Parte VI
Implicaciones Políticas
La globalización y la interdependencia creciente de las naciones suscitan, en el mundo entero, nuevas oportunidades y retos para la cultura y para las políticas culturales: retos de orden ecológico, político, social, humano y cultural (en el sentido estricto del término). Los datos y los análisis recogidos en los distintos capítulos de este primer Informe Mundial sobre la Cultura parecen demostrar que el papel de ésta será cada vez más importante para las políticas de desarrollo, especialmente a la hora de discutir distintos enfoques y modalidades del mismo. A este respecto, se invoca a menudo la cultura para explicar tanto los éxitos como los fracasos. Así, el milagroso conocimiento de las economías de Asia oriental se ha atribuido a la cultura confuciana y a los "valores asiáticos", y se ha afirmado que la diversidad cultural no sólo es útil sino incluso indispensable para el desarrollo. También se ha demostrado, sin lugar a dudas, que la ética protestante no es la única capaz de estimular el ahorro y el trabajo. Paralelamente, la tormenta financiera que ha descargado sobre las economías asiáticas en los últimos tiempos se ha atribuido también a ciertas características específicas de las culturas locales. Se afirma que los rasgos, positivos y negativos, del desarrollo económico están ligados a la cultura; pero, tanto en un sentido como en otro, estas afirmaciones no son plenamente convincentes. Es preciso un análisis más profundo de las relaciones entre cultura y desarrollo, así como entre la cultura y las crisis del desarrollo. El presente informe llama la atención sobre las principales distinciones que hay que hacer al comenzar un análisis de este tipo.
Aunque admitamos que la diversidad contribuye a la creatividad, no es suficiente invocar la diversidad en abstracto. Nuestra Diversidad Creativa (1996) ha dibujado el escenario, pero ahora es preciso ir más allá y mostrar cómo la diversidad, además de ser valiosa, bella y atractiva en sí misma, favorece el éxito económico, el desarrollo social, la estabilidad política y la resolución de conflictos. Las pruebas aportadas permiten deducir que la democracia se fortalece cuando se dan ciertas condiciones culturales. Pero es a través de la creación de instituciones democráticas como se construye una cultura más participativa que, a su vez, contribuye a consolidar la democracia. Esencialmente, la relación de causalidad parte de las instituciones sociales y políticas para ir hacia los valores y las prácticas políticas.
Las pruebas presentadas en este informe demuestran que la existencia de instituciones democráticas no está ligada a las diferencias culturales, ofreciendo así una conclusión clara: los responsables políticos no pueden rechazar la democracia aduciendo razones basadas en su propia cultura; no pueden invocar como pretexto las tradiciones y los rasgos culturales para negarse a institucionalizar estructuras de decisión democráticas y participativas, abiertas a toda clase de opiniones y de intereses. Los países que han resistido mejor la tormenta financiera que ha sacudido Asia recientemente son democráticas: Japón, Filipinas y Taiwan. Corea del Sur y Tailandia están en vías de recuperación y han sustituido sus regímenes corruptos a través de procesos democráticos. El desastroso camino seguido por Indonesia debería disipar cualquier mito de los "valores asiáticos" que sostenga que la democracia y los derechos humanos son "conceptos occidentales", hostiles a Asia y al crecimiento económico. Un gobierno que no responda de sus actos ante su pueblo no podrá dotarse de las instituciones necesarias para imponer disciplina, sin la cual no se puede superar una crisis financiera ni adoptar medidas que garanticen un desarrollo a largo plazo.
Las políticas culturales deben integrarse en las políticas económicas y sociales, para que los valores culturales nacionales y locales sean tenidos en cuenta en la gestión de la economía. Hay muchas posibilidades para experimentar nuevas formas de resolución de conflictos que contribuyan a la igualdad y no a la discriminación, a la convivencia y no a la violencia.
En muchos lugares están aumentando los riesgos de conflictos violentos, debido a la afirmación intolerante de los derechos culturales, indígenas, étnicos, raciales, religiosos, lingüísticos o de las minorías. Varios capítulos de este informe muestran que aislar a grupos lingüísticos o culturales y trazar "fronteras de sangre" son manifestaciones de un desconocimiento de la naturaleza de la cultura y de la evolución histórica y están, por otra parte, condenadas al fracaso en unas sociedades cada vez más interdependientes y multiculturales. Los grupos autóctonos y los que son culturalmente distintos, y los subgrupos étnicos, raciales o religiosos que reivindican su derecho a expresarse y continúan desarrollando sus culturas, merecen apoyo, pero sus relaciones con las sociedades más amplias, las naciones y la comunidad mundial en las que se insertan, deben reconocer también, tanto en teoría como en la práctica. El remedio de la etnicidad separatista y exclusivista es la etnicidad multicultural. En el sistema mundial de intercambios culturales, algunas culturas desaparecen, pero aparecen nuevas formas culturales a nivel local. La desaparición de formas culturales antiguas es plenamente compatible con una rica variedad de formas nuevas de la vida humana. Hay que fomentar las actitudes y crear leyes e instituciones que permitan expresarse a múltiples opiniones y actores y proporcionen medios para manejar las diferencias y las interpretaciones plurales y parciales del mundo. Tenemos que aprender a apreciar la riqueza de las formas de vida humanas, sociales y culturales; y en la medida en que estas diferencias respeten los límites impuestos por una ética universal, en particular los derechos humanos fundamentales,
debemos aplaudir la diversidad cultural y alegrarnos de ella.
Los políticos tienen que redefinir las instituciones y las políticas locales, nacionales e internacionales, a fin de permitir que los pueblos elijan su lengua, sus lealtades y su modo de vida, a condición de que sean las propias comunidades locales o micro-regionales las que garanticen la puesta en práctica de dichas opciones. Al mismo tiempo, hay que crear instituciones que estimulen el diálogo entre los dirigentes de los distintos grupos culturales, para negociar intercambios y promover una mejor comprensión mutua. El diálogo intercultural se convierte en un instrumento fundamental de acción política, que debe utilizarse en función de las formas locales de gestión y organización. Lo importante es que las comunidades locales y sus órganos administrativos y las autoridades municipales, provinciales, sectoriales o nacionales asuman la responsabilidad principal de este diálogo e impidan que se alce ningún muro que pudiera obstaculizar el discurso intercultural.
Este último punto es especialmente relevante para las generaciones jóvenes, que están abiertas, en alma y vida, a muchas culturas de las que toman símbolos, imágenes y costumbres que les permiten rejuvenecer sus tradiciones, a fin de adaptarse mejor a la evolución inexorable de un mundo interconectado, que se globaliza y se encoge. Hay que dar prioridad a las políticas de ayuda a las producciones interculturales en las artes, en especial las debidas a jóvenes y mujeres. Las mujeres, si se les permite participar plenamente en la vida social y cultural, contribuirían en gran medida a la construcción de las nuevas sociedades del siglo XXI.
La política cultural debe ir más allá de un marco puramente nacional y adoptar una perspectiva más amplia, internacional, interregional y mundial. Hay que desarrollar nuevas asociaciones entre gobiernos, empresas, organizaciones sin fines de lucro y otras partes interesadas. Se debe identificar y estimular el impacto positivo de la globalización sobre la creatividad local, en tanto en cuanto conduce a una apertura de los mercados. Y hay que discernir más claramente los efectos, buenos y malos, de los mercados mundiales sobre las industrias culturales locales, de manera que se puedan tomar medidas para protegerlas y fomentar su florecimiento cultural y económico.
Las políticas que propician la expresión y el desarrollo de las posibilidades culturales influirán también sobre las relaciones de la población con su entorno físico. La sostenibilidad medioambiental sólo se podrá alcanzar a través de la democratización de las competencias y la participación de las comunidades locales. Como muestra claramente el último capítulo, los problemas mundiales despiertan el pesimismo de la gente, pero son sobre todo los problemas locales los que les preocupan. Las ciudades, que son los espacios más multiculturales del futuro, deben encontrar los medios para que las personas que hablan lenguas diferentes y tienen distintas lealtades puedan convivir en paz. La miseria, la violencia y la criminalidad en las ciudades no proceden de su crecimiento, sino de la insuficiencia de ingresos, del desempleo, de la falta de educación, del hacinamiento en las viviendas, de la inseguridad, de la falta de techo y de la ausencia de apoyo social.
Las autoridades municipales pueden favorecer la paz y la prosperidad en sus ciudades prestando más apoyo a las iniciativas locales. Además de proveer los servicios indispensables de sanidad, educación, vivienda, suministro de agua y saneamiento, pueden estimular nuevas formas de expresión artística que darán un mayor dinamismo al diálogo entre lo local y lo mundial. Dondequiera que se encuentren, los artistas tratan de expresar su personalidad y su cultura y, haciéndolo así, crean tendencias mundiales. El nuevo asiento de la creación artística es ahora el mercado mundial. Los responsables políticos deben velar por que los artistas puedan estar presentes en los mercados mundiales de expansión.
En el capítulo 16 se recogen las opiniones de gentes de todo el mundo: dicen que están moderadamente satisfechas con sus vidas y que se encuentran a gusto en sus familias y en sus comunidades locales. Admiten el progreso, pero expresan temores frente al futuro (paro, delincuencia, drogas y problemas medioambientales). Desearían que sus hijos fueran tolerantes, pero desconfían del resto del mundo. Son partidarias de la democracia, pero expresan críticas sobre algunos de sus resultados.
El análisis efectuado en este informe muestra que la cultura va mucho más allá del ámbito tradicionalmente asignado a los ministerios de cultura. Ciertamente, la cultura se ha preocupado de la creación artística, de los problemas étnicos y de los pueblos autóctonos, pero también tiene dimensiones sociales y políticas. Participa en la elaboración y en la puesta en práctica de modelos de desarrollo económico, en la construcción de democracias estables, en las acciones a emprender para que distintas culturas puedan convivir sin conflictos violentos ni guerras y en la creación del clima de confianza, colaboración y solidaridad que toda sociedad necesita para que sus miembros cooperen en la consecución del bien común. Esto obliga a formar ciudadanos del mundo, enraizados en su cultura local, y también patriotas cosmopolitas, fieles a sus familias, a sus vecinos, a su comunidad, a su país y a la humanidad, en círculos concéntricos cada vez más amplios. No se olvide que el respeto multicultural se verá dañado si en el corazón del sistema educativo no colocamos el mayor respeto por todos los seres humanos.
Para comprender correctamente este proceso se necesitan más datos y de mayor calidad, en una amplia gama de campos distintos. Los políticos se han de dotar de los medios estadísticos y de análisis necesarios para seguir y evaluar todo el proceso. Es preciso un esfuerzo concertado para elaborar un marco teórico para las estadísticas culturales, que sea objeto de un acuerdo internacional, basado en una interpretación de la cultura más amplia que la que se ha venido admitiendo hasta ahora. Y, dentro de este marco, hay que hacer el máximo esfuerzo para llenar las lagunas en la información disponible.