Creatividad, mercados y políticas culturales

Introducción a la Parte III

Los últimos años del siglo XX se caracterizan por la globalización, cada vez más rápida, de los mercados. A medida que se acentúa la integración de los sistemas económicos, que los intercambios financieros atraviesan las fronteras nacionales y que la información circula por el mundo con facilidad y rapidez crecientes, se organizan mercados a escala mundial para muchos bienes y servicios que millones de personas compran y venden todos los días en todos los países.

Aunque estos cambios acelerados han ampliado el abanico de opciones que se ofrecen a los ciudadanos del mundo entero, también han suscitado una cierta sensación de inseguridad. Los valores culturales que son la base de la identidad de las comunidades locales, regionales o nacionales, y que crean lazos entre ellas, parecen amenazados por las fuerzas implacables del mercado mundial. Se platean, pues, ciertos interrogantes sobre el modo en que la sociedad puede hacer frente a los efectos de la globalización, de suerte que las culturas locales y nacionales (y la creatividad que las sostiene) no se vean perjudicadas, sino que se conserven y se fortalezcan. Ésta es la tarea esencial de toda política cultural.

La Parte III del informe examina cómo se pueden reformular las políticas culturales y redefinir su contexto, tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo, de modo que pueden satisfacer las nuevas expectativas que se plantearán en los primeros años del siglo XXI. En especial, se analiza el impacto de los mercados mundiales sobre la creatividad; sobre la aparición y el desarrollo de las industrias culturales; sobre el patrimonio cultural; y sobre la protección de los derechos de los creadores y del interés común, en la era de la cibercultura. Los gobiernos nacionales (y también las autoridades locales o regionales) tienen un papel que desempeñar, como defensores de los intereses colectivos de los ciudadanos, en cuyo beneficio se debe formular una política cultural capaz de gestionar y dar forma al cambio cultural.

Aunque la definición de una política cultural corresponde principalmente al Estado (incluyendo la Administración central y las autoridades regionales y locales), la iniciativa privada no es menos importante y, en algunos países como en Estados Unidos, llega a tener un papel crucial. También participan en este proceso organizaciones independientes como las ONG, así como asociaciones de artistas. En muchos países se ha producido, en los últimos años, un desplazamiento de la actividad económica hacia el sector privado; ello apunta a la necesidad de nuevas colaboraciones entre gobiernos, empresas y comunidades, a medida que las políticas nacionales del pasado, definidas exclusivamente por el Estado, son sustituidas por sistemas transregionales más amplios, que definen la política cultural a varios niveles.

En un mundo que cambia rápidamente, las respuestas de la política cultural a los desafíos del mercado mundial, variarán entre los distintos países y regiones. Así, N. García Canclini indica, por ejemplo, que en América Latina las nuevas tecnologías de los medios de comunicación se están utilizando para crear, a partir de las formas musicales y teatrales tradicionales, nuevos productos culturales para exportarlos al resto del mundo. Según N. Anastasyev, los cambios económicos y sociales ocurridos en la Europa del Este poscomunista en los últimos años han transformado el panorama en que se inscriben las políticas culturales. En Japón, como señala M. Watanabe, las industrias culturales, en especial la de los medios de comunicación, se están convirtiendo en un sector económico fundamental y cada vez es más difícil defender la idea de un desarrollo cultural cuyo único fin sea la cultura. En el contexto de la globalización, hay cuatro aspectos de la política cultural que parecen especialmente relevantes.

Primero: así como las artes constituyen el núcleo del sector cultural, la creatividad juega un papel decisivo en las artes. Por tanto, la política cultural consiste, en concreto, en fomentar la creatividad. Pero ¿cómo influye la globalización sobre el proceso creativo? En cierto sentido, puede ser una oportunidad, más que una amenaza. En el campo de la música, en el de las artes plásticas o en la literatura, los artistas se sienten estimulados por las nuevas tecnologías, los nuevos modos de comunicación y las nuevas formas estéticas. Stimpson y Bhabha piensan que es posible introducir un nuevo concepto, la "creatividad mundial", que utilice múltiples fuentes culturales y nuevas formas de comunicación y alcance a un público mucho más amplio y diverso que el tradicional.

Segundo: la política cultural reconoce cada vez más la importancia económica de las industrias culturales. Industrias que, a partir de las artes creativas que constituyen su núcleo central, irradian hacia el exterior, abarcando la edición, la radiodifusión, el cine y el vídeo, los nuevos medios de comunicación, etc. En algunos círculos artísticos y en otros, la expresión "industrias culturales" se considera un símbolo del sometimiento del arte al mercado, de la renuncia a los valores estéticos en favor de valores comerciales. Pero también se puede considerar que estas industrias amplían las posibilidades creadoras de los artistas y permiten una visión más justa del papel que juega la cultura en la economía. Así, se puede articular la política cultura con la política económica, para servir, simultáneamente, a los objetivos culturales y económicos de la sociedad.

Las industrias culturales que operan a escala nacional se encuentran cada vez más presas en las redes del mercado mundial. Throsby ofrece un ejemplo en el campo de la música. Aunque en la mayoría de los países, una vez que se alcanza cierto nivel de desarrollo, aparece una industria musical local que alimenta el mercado interior con obras portadoras de mensajes culturales endógenos, la industria internacional no tarda en ejercer su influencia, tanto sobre los estilos musicales como sobre las condiciones en que los compositores y los grupos locales producen música. Es bien conocido el predominio de las multinacionales en la industria discográfica, e incluso la "música del mundo" (world music), que ha nacido como un género específico donde se mezclan la música de las minorías étnicas, de las poblaciones autóctonas y de los movimientos políticos, se ha visto manipulada por esas empresas en su propio beneficio.

A medida que se precisa el papel de las industrias culturales, tanto a nivel nacional como internacional, se hace más urgente la necesidad de proteger y de recompensar la creatividad. M. del Corral y S. Abada muestran que la función principal de las leyes sobre el derecho de autor, promulgadas a nivel nacional y ratificadas por tratados internacionales, consiste precisamente en garantizar una remuneración equitativa del esfuerzo creador, ofreciendo a la vez a los consumidores un acceso lícito a los productos de dicho esfuerzo. El ejercicio del derecho de autor encuentra múltiples dificultades en muchas partes del mundo. Con demasiada frecuencia, los creadores de propiedad intelectual en el campo cultural se ven privados de su justa recompensa, a causa de la piratería y otras infracciones a la ley. Las nuevas tecnologías de la comunicación han aumentado considerablemente las dificultades para regular el derecho de autor y es indispensable que se realicen progresos más rápidos, a nivel nacional e internacional, para establecer mecanismos capaces de proteger eficazmente este derecho en la era digital.

El tercer aspecto de la política cultural se refiere al patrimonio. Como indica L. Prott, la política cultural de casi todos los países sigue poniendo un énfasis especial en la protección del patrimonio cultural, tangible e intangible. También en este campo las fuerzas mundiales del mercado están teniendo una influencia significativa. El desarrollo de las relaciones comerciales entre países ofrece mayores oportunidades para el tráfico ilícito de bienes culturales. La gestión del patrimonio sufre la influencia creciente de fuerzas económicas transnacionales, a medida que entran en el mercado nuevos agentes (empresas, fundaciones, ONG). Los organismos internacionales de ayuda al desarrollo comienzan a tomar conciencia del impacto de sus proyectos sobre los lugares de interés cultural y sobre las prácticas culturales locales. El acceso al patrimonio cultural está cambiando también: las colecciones de los museos, indica I. Vinson, se están digitalizando, convirtiéndolos en "espacios de contacto" interculturales, accesibles a un público mucho más numeroso que en el pasado.

El último aspecto de la política cultural que vamos a considerar es su papel en la cibercultura. La revolución de la información ha tenido repercusiones económicas, sociales, culturales y políticos, cuyo alcance no percibimos aún claramente. Por otra parte, amenaza con agravar las desigualdades económicas, sociales y culturales. P. Quéau nos recuerda, a este respecto, que es importante identificar lo que es de interés general en el ciberespacio, con objeto de proteger los derechos del ciudadano. Aunque algunos países están formulando una política cultural explícitamente dirigida a reglamentar las nuevas tecnologías, estas iniciativas se encuentran aún en sus primeros balbuceos.

En resumen: el hilo conductor de los distintos capítulos de esta parte del informe es el desafío de la globalización económica, plantea a las políticas culturales. Como advierten los autores, replegarse en una actitud defensiva frente a tales cambios sería contraproducente. Por el contrario, se precisan actitudes positivas, abiertas a todas las nuevas posibilidades para canalizar los cambios en respuesta a las expectativas culturales de la sociedad. La política cultural no debe resistirse al cambio, sino gestionarlo en el contexto de la transformación mundial de la economía y de la cultura.

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