Dado que concebimos a la cultura como una dimensión de todos los fenómenos sociales
-distinguible analíticamente pero no separable como proceso autónomo-, entendemos que el
análisis de la globalización desde la dimensión cultural está íntimamente vinculado
con el estudio de ese proceso en el plano histórico, económico, político y financiero.
La expansión internacional está implícita en la dinámica del capitalismo y acompaña
su evolución histórica, incluyendo los procesos de acumulación que dieron lugar al
desarrollo de este modo de producción. Entre las tendencias que el análisis del
capitalismo pone de manifiesto se destacan aquellas ligadas con los impulsos hacia una
productividad creciente, hacia el aumento en la composición orgánica y técnica del
capital, los procesos de concentración y centralización y la tendencia decreciente de la
tasa de ganancia. Estas tendencias complejas, que no operan de manera lineal y encuentran
procesos que las contrarrestan, se han comprobado en el largo plazo y están presentes en
las modalidades expansivas del capitalismo en su etapa actual y en las pujas por
constituir y hegemonizar nuevos mercados.
Desde la conquista de América, fenómeno ligado con el desarrollo de las fuerzas
productivas en la Europa de los siglos XV y XVI, que pone de manifiesto un estado de
internacionalización de procesos económicos y políticos (el comienzo de la
economía-mundo de la que habla Wallerstein), los aspectos culturales aparecen
acompañando de manera manifiesta a los procesos políticos, económicos y militares. La
conquista trasciende, por ejemplo en México, no tanto por el desplazamiento de la clase
dominante indígena luego de la derrota militar, cosa que ya había ocurrido
anteriormente, sino por la radical imposición de la otredad. Claro que esto incluye la
otredad económica y tecnológica, pero lo que constituyó la transformación más
radical, la verdadera ruptura, fue el ingreso y la implantación de la otredad cultural:
una nueva manera de concebir y significar el mundo, de procesar el tiempo y el espacio,
los valores y los alimentos, las relaciones humanas y las relaciones con los dioses.
La internacionalización de los fenómenos económicos ha ido avanzando, atravesando
diferentes etapas históricas. Los cambios culturales han acompañado de manera compleja
los episodios derivados del intercambio comercial y la intromisión política en todos los
continentes. La reflexión sobre cultura y el intrincado itinerario semántico que
atravesó este concepto, están profundamente vinculados con el desarrollo de la
tecnología y con el avance colonial que puso a los europeos en contacto con costumbres
diferentes y con extraños modos de vivir y de resolver los problemas de la existencia. En
el siglo XIX los antropólogos acompañaron en sus viajes a los administradores de la
aventura colonial, así como los misioneros acompañaban a los soldados en la conquista de
América.
El tema que da lugar al concepto globalización es, pues, antiguo,1 sólo que ahora
encuentra una palabra nueva, que algunos diferencian de conceptos afines (mundialización,
internacionalización); acerca de estas diferencias y la incidencia ideológica del
concepto dejaremos abierto un paréntesis considerando que requieren mayor reflexión. Sin
embargo, es dable pensar que los procesos ocurridos en los siglos precedentes difieren
profundamente de los fenómenos contemporáneos, aunque podrían encontrarse homologías
relacionadas con los conflictivos procesos que han dado lugar a la constitución de
hegemonías.
El eje central de las diferencias radica en el acelerado cambio tecnológico. El cambio en
cuanto a la cantidad -por ejemplo, la velocidad- genera un cambio en la calidad de los
fenómenos. En el plano de las comunicaciones y transportes, para ejemplificar con un caso
concreto, no podemos comparar un sistema mundial cuyas comunicaciones estaban -en sus
inicios- en el plano del Galeón de Acapulco, con los procesos de mundialización
actuales, caracterizados por tremendos avances tecnológicos, el mundo de las
computadoras, de la autopista informática, de la televisión satelital. En el primer
caso, un intercambio de mensajes entre el Rey de España y el gobernador de Filipinas
podría demorar bastante más de un año, en el segundo la comunicación es instantánea,
en tiempo real, entre países distantes.
Para Renato Ortiz (1994:14) "internacionalización se refiere, simplemente, al
aumento de la extensión geográfica de las actividades económicas más allá de las
fronteras nacionales. No se trata, entonces, de un fenómeno nuevo. La globalización de
la actividad económica es cualitativamente diferente. Es una forma más avanzada y
compleja de internacionalización, implicando un cierto grado de integración funcional
entre las actividades económicas dispersas. El concepto se aplica, por lo tanto, a la
producción, distribución y consumo de bienes y servicios organizados a partir de una
estrategia mundial y dirigidos hacia un mercado mundial. Esto corresponde a un nivel y a
una complejidad de la historia económica en el cual las partes, antes internacionales se
funden ahora en una nueva síntesis: el mercado mundial". R.Ortiz se apoya en el
sociólogo brasileño Octavio Ianni, quien afirma que en los análisis sociológicos
habituales, el individuo y la sociedad son considerados, implícitamente, en términos de
relaciones, procesos o estructuras nacionales, en cambio, las dimensiones globales de la
realidad social están aún poco presentes en tales análisis.
Hay sectores en los que se aprecia un mayor impacto de la innovación tecnológica y de la
internacionalización de sus actividades. Tal el caso del mundo financiero, de los
mercados de acciones y commodities, de los mercados monetarios, y también el campo de las
comunicaciones: los massmedia, llevados a escala mundial a partir de los satélites
comunicacionales. Es evidente, en estas temáticas y en otras vinculadas con la alta
tecnología, la interconexión a escala mundial, la repercusión de acontecimientos
locales en el conjunto (por ejemplo, el llamado "efecto tequila"), la
trasmisión a otros continentes de los programas televisivos y, más aun, la trasmisión a
nivel planetario de ciertos sucesos (Guerra del Golfo, juegos Olímpicos, mundial de
fútbol). Existe el antecedente del cine, que familiarizó al mundo entero con el star
system y los lenguajes y estética generados en Hollywood y otros centros de producción.
Pero hay que tomar en cuenta antes de asumir acríticamente ciertos sentidos que parecen
fluir de la palabra globalización, que no existe una distribución uniforme de actores
económicos y sociales homogéneos esparcidos por el globo, desde los cuales se emiten y
reciben mensajes, bienes y servicios, sino que en todos los órdenes y planos de la tal
globalización predominan pluralidades y asimetrías vinculadas con la concentración
desigual de la riqueza, de la tecnología y del poder, incluyendo la concentración de la
capacidad de emisión y recepción de los mensajes, sean éstos de orden financiero,
informático o relativos a las industrias massmediáticas.
Entendemos que hay que analizar y descifrar el contenido semántico de la palabra
globalización -sobre todo en su referencia a lo cultural- y también poner de manifiesto
sus posibles cargas ideológicas. Es necesario pensar en aplicar, desde la perspectiva de
la economía y tecnología actuales, análisis que tomen en cuenta las desigualdades
económicas y técnicas, las concentraciones de poder y de riqueza y la calidad y
dirección de los flujos. Los mensajes, así como los nuevos códigos, ¿no tienen acaso
que ver con el predominio de los centros dominantes en la innovación tecnológica y en el
plano financiero? ¿No hay un paralelismo entre la globalización cultural, en cuanto a
poder de institución en el plano de lo simbólico, con la hegemonía financiera,
política, tecnológica y militar? ¿Existe una geografía de los flujos culturales
desvinculada de los ejes territoriales de concentración del poder y la riqueza?
A título de ejemplificación cabe mencionar la concentración de funciones en el plano
financiero, comunicacional, económico y político en algunas pocas ciudades: "cuanto
mayor es la mundialización de la economía, mayor es la aglomeración de las funciones
centrales en las ciudades globales" (Sassen, l992).2
Para que las avanzadas tecnologías actuantes en el plano de la informática y la
comunicación, por ejemplo Internet, puedan funcionar, se precisa compartir no solamente
competencias informáticas, se requiere previamente, y sobre todo, compartir redes
significativas, códigos, valores, atribuciones de sentido, o sea, fenómenos de la esfera
de lo cultural que hagan posible la comunicación entre actores diseminados en el mundo.
El intercambio de productos, la mundialización de algunos bienes o servicios, como la
Coca-cola, el automóvil o los servicios bancarios, requieren también, previamente,
sistemas de percepción y apreciación compartidos, códigos comunes, una cierta
estandarización en los signos, valores y ritmos. El consumo avanza sobre la cultura, más
aun, se inserta en ella. Cada nuevo producto coloniza un espacio semiológico, se legitima
en un mundo de sentidos y de signos, arraiga en un humus cultural. Un ejemplo, acaso
brutal, es la frase atribuida a un ejecutivo en ocasión del proyecto de instalación de
McDonalds en Moscú, cuando el sistema soviético estaba todavía en vigencia:
"we are going to Mcdonaldize them", fue la sintética afirmación que llevaba
implícita la decisión de instalar un ámbito de gustos, velocidades y valores, abrirse
camino, no sólo en un contexto político-económico poco propicio, también en un antiguo
espacio cultural cargado con tradiciones culinarias y estéticas.3
La publicidad televisiva de una conocida tarjeta de crédito pone de manifiesto claramente
la combinación de sistemas de signos globales con los códigos de la cultura local. La
tarjeta de crédito, empleada en los más diferentes contextos sociales, culturales y
geográficos, supone competencias, saberes compartidos, interpretaciones comunes, una fe
impoluta en la omnipotencia y omnipresencia del dinero, aun en sus más extrañas
rencarnaciones, en suma, un nicho cultural global que se inserta en el marco de las más
variadas y aparentemente irreductibles manifestaciones de lo local.
Este ejemplo alude, tangencialmente, a uno de los grandes temas que plantea la
globalización en el plano de la cultura: la intersección de lo global con lo local, el
nivel de las identidades, su evolución y nuevas formas de emergencia, la hibridación.
Todo nuevo producto, y más un bien producido por una empresa mundial para su consumo en
ámbitos diversos, coloniza un territorio cultural, influye sobre las costumbres, los
hábitos, los gustos y valores, requiere un capital cultural para su uso y, con
frecuencia, inicia una cadena de nuevos lenguajes.
Insistiremos en el tema del efecto cultural de los consumos, en los requisitos
semiológicos vinculados con la incorporación de un nuevo producto -bien o servicio- en
el proceso de colonización de mercados lejanos. Podría decirse que los nuevos héroes de
la épica global trabajan hoy para los grandes conglomerados industriales o financieros:
en el mundo actual Odiseo, Jasón o Eneas serían funcionarios de la IBM, Coca-cola, Sony,
Disney o bien de los grandes bancos y agencias financieras.
También, es preciso tomar en cuenta la forma en que la cultura local incorpora la
novedad, cómo la interpreta y le asigna un lugar en su trama de significados. Los
consumos no son uniformes, el consumo de bienes, al igual que el consumo de mensajes,
suele ser creativo: la gente decodifica productos y mensajes en el marco de su cultura
local, sus condiciones de vida y de relación y su capital simbólico. Por lo tanto, si
bien podemos afirmar la influencia cultural y las grandes transformaciones que la
mundialización de bienes, servicios y mensajes ocasionan en el plano local, nada autoriza
a presuponer una drástica uniformidad de las culturas locales, la convergencia -en un
futuro próximo- en la "aldea global", con la consiguiente desaparición de las
identidades particulares. A título de hipótesis podríamos pensar que existen en cada
sociedad códigos culturales superpuestos, tramas de sentido que tienen diferente alcance
espacial: desde los códigos particulares que sólo afectan a pequeños grupos -tribus que
comparten contraseñas identificatorias-, códigos más amplios que abarcan zonas urbanas
o regiones que participan de un mismo lenguaje, memoria, costumbres, valores, creencias y
tradiciones y, por último, ámbitos de lo cultural vinculados a la irrupción de la
globalidad en el plano local, dentro de la esfera de los consumos de productos de todo
orden -incluidos los massmediáticos- que requieren de competencias particulares y que
originan formas locales de metabolismo y aplicación de los lenguajes, significados,
valores y ritmos implícitos en los productos. Y estas tramas culturales superpuestas
están en constante intercambio y transformación, sumidas en procesos de cambio y en
luchas por la constitución e imposición de sentidos que, por supuesto, no están
desvinculadas de las pujas y conflictos que arraigan en la dinámica social.
Los países latinoamericanos, entre ellos la Argentina, estuvieron incluidos desde un
comienzo en un sistema mundial de relaciones económicas, políticas y culturales. En
nuestro país el proceso es peculiar: en su consolidación como nación pesó la herencia
del pasado, las tradiciones y formas culturales de la colonia, en especial el idioma, a lo
que se incorporaron -por medio del intenso proceso migratorio y por las particularidades
ideológicas del proceso de constitución nacional- una avalancha de gentes, de
costumbres, de hábitos idiomáticos, amén de formas de organización de las
instituciones, de la economía y de los territorios que poco tenían que ver con los
aportes culturales de los inmigrantes. La construcción de la nación, en un proyecto que
apuntaba a imponer la modernidad europea, incorporó también un modelo cultural
específico, o sea, los sistemas simbólicos que acompañaban a las instituciones y la
importación de formas de organización, de aparatos legales y avances tecnológicos. Así
se va constituyendo la identidad, con elementos que responden a universos simbólicos
diferentes. Sobre la trama que queda del mundo colonial se van incorporando los rasgos
locales que traen los migrantes: idiomas, hábitos, costumbres culinarias..., pero el
conjunto es procesado por modelos culturales, económicos, legales e institucionales que
provienen de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos (países que poco aportaron en
cuanto a inmigración), por formas de procesar el espacio y el tiempo derivados del
desarrollo del ferrocarril, los procesos mercantiles y por los códigos jurídicos tomados
de los países capitalistas más avanzados. También incidieron en la conformación de
nuestra cultura las modalidades de expansión de las ciudades modernas y los patrones
vigentes de la modernidad se extendieron a los artículos de consumo, a las modas, a la
educación, a los deportes.4 A estos procesos se agrega, a partir del auge de la prensa y
de la radio, del cine y más recientemente, la televisión, una aceleración y una nueva
modalidad de recepción de mensajes, que cambia en calidad y cantidad las formas de
producción y difusión de los elementos que intervienen en la configuración y
renovación de los códigos culturales.
Otro aspecto que se suele señalar en la literatura sobre el tema es la llamada
desterritorialización. No sólo una porción significativa de los bienes que se consumen
son producidos fuera de cada nación, con las consecuencias culturales implicadas en esta
homogeneización de los productos, sobre todo en el plano de los procesos culturales
involucrados en la tendencia hacia la uniformización de los consumos; también los
mensajes que se consumen (medios de comunicación, publicidad) son en buena proporción
elaborados fuera del país.
Asimismo, se suele destacar que el incremento de los procesos de migración internacional
determina la continuidad de culturas nacionales localizadas fuera del territorio de
origen. Lógicamente, estas poblaciones emigradas entran en un proceso de evolución
diferente respecto de aquellas que permanecen localizadas en el territorio original. No
está de más mencionar que los procesos de desregularización, recomendados por la
avanzada neoliberal, suponen, entre otras cosas, eliminar trabas para la circulación de
mercancías y capitales, pero no incluyen ni propician la equivalente libre circulación
de personas en tanto portadores de fuerza de trabajo.
El tema tiene asimismo que ver con el auge de los medios de comunicación, la posesión
desigual de los recursos comunicacionales y la dirección dominante de los flujos.
Aspectos problemáticos ligados con la producción y dominio de las tecnologías, que
configuran o confirman hegemonías constituidas en el plano del intercambio desigual
tradicional, ahora se vuelven más complejos al afirmarse en las condiciones técnicas y
económicas que son estratégicas para imponerse en el intercambio desigual de bienes y
capitales culturales. Por otra parte, la tendencia a reducir el papel de los Estados
nacionales en favor de las empresas transnacionales opera también en el terreno de la
cultura.
Para que diferentes países y regiones puedan comunicarse, interactuar, generalizar sus
transacciones entre regiones distantes, se producen modificaciones sustanciales sobre ejes
centrales de la cultura: se transforman los códigos que organizan la percepción,
vivencia y apreciación respecto del tiempo y del espacio. Con el desarrollo del
capitalismo se tornó necesario avanzar sobre la separación entre tiempo y espacio. Pero
con la globalización hay que ir más lejos, superar las versiones locales del tiempo para
poder comunicarse, o sea, instalar la simultaneidad en tiempos culturales distintos, en
horas diferentes del día y de la noche. Comunicaciones con, por ejemplo, el Japón o con
otros sitios del planeta, necesarias en el plano de las transferencias financieras,
requieren superar las diferencias horarias locales, crear un nuevo ritmo temporal,
independiente de los meridianos, de la rotación de la Tierra, de la sucesión del día y
la noche, para poder ejecutar transacciones o comunicaciones de todo tipo (la trasmisión
de ciertos acontecimientos por la TV, como el caso del mundial de fútbol, implican
complicadas operaciones para hallar la mejor combinación entre tiempo y espacio, entre
tiempo local -en que se juega el partido- y tiempos a nivel global que conjuguen
espacialmente las audiencias más remunerativas).
El dinero es quizás el principal producto, no sólo económico y financiero, también
cultural, que instala en el mundo entero un marco de significaciones compartidas, de
valoraciones, ritmos, competencias y legitimidades. Si hay una cultura mundial que
requiere uniformidad, habitus compartidos, significaciones indiscutibles, ritos y
liturgias, es la implantada en el marco de las finanzas, en el campo veloz e intangible
del dinero electrónico, que fluye en las entrañas de las computadoras, partiendo de
Nueva York o Zurich para aterrizar, casi instantáneamente en Tokio o Singapur. El mundo
de las finanzas, acaso dominante en la economía moderna, se construye sobre lenguajes y
valores compartidos, sistemas de signos universales y también sobre un amplio campo de
fe, un nuevo modo de religiosidad, cuyos pontífices ofician desde ciertos lugares de
culto: Moodys, Standard & Poors, Bundesbank, FMI, Merryl Lynch, Wall
Street, Financial Times...
El dinero se vuelve cada vez más abstracto, menos ligado a su referente material. No es
ya una mercancía privilegiada, la materialidad del oro que se almacena en Fort Knox o los
míticos lingotes que obstruían el paso en nuestro Banco Central. El dinero es ahora,
más que nunca, un símbolo, un hecho no sólo económico, cada vez más cultural, un
signo alimentado por la fiabilidad de sus emisores, un acto de fe; y al mismo tiempo se
torna más liviano, más ágil, más veloz. El dinero es el principal producto global, un
producto virtual que, aligerado de materialidad, puede circular y reproducirse en la
intimidad de las computadoras. En su virtualidad va perdiendo relación con su antiguo
referente, la riqueza. Como otros signos, ingresa en la hiperrealidad, ya no se sabe cuál
es el signo y cuál es el referente. El mapa se confunde con el territorio.5
La actividad financiera es tal vez el paradigma de la globalización. Exige borrar toda
resistencia local, los mensajes financieros viajan por un mundo de signos compartidos, se
ha borrado casi todo resabio local que pueda obstruir el fluir de los mensajes, el espacio
ya no importa, subyugado por esta comunicación instantánea donde las transferencias de
riqueza ya no requieren navíos fuertemente protegidos o cámaras blindadas. La liviandad
del dinero es consistente con la abolición del espacio y la ligereza del tiempo. Los
signos de las cosas se comunican entre sí, domestican los lenguajes, se imponen sobre
todos los obstáculos. A esto se llama la voz de los mercados, que nunca duermen y velan
por la racionalidad universal.
En síntesis, la mentada globalización no es un fenómeno nuevo; remite a procesos
inherentes a la evolución del capitalismo y a sus contradicciones. Exhibe, en el período
actual, una aceleración, un cambio en cantidad y cualidad vinculada con el desarrollo de
las fuerzas productivas, con el avance de las políticas neoliberales y sus mensajes
ideológicos y, en particular, con el sorprendente progreso tecnológico en el plano de la
trasmisión de información. Tampoco son nuevas sus influencias culturales: hay un cambio
en intensidad, relativa a la velocidad y eficacia con que se difunden los nuevos productos
y los mensajes massmediáticos. Pero es aventurado sacar conclusiones fáciles acerca de
las identidades y las culturas locales. La diversidad también cunde y se expande
alimentada por el aumento de los contactos con lo diferente y por la mayor cantidad de
ingredientes que la abundancia de información suministra.
La identidad social es un concepto que tiene un fuerte matiz relacional, se actualiza y se
refuerza en el contacto, en la comunicación, en el intercambio con lo otro, con lo
diferente. Entra en acción cuando los códigos propios hacen crisis, encuentran su
límite en el intento de comunicación. En tal sentido, si bien las identidades pueden ser
sigilosamente sometidas a un proceso de uniformización a través de la oferta universal
de los mismos productos y los mismos mensajes, también se genera un movimiento contrario,
una reacción afirmativa de la identidad local, vinculada con la mayor exposición a
nuevos contactos. Sin embargo, es también posible que la reducción progresiva de los
espacios de interacción, el auge de la comunicación sin copresencia -por medio de la
moderna informática y los medios masivos- vaya operando en el sentido de uniformar los
códigos simbólicos.
En las ciudades modernas coexisten las manifestaciones locales con la "explosión de
una arquitectura financiera, informática y turística"6 cuya estética y
funcionalidad se multiplica en edificios semejantes a lo largo del planeta. En el lenguaje
local de las ciudades, en su discurso expresivo, que revela su cultura e historia, se
inserta el discurso universal y uniformado de las autopistas, aeropuertos, bancos,
shoppings, un lenguaje compartido, exultante de modernidad y poco propicio a la adherencia
de identidades locales. Sin embargo la ciudad en su cotidianidad procesa el conjunto, que
incluye estas manifestaciones de modernidad trasnacional y las prácticas que determinan,
las que conviven con la ciudad local, tejida en su desenvolvimiento histórico y con la
ciudad virtual, la ciudad massmediática, que fluye de las pantallas insertas en los
hogares.
También deben tenerse en cuenta los crecientes procesos de exclusión, los nuevos grupos
de excluidos cada vez más numerosos que, además de los efectos que deriven de su
agrupamiento en torno a demandas sociales, desarrollan nuevas formas culturales y
articulan las identidades necesarias para sobrevivir en condiciones de carencia,
privación y desigualdad.
Los análisis sobre la llamada globalización, incluyendo los que se orientan hacia su
dimensión cultural, tienden muchas veces a naturalizar el orden existente y, al mismo
tiempo, a no destacar las desigualdades, particularmente en el plano del dominio de las
tecnologías de punta, en el poder militar, en los mercados financieros, en el control
hegemónico de los medios de comunicación y en las normativas que regulan el
aprovechamiento de los recursos naturales del planeta.7
Es en el desarrollo actual de los mercados y de las nuevas tecnologías de comunicación
donde la globalización halla su expresión más intensa y el análisis tiene oportunidad
de poner de manifiesto las diversas contradicciones no resueltas en el mundo social, a las
que la naturalización a la que aludíamos y su consiguiente universo ideológico
contribuyen a encubrir.
Tales contradicciones son propias de un orden emergente, simbolizado por la caída del
Muro de Berlín, que se caracteriza por una aceleración en la productividad económica,
la implementación de nuevas tecnologías, la consiguiente necesidad de formación,
ordenamiento y control de nuevos mercados, el auge de las ideas neoliberales y la
progresiva aplicación de éstas en un número creciente de naciones, tal vez como
mecanismo que haga posible, no tanto el crecimiento económico, ni una mayor racionalidad
en este plano y, mucho menos, un aumento del bienestar, sino, fundamentalmente, la
reproducción del capitalismo en su etapa actual.8 Las políticas neoliberales estimularon
la instalación de un marco legal que favoreciera y garantizara la circulación sin trabas
de bienes y de capitales y propiciaron, con éxito, el retroceso del Estado de bienestar y
la privatización de los servicios públicos, impulsando el retiro del Estado en beneficio
de las empresas trasnacionales.
Las contradicciones principales de esta etapa, expuestas en forma sintética, se refieren
a procesos no resueltos que contienen un gran potencial de conflictividad y de
transformación social:
a. Contradicción entre la continuidad del Estado-nación y la trasnacionalización, sea
bajo la forma de bloques de naciones o, sobre todo, por el protagonismo creciente de
gigantescas empresas trasnacionales.
b. Contradicción entre racionalidad de los mercados y racionalidades locales relativas a
la reproducción de la vida. Las formas actuales de esta contradicción, inherente al
capitalismo, aparecen sobre todo en forma dramática en el creciente desempleo, en la
masiva exclusión que crece rápidamente y ya alcanza, también, a los países más ricos,
y que se expresa en la carencia de las seguridades económicas y de la dignidad social que
confiere la posesión de un empleo, en la expansión de la pobreza, en la supresión
progresiva de garantías públicas ante la vejez, la enfermedad, el desamparo, en la
erosión y derrota de los movimientos obreros, en la desmovilización social y en el
descrédito de los proyectos emancipatorios.
c. Contradicciones entre bloques de naciones: luchas por los mercados, disputas
relacionadas con el control monopólico de materias primas y recursos escasos, con la
hegemonía militar y el deterioro del medio ambiente.
Entre los efectos producidos por estas contradicciones se impone en la vida cotidiana el
avance del desempleo, la pobreza y la inestabilidad laboral. La actual etapa de
acumulación capitalista, cuyas condiciones técnicas, financieras e ideológicas dan
lugar a la aceleración de la globalización, acarrean, aun en los países más avanzados,
una profunda crisis en el sector asalariado: aumento del desempleo, limitaciones en la
seguridad social, avance en la desprotección, pobreza y exclusión.
La estabilidad laboral ha sido durante muchos años, en los países más industrializados,
la base de la inserción social, el soporte de los lazos sociales y de un sistema de
representaciones y de prácticas integrado en los códigos culturales que regían la vida
cotidiana. La crisis en la estabilidad laboral, el desempleo o su amenaza, la creciente
desprotección social, erosionan los modos en que millones de individuos se ubican e
identifican dentro de su medio social. Tal crisis impacta profundamente en la cultura. Se
está planteando como problema, en países europeos, la necesidad de restaurar formas de
dignidad que estén desvinculadas de los lugares sociales relacionados con el trabajo y la
profesión, que tradicionalmente formaron parte de una noción de estabilidad e inclusión
que abarca a la vivienda, la familia, el trato con los vecinos, el espacio ocupado en la
comunidad.9
Y qué decir de países que desde hace mucho cuentan con vastos sectores de la población
que carecen de seguridad social y de toda garantía pública para su reproducción.
Países de América latina, donde los empleos asalariados han sido siempre insuficientes,
en los que una parte importante de la fuerza de trabajo ha debido encontrar formas de
subsistencia y de reproducción en las márgenes de la modernidad económica. La pobreza,
estructural, avanza y la progresiva adopción de recetas neoliberales ha aumentado la
exclusión, acarreando nuevos pobres que se suman en las estadísticas a las vastas
poblaciones que desde siempre habían articulado estrategias económicas y culturales para
sobrevivir. Estos nuevos pobres están en cierto modo en desventaja: no cuentan con los
recursos culturales -que los pobres estructurales han desarrollado- para sobrevivir en las
condiciones vigentes de pobreza y de exclusión.10
1 "Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter
cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Ha quitado a la industria
su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están
destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias cuya introducción se
convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no
emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas
regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en
todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con
productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción
productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del
antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece
un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones". Estos
conceptos han sido escritos por Marx y Engels en 1848, pero parecen pertenecer a un
contemporáneo "defensor neoliberal de la economía globalizada" (Tomado del
suplemento Cash del periódico Página/12, nota firmada por M. Fernández López, Buenos
Aires, julio de 1995).
2 Saskia Sassen (1992), La ciudad global, citado por Ana Rosas Mantecón (1993), p.79.
3 Véase Grimson (1994), quien cita a Cees Hamelink, entrevista realizada por la revista
Voces y culturas, Nº2/3, Barcelona, 1991.
4 Véase Renato Ortiz, "Cultura, modernidad, identidades", en Nueva Sociedad,
Nº137, 1995; Anthony Giddens, Consecuencias de la modernidad, Alianza Editorial, Madrid,
1993, y Mario Margulis, "Inmigración y desarrollo capitalista: la migración europea
a la Argentina", revista Demografía y Economía, Nº33, México, DF, 1977.
5 Véase Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1987.
6 Tomado de García Canclini, 1995:70. Este autor agrega que "no es casual que hayan
sido empresarios japoneses quienes inventaron el neologismo glocalize para aludir al nuevo
esquema del empresario mundo que articula en su cultura información,
creencias y rituales procedentes de lo local, lo nacional y lo internacional".
7 Véase Samir Amin, "El futuro de la polarización global", en Nueva Sociedad,
Nº132, Caracas, 1994.
8 Véase al respecto el interesante artículo de Perry Anderson, "Balance del
neoliberalismo: lecciones para la izquierda", publicado en la revista El Rodaballo,
Segunda época, Año II, Nº3, 1995. Perry Anderson sostiene que los éxitos del
neoliberalismo no consisten en el logro de una mayor tasa de crecimiento en los diversos
países industrializados en que sus recetas han sido aplicadas. Tampoco creció la tasa de
acumulación. En cambio pueden acreditarse como "éxitos" el control de la
inflación, la derrota de los movimientos sindicales y el aumento del desempleo.
9 Véase Robert Castel (95:32/35).
10 Véase Mario Margulis, 1988.