campo.
La redefinición del debate sobre la industria cultural ha de comenzar, según nuestros autores, por constatar que estamos asistiendo a nuevas sensibilidades, a formas distintas de entablar las relaciones con los otros y el mundo. Se trata de experiencias sociales distintas que, si han de ser comprendidas, obligan al pensador a superar las trampas de su propio pensar. Por ello, el primer ensayo de Leoncio Barrios, escrito en un lenguaje claro y sencillo, expone en clave retrospectiva el desarrollo de la Escuela de Francfort con la expresa intención de ir más allá de él. No se trata, desde luego, de desechar los valiosos aportes de los francfortianos, sino de reconocer sus límites y de comenzar a reflexionar allende tales límites.
Por esta razón, Barrios expresa con firmeza lo que a todas luces parece ser el principal problema del círculo de Francfort, afirmando que la "forma en que la escuela analiza el hecho cultural o la obra de arte produce la sensación de estar refiriéndose a valores superiores de la humanidad". Esto a su vez conduce a asumir el arte, la máxima expresión de la sensibilidad humana, descalificando de entrada los actos cotidianos y haciendo imposible su revalorización en una nueva concepción de vida.
El ensayo de Barrios indica con claridad el hilo conductor del libro, cuya magia y sugestión radica, a mi entender, en el esfuerzo de rendir cuenta y hacerse cargo de la crítica en el contexto de una revalorización de lo cotidiano, operación sin la cual los intelectuales se condenan a la marginación y al encierro discursivo. Por ello, el texto es más que una reflexión acerca de la industria cultural. A la par es una crítica a la crítica, un replanteamiento de las funciones del intelectual, del pensador, del investigador, de sus relaciones con ese mundo que ha cambiado de manera de relacionarse con los mismos intelectuales, que los ha desplazado y los desplaza continuamente, obligándolos, si es que quieren seguir pensando y comunicando, a modificar su autorrepresentación y sus métodos de trabajo.
En esta dirección, Marcelino Bisbal reconoce sin dudas que la "gente, como sujeto social, está cada vez más determinada por la cultura de masas que constituye, por lo tanto, una manera distinta de vivir la existencia". Esta nueva manera de vivir la existencia, continúa Bisbal, quebranta la diferenciación artificial y académica entre la cultura de los letrados y la de lo popular-masivo. No sólo la hace estallar, sino que, reparando en la totalidad del libro, es legítimo preguntar si acaso la cultura de los letrados se encuentra todavía en la capacidad de comprender lo popular-masivo y de comprenderse sobre todo a sí misma dentro de lo popular-masivo. Porque guste o no, la cultura de las elites se encuentra no sólo rodeado por la cultura de masas y por la industria cultural, sino que es penetrada e infiltrada por ella. Y no puede ser de otra manera cuando pensamos que para comunicarse los letrados se ven obligados a hacer uso de tal industria.
A partir de lo anterior, Bisbal aboga por una superación de los prejuicios ilustrados y pregunta a la vez: "¿Cuál es la otra manera de entender los massmediático?" (Otra respecto de lo que las consignas ilustradas establecen que hay que hacer). Y contesta: "esa otra manera debe consistir en intentar leer los signos que están atravesando esta época de fin de modernidad para darle sentido en términos culturales y estéticos, en claves de vida cotidiana de eso que han llamado la sociología de lo vivido." En otras palabras, el intelectual debe abandonar la posición de "aquel que se sabe con la verdad" para emprender más que una voluntad de sospecha una voluntad de escucha. Es decir, la crítica cultural de cuño francfortiano no sirve para entender, más bien oculta lo que está pasando con la producción cultural actual. Y la oculta porque su concepto de industria cultural se encuentra desfasado de la realidad. Con esta reflexiones, este libro propone, si bien transversalmente, una discusión respecto de la modernidad y la postmodernidad.
En algún momento, el ensayo de Bisbal llega realmente a provocar, cuando afirma: "Y si bien es realmente cierto, terriblemente cierto, no sé si ¿frustradamente cierto?, que cincuenta millones de familias aisladas cada una en su casa y mirando la televisión representan a la vez la socialización externa más avanzada que se haya conocido jamás y de de-socialización interna, la privatización más extrema, con qué derecho nos atrevemos a decir que allí hay pérdida de identidad, de solidaridad y a lo mejor de comunidad, e inclusive llegar a afirmar que se trata de un placer miserable."
Es en esta línea donde el estudio de Martín-Barbero destaca sin ambages que "fuimos descubriendo todo lo que el pensamiento de Francfort nos impedía pensar a nosotros, todo lo que de nuestra realidad social y cultural no tenía cabida ni en su sistematización ni en su dialéctica". En el bellísimo "ajuste de cuentas" que Martín-Barbero realiza en su trabajo, el papel del crítico tradicional queda en entredicho. Adorno le produce perplejidad, pues leyéndolo uno nunca sabe de qué lado está el crítico. "Hay textos en los que la tarea parece ser la desmistificación (…) Pero hay otros en los que se afirma que la complicidad de la crítica con la cultura no se debe meramente a la ideología del crítico: más bien es fruto de la relación del crítico con la cosa que trata".
"¿De qué lado está el crítico?." He allí una de las preguntas claves del libro. Es ésta la pregunta que redefine el campo del debate. Primero, porque con esta afirmación se niega la posibilidad de que el crítico se ubique fuera de los lados, en algún hiperuranio, inclusive cibernético. Segundo, porque tal aseveración insta a tomar partido y más allá de eso propone, si bien indirectamente, el interrogante de en qué lado debe estar el crítico de la industria cultural. Y la respuesta del libro es, a mi entender, bastante clara. Debe estar en la industria cultural, para lo cual tiene que volver a pensar el concepto de industria cultural de forma tal que éste no niegue la posibilidad de comprender el fenómeno.
Si el texto concluyera aquí, no sólo sería incompleto, sino que caería en una contradicción pragmática. No se puede afirmar programáticamente que hay que estudiar el fenómeno mediático desde la cotidianidad si luego no se aporta una descripción, por más preliminar que sea, del mismo autor. Por ello, tras haber introducido el tema, haberlo considerado retrospectivamente indicando sus límites y la intención de sobrepasarlos (Barrios); luego de instalarse en la sociología de lo vivido, mostrado la fecundidad del enfoque, provocado al lector respecto del papel del intelectual (Bisbal); considerada y criticada la crítica, propuesto el camino para una nueva crítica abierta al fenómeno (Martín-Barbero), los ensayos de Jesús María Aguirre y Carlos Guzmán nos entregan una topografía del nuevo mundo que constantemente se hace nuevo en su hacerse mundo.
Aguirre sigue las huellas de la dinámica sociocultural y sus implicaciones. Aquí se introduce un concepto más positivo de industria cultural, entendida como "un conjunto de ramas, segmentos y actividades auxiliares, productoras y distribuidoras de mercancías con contenido simbólicos, concebidas por un trabajo creativo, organizadas por un capital que se valoriza y destinda, finalmente, con una función de reproducción ideológica y social". A partir de esto, Aguirre se da a la tarea de identificar las tendencias actuales de las industrias culturales sin tonos apocalípticos ni integrados. Acepta con serenidad que el "modo de comunicación determina el mensaje comunicativo". El impacto sociocultural que tienen los medios es de tal magnitud que su dinámica no solamente se superpone, sino que además atraviesa los subsistemas de aculturación tradicionales, diferenciándose de otras instituciones del conocimiento, como la ciencia, la educación, el arte, la religión por una función general portadora de todo tipo de conocimiento.
De esta manera, Aguirre muestra cómo los medios redefinen el espacio público, a la par que predice algunas perspectivas en función de la globalización. De particular interés es su descripción de la "casa de las múltiples ventanas virtuales", así como sus ponderadas reflexiones en torno a la cibereducación, donde se destaca que "el uso del multimedia interactivo, utilizable incluso a distancia, sin duda, suple las funciones de mera transmisión de información, de repetición y aun de ciertos tipos de corrección. Pero si educar es formar personas que puedan actuar conscientemente, ejercitar en la responsabilidad y creatividad, promover la integración de afectos y valores, la relación educador-alumno sigue siendo nuclear y puede aprovecharse de la tecnología para reducir al máximo los procesos mecánicos, siempre que los educadores conozcan, manejen, investiguen y generen nuevas estrategias para optimizar el proceso de enseñanza-aprendizaje". Su ensayo concluye con la comprensión de que en nuestra realidad, a pesar de disponer en algunos casos de circuitos apropiados para todos los grados de cultura en función de necesidades locales, hacen falta los pioneros que apuesten por visiones alternativas. En el fondo, cabe añadir aquí, de nada sirven las transformaciones tecnológicas si no son acompañadas de una manera de hacer. Esta nueva manera de hacer es propiciada por un nuevo saber, por un saber diferente acerca de los medios que el libro intenta señalar.
No podía faltar en un libro tan equilibrado y bien sintetizado, una visión económica de los medios. El estudio de Carlos Guzmán sobre la innovación y la competitividad de las industrias culturales en Venezuela analiza la situación venezolana en el ámbito de las tendencias internacionales de recomposición de los mercados audiovisuales. A pesar de la gran dificultad de presentar un panorama tan abigarrado y en constante transformación como el del mercado de las industrias culturales, el ensayo de Guzmán es preciso y realmente ubica con claridad al lector frente a los acontecimientos. Sobre la base de una gran cantidad de datos muy actualizados se va tejiendo un análisis minucioso de las posibilidades y desafíos que la industria nacional puede encarar. Este ensayo tiene el inmenso valor de subsanar, como el propio autor advierte, una notable falla en los trabajos sobre los medios, pues son realmente escasos los estudios sobre las ventajas competitivas del conjunto de industrias que conforman el sector de la cultura y de la información.
En resumidas cuentas, Industria cultural: de la crisis de la sensibilidad a la seducción massmediática no sólo introduce al lector en los problemas más actuales de las industrias culturales a través de su replanteamiento, sino, superado lo que en muchos casos es un defecto habitual de esta clase de trabajos, a saber, su fragmentación, logra, mediante una especial alquimia, trasmutar cada ensayo a la luz del sucesivo y de allí hacia una totalidad que, si bien no agota el problema, abre una multiplicidad de horizontes y de debates, en un lenguaje ameno y accesible. Es un libro que puede servir tanto como texto básico para estudiantes de comunicación social, como para el lector más experimentado. E inclusive, este último encontrará frente a sí un libro estimulante para seguir reflexionando sobre el tema. Y tendría que ser así, si pensamos en la calidad de sus autores, su dedicación y compromiso con la materia que investigan y su extraordinaria sencillez a la hora de presentarse ante los auditorios. A diferencia de muchos otros, no invaden con pedantería la reflexión "solitaria" del lector, sino que, por así decirlo, se ponen a su disposición.