SENTIPENSAR LA CULTURA

Un recorrido por los caminos del arte y la imaginación

María de la Luz Casas Pérez

Marzo de 1999

Cuando en el verano de 1997 Héctor Rosales me dio a leer un manuscrito en el que estaba trabajando, lo primero que me llamó la atención fue el título: "Sentipensar la cultura". Me pregunté entonces cuál era el propósito original del texto. Lo primero que pensé es que se trataría quizás de una colección de reflexiones sobre el quehacer y las políticas culturales, tema que Héctor domina y sobre el que ha venido trabajando durante varios años; sin embargo, el título resultaba muy sugerente por lo que también cruzó por mi mente la posibilidad de que el trabajo que tenía frente a mis ojos fuese una obra que agrupase la experiencia resultante del trabajo de quien está cercano a la producción artística literaria.

Durante la lectura, me percaté de que "Sentipensar la cultura" es ambas cosas. Es una reflexión profunda del quehacer cultural que nos lleva al cuestionamiento de nuestros más profundos orígenes como mexicanos y como hacedores de productos culturales; es una propuesta seria de los mecanismos que deben entrar en juego en la evaluación de nuestro quehacer cultural, pero al mismo tiempo, es la expresión de un ser humano sensible a la cultura y profundamente preocupado por ella.

Comentar el libro me parece pues, una tarea sumamente honrosa, además de agradable. Me permite elaborar sobre algunas de los pensamientos que se encuentran presentes dentro del libro, pero al mismo tiempo me permite adentrarme en las reflexiones que su lectura sugiere.

Llama la atención, en primer término, la relación entre las partes del capitulado: un primer capítulo sobre las consideraciones de la mundialización, la internacionalización y la globalización; un situarnos primero como habitantes de un planeta que se recompone día con día, una serie de consideraciones y reconsideraciones para poder ubicarnos en el panorama cultural de fin de siglo y de milenio en donde lo único constante es lo inconstante y la angustia existencial que nos embarga ante la imposibilidad de trazar un camino preciso hacia el futuro, para pasar de ahí a una serie de condiciones teórico- metodológicas sobre la identidad nacional y sobre el mexicano.

Con esta trayectoria, el autor nos sitúa primero como habitantes del planeta tierra, para después cuestionarnos sobre nuestros elementos identitarios como latinoamericanos, como mexicanos, como ciudadanos y finalmente para cerrar el círculo cuestionándonos acerca de nuestra responsabilidad ética como seres humanos ante un mundo posible.

No hay recetas de cocina en este recorrido, en parte hay una serie de herramientas analíticas que nos sirven de soporte, pero en parte también el recorrido lo tenemos que hacer cada uno de nosotros, con las muletas y los soportes axiológicos que nos ha ido dando la vida. Como dice Héctor en su libro, "estamos frente al desafío de inventar nuevas categorías y teorizaciones que, sin renunciar a las tradiciones de pensamiento previas, las proyecten hacia nuevos horizontes de comprensión".

La tarea no es sencilla, las condiciones políticas, económicas, sociales y tecnológicas que enfrenta el hombre de fin de siglo y de fin de milenio son tales, que aún cuando parezca contradictorio son posibles fenómenos de contracción-expansión del conocimiento y de la cultura. "Por primera vez ha surgido una civilización de carácter planetario, con una potencia expansiva aparentemente ilimitada", hemos hecho posible la circulación de la información a la velocidad de la luz por todo el globo terráqueo, las posibilidades de encuentros, de consensos y de interacciones son infinitas, pero también nos encontramos ante un fenómeno creciente de fundamentalismos, intolerancias e incomunicaciones sustanciales. Nuestros pueblos sufren permanentemente la disyuntiva entre la integración y la diferenciación; el debate sobre las identidades nacionales y las identidades culturales sigue vivo y vigente.

Héctor nos sugiere nuevas formas de articulación del pensamiento, hay que cerrar los ojos y sentir, dejar que nuestra emotividad tome las riendas de la racionalidad, quizás un cambio en nuestra manera de interpretar la realidad pueda ayudar. En lugar de pensar en mundo, globo o planeta, pensemos en la calabaza como fuente de vida y de regeneración. ¿Por qué no una calabaza? El globo o mundo son la representación de la circunferencia eterna que se circunscribe a sí misma pero que no evoluciona; en cambio, la calabaza es poética. ¿Por qué no pensar en la calabaza como forma cambiante? A veces redonda, a veces curvilínea, otras alargada, la calabaza es fuente de creatividad continua. La calabaza es fuente alimentaria primigenia de nuestra raza, nos nutre y nos guía durante todo el año, sus tallos rastreros se enredan y se confunden con todo aquello que tocan, su fruto adquiere la forma del lugar en el que se desarrolla, se funde con la naturaleza y lo vivifica todo. No es mala idea, la calabaza puede ser el símbolo vivo de una cultura que no es unitaria y uniforme, cambia, se transforma.

Pensar en esta maravillosa analogía me hace recordar una de las cualidades más importantes del libro de Héctor. El redescubrimiento del sujeto y de la subjetividad como método hermenéutico de análisis de la realidad; la posibilidad de encontrar en la subjetividad el encuentro, el goce, el placer de descubrir el conocimiento y de descubrir en el proceso el conocimiento del otro. Como bien dice Héctor al hacer un análisis profundo de las premisas que de manera natural han guiado la investigación y el análisis social "concebir a la realidad como producto de una construcción social incluye al movimiento y a lo inacabado"; por eso es que atreverse al análisis desde los resquicios de la subjetividad resulta doblemente interesante. Por un lado permite la apropiación del mundo con el propósito de ubicarnos como sujetos en él, y por otro, permite la asignación de múltiples significados, lecturas y sentidos a lo que se observa.

Todo libro es una herramienta múltiple de significaciones, eso lo sabemos bien. La literatura aprovecha la multiplicidad de interpretaciones asignadas al texto para llevarnos de la mano por los caminos de la imaginación y del arte. En el caso de Sentipensar la cultura a ratos uno no sabe si está leyendo un ensayo de investigación social o un ensayo literario. La belleza del lenguaje utilizado nos transporta al mundo de la plurisignificación, nos toca dentro de nuestra más pura subjetividad y moviliza nuestro entendimiento.

Gracias a las comunicaciones, el mundo se nos está haciendo pequeño, a veces demasiado. La posibilidad de ver y ser vistos por el otro a todas horas, 24 horas al día nos abruma y nos ahoga. No cabe duda que de todos los medios de comunicación que existen en la actualidad, todavía es el libro el que mejor transmite la dimensión oculta de nuestras almas; a través de sus páginas el autor expresa ideas que nos permiten llenarnos de imaginación y de luz.

Leídas en distinto momento, sus líneas expresan los intersticios de la reflexión surgida de horas y horas de articulaciones emanadas del coqueteo entre la emotividad y la razón.

Muchas de las ideas que encuentro en este libro, hicieron eco en mí de manera diferente la primera vez que lo leí. Hoy encuentro en muchas de sus frases y de sus reflexiones un caudal de agua fresca y viva, capaz de irrigar vigorosas interpretaciones.

Si he de ser fiel a la idea central del libro en términos de rescatar a la subjetividad como herramienta y como paradigma para el análisis social, no debería constituir mayor sorpresa el que el libro se presente ante el lector como una herramienta más para la comprensión histórica. Desde el constructo de la identidad nacional y del nacionalismo como construcción simbólica que interviene en la formación, interpretación y transformación de la realidad, hasta la formación de las ideologías, los proyectos de nación y las utopías reinantes, pasando por los contextos, las percepciones, las formas de entendimiento, las costumbres y los mecanismos que hacen posible, - o a veces incluso imposible- la interacción social, el subjetivismo se nos plantea como la única posibilidad de análisis de la complejidad social.

En Sentipensar la cultura, Héctor Rosales plantea como requisito indispensable para la convivencia humana orientar la potencialidad de los sujetos que pueden articular sus propias acciones de transformación, es decir, buscar incesantemente, incansablemente diría yo, este nuevo "horizonte comprensivo de la pluralidad" que el autor plantea. Cuestión desde luego loable y deseable, pero doblemente industriosa y difícil, si tomamos en consideración que el hombre es no solamente potencia sino también acto. Por supuesto que la pluralidad implica respetar al otro, respetar la capacidad de autogestión y de determinación, tolerar las desigualdades que percibimos en el otro en referencia a nuestros propios rasgos de identidad y contemplar como posibles las alternativas de comprensión mutua, consenso y alianza. El ser humano es potencialmente capaz de ello, pero no actúa en consecuencia; prueba de esta inconsistencia son las numerosas intolerancias, los fundamentalismos y la incapacidad siquiera de admitir ver al mundo desde otra perspectiva.

Por ello es que anteriormente comenté que, si bien estamos frente a una civilización planetaria con capacidad ilimitada de contacto y comunicación, también vivimos hoy tiempos de apatía y recelo.

Es cierto que, como dice Héctor Rosales, el momento es propicio para repensar la situación mundial y nacional tomando como base un nuevo modelo productivo, una reflexión profunda sobre nuestro territorio y lo que estamos haciendo con el país que habitamos, y que es el momento para instrumentar procesos de cambio, pero no será sencillo. El gran reto es, como dice el autor, construir un "nosotros" suficientemente amplio e inclusivo que abarque los conjuntos nacionales como totalidades plurales, equitativas y no racistas. Se trata de construir y reconstruir las sociedades desde sus elementos constitutivos primordiales. Impulsar una subjetividad en la cual cada persona asuma el compromiso de lo colectivo como el fundamento mismo de un proyecto ético y político que oriente y de sentido al inefable misterio de estar vivos", a lo cual yo simplemente respondo: es imposible ver en el otro lo que no hemos encontrado en nosotros mismos; es mucho más difícil encontrar el "nosotros" sin definir lo que son "los otros". El nos-otros implica encontrar puntos de convergencia a los que solamente se llega a través del diálogo. El diálogo no es posible sin la articulación de discursos basados en una ética comunitaria. Mientras continuemos tratando de distinguirnos radicalmente para diferenciarnos de los demás no vamos a poder convenir en hacer comunitario lo cotidiano.

Todo parece volver al lugar de origen. La esencia de estar vivos, la esencia de descubrirnos como seres humanos capaces de entendimiento, de sentimientos, de arte y de imaginación; el reconocimiento de los valores más esenciales de nuestra naturaleza humana. En la medida en que podamos reconocer dichos valores al interior de nosotros mismos y que podamos reconocer-nos en los otros, en esa medida podremos hacer posible la tolerancia y la convivencia. ¡Qué tarea tan difícil!, si tomamos en consideración la naturaleza de nuestras identidades cambiantes, si tomamos en consideración que los esfuerzos de construcción social y colectiva del sentido se encuentran ya rebasados por nuestra propia intolerancia.

Tenemos que reconocer este estado de cosas, si queremos que el próximo siglo nos encuentre en otro ánimo de cosas; tenemos que reconocer que si bien la cultura se hace cotidianamente, se piensa y se siente cotidianamente, también es necesario pensarla y repensarla en términos del análisis; de encontrar un sentido a nuestra trayectoria y a nuestra existencia; en términos de que la cultura ha dejado de ser observada y "gozada" para ser simplemente "mercantilizada".

¿Cómo se entrelazan los procesos políticos, económicos y culturales?, se pregunta el autor. ¿Cómo se vinculan con el Estado y con los medios de comunicación? ¿De qué manera se articulan visiones de una identidad postnacional que no reconoce fronteras culturales y que se funde con otras identidades: las del consumo, las de la tecnología y las de la globalización?. Si no nos preguntamos este tipo de cosas, lo más probable es que estemos dejando de lado la posibilidad de hacer cultura, para asumir simplemente el papel de "consumir" cultura. Si no nos cuestionamos el valor de la cultura para otorgarle sentido a nuestra existencia tanto individual, como social o nacional, tampoco nos será posible dar una "lectura apropiada" del sentido que tienen los procesos económicos y políticos para una sociedad. En este tenor de cosas, debemos de reconocer que nuestros más profundos anhelos por legarle un mundo mejor a nuestros hijos se verán frustrados si no damos marcha atrás para observar nuestros propios procesos culturales. Hoy día en 1999, ¿cuál es el saldo de nuestras luchas por el poder? ¿cuál es el producto de nuestros esfuerzos por una diferenciación cultural y un nacionalismo que condujera nuestro proyecto de nación? ¿cuáles son las propuestas que tenemos para el futuro? De nada servirán todos nuestros planes si no hacemos el esfuerzo por construir un proyecto posible, y el único proyecto posible es el que toma en consideración la existencia del otro y su derecho a tomar las riendas de su propio destino.

En otra parte de su libro, Héctor Rosales nos recuerda que "la cultura da a los hombres y mujeres la capacidad de reflexionar sobre sí mismos. A través de ella, -dice el autor- se disciernen los sistemas de valores, las tradiciones, las creencias, los modos de vida, y los derechos fundamentales del ser humano". La discusión sobre dichos derechos fundamentales es lo único que nos distingue, todavía, de la lucha irracional por los recursos materiales; sin embargo, la dinámica social implica que hasta los más profundos valores se redefinan día con día. Estamos viviendo tiempos en que la definición de derechos y valores inalienables como la verdad, la honestidad, la justicia y el bien nos están llevando a discusiones bizantinas. Es un hecho que al no tomar a la cultura como el paradigma esencialmente humano, lo político y lo económico pasan a primer término, dejando a la deriva la construcción del entramado de lo social.

Este el sentido que para mi tiene Sentipensar la cultura: Si no reubicamos lo cultural en su dimensión correcta, si no rescatamos aquello que de espiritualidad tiene la producción de la cultura, si no recapitulamos en nuestro quehacer cotidiano como el verdadero legado esencialista de nuestra naturaleza humana, corremos el riesgo de dejarnos llevar por los caprichos del poder y del dinero que, a fin de siglo, se han convertido en el verdadero mantra de la sociedad humana.

Como indica el autor, "Pensar la cultura y participar conscientemente en el hacer cultural, son tareas urgentes cuando el seguimiento de los acontecimientos cotidianos muestra un mundo cada vez más convulsionado por múltiples manifestaciones de desorden social, que tienden a estallar en escenarios de desastre (especialmente relacionados con las antinomias sociedad-naturaleza), la ingobernabilidad y el deterioro de las condiciones sociales de convivencia".

¿Qué hacer ante este escenario aparentemente fatalista? La respuesta ha estado presente a lo largo de todo el texto Sentipensar la cultura. Resulta obvio entonces que hay que tomar a la cultura como eje y punto de partida, tanto desde el ángulo analítico de la investigación y del conocimiento, como desde su perspectiva de producción y de gozo. Solamente a partir de la cultura es que podremos construir una realidad que de curso viable a los procesos de cambio que queremos, y que debemos buscar.

Considerada así, la cultura resulta no solamente nuestro más importante recurso y nuestra más importante guía; es también nuestra única alternativa para la supervivencia. Consagrada como valor la cultura deberá reflejar nuestras más profundas habilidades y capacidades para la tolerancia y para la convivencia; articulada como recurso metodológico para el análisis de nuestro propio devenir social, será el único mecanismo fiel a la propuesta de cada una de las disciplinas del conocimiento científico.

Un último pensamiento que intenta conjugar mis reflexiones analíticas sobre el texto que aquí comento, junto con la sensación que me produjo al terminar de leerlo:

La obra de Héctor Rosales tiene una particularidad adicional, de entre la intertextualidad que le confiere significado a las palabras, la articulación de las ideas, la solidez de los argumentos y conforme se avanza sobre cada uno de los capítulos, uno se puede percatar del proceso ocurrido entre autor y texto, entre lector y texto y finalmente entre el autor y el lector. Una transformación sensible ha operado en nosotros. Al dejarnos con una serie de "videncias" como corolario, la intención última del libro se logra, o para ponerlo de otra manera, quizás como atinadamente muestra la portada, lo que sucede es que quienes hemos leído Sentipensar la cultura nos hemos dejado polinizar por las muchas ideas que el picaflor ha ido depositando delicadamente en nuestra alma y en nuestro pensamiento.

 

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