Capítulo 2
Introducción a la parte II
Actualmente se está operando en el mundo una profunda transformación de los mecanismos sociales, culturales y políticos. En esta parte del informe, se analizan algunas las tendencias y de las fuerzas en juego: la igualdad y la diversidad entre los pueblos; la definición y el reconocimiento de las poblaciones autóctonas y sus derechos; la aceptación de las diferencias entre las tradiciones culturales y las reglas que condicionan la coexistencia entre las culturas; las cuestiones de sostenibilidad y crecimiento urbano; y el papel de las ciudades como lugares de encuentro entre culturas y de creatividad, así como la difusión de las prácticas democráticas en el mundo.
Se trata, ante todo, de las relaciones individuales y colectivas entre los seres humanos, ligadas a la dura realidad de la diversidad: hombres, mujeres y poblaciones con hábitos y orígenes culturales diferentes, que no tienen ni las mismas ideas ni los mismos recursos o modos de vida, han de compartir su espacio vital y se ven obligados a relacionarse unos con otros y a soportarse mutuamente.
Para estudiar estos fenómenos, son posibles tres niveles de análisis. En primer lugar, podemos preguntarnos cómo se definen los conceptos de "nosotros" y "los demás" en el proceso de interacción (identificación e identidad). Un segundo enfoque consistiría en estudiar de qué modo las gentes comparten el mundo y su entorno próximo con "los otros", es decir, cómo se establecen los patrones de intercambio, de "convivencia", de enfrentamiento y de negociación, de vida en común y de enriquecimiento mutuo; y qué podemos aprender, en la perspectiva de la implantación general de una especie de "convivencialidad". La tercera vía posible sería analizar de qué modo se organizan los pueblos y las sociedades para tratar con la diversidad y qué enseñanzas se pueden sacar sobre la necesidad de crear instituciones capaces de reforzar y promover la creatividad culturales en el mundo del futuro.
Analizaremos a continuación las tendencias y procesos que existen actualmente en el mundo real y que pueden considerarse como "datos" sobre los que basar las alternativas de orientación. Tales serán los hilos conductores de los capítulos de esta segunda parte. En cada caso, se supone que existe una diversidad y una interacción entre grupos o individuos de culturas diferentes, antes de preguntarnos cómo se podrían organizar la vida y la convivencia.
Este es el tema que trata Alain Touraine en su artículo, aunque a un nivel más teórico y a escala mundial. Touraine pasa revista a los grandes principios e ideas sobre los cuales se basa la combinación entre igualdad y diferencia entre las sociedades. La cuestión central consiste en saber cómo combinar la universalidad de los derechos con el reconocimiento de los intereses sociales y los valores culturales particulares. La humanidad se enfrenta actualmente a un desafío: debe trascender las soluciones extremas, a saber, "la desaparición de las diferencias en una sociedad de masas, o el enfrentamiento directo entre estas diferencias y entre las comunidades". Touraine defiende el derecho de cada ser humano a elegir su camino, a combinar igualdad y diferencia en su discurrir por la vida, en la construcción y la defensa de su vida personal.
En un sentido más general, Alain Touraine propone la creación de un espacio favorable para la construcción de personalidades capaces de innovar, dejando sitio a las identidades y al sentimiento de pertenencia.
En el plano más práctico de las relaciones entre grupos, Robert Borofsky analiza los dilemas que plantea la interculturalidad: el riesgo de desaparición de tradiciones culturales en el proceso de globalización; las relaciones entre cultura, modernidad y desarrollo; la necesidad de identidad y pertenencia; y también el recurso retórico a argumentos étnicos en los conflictos políticos y la violencia en la escena mundial. Propone un nuevo concepto, la "convivencialidad" o capacidad de los grupos y las personas para compartir, de forma imaginativa, los espacios cada vez más abiertos creados por los contactos culturales. Ello plantea el delicado problema de las implantación de estructuras institucionales aptas para favorecer y fomentar esta convivencia, necesaria y deseable.
En el contexto de los derechos culturales de las poblaciones autóctonas, Ole Henrik Magga pone el acento en los aspectos institucionales y prácticos del reconocimiento de las diferencias y en la necesidad de reglas de convivencia. La igualdad y la diversidad no son principios abstractos, sino cuestiones prácticas ligadas a los derechos específicos del pueblo sami (lapón); derecho a la tierra y a otros recursos, instituciones políticas (el Consejo y el Parlamento sami), autodeterminación cultural, lengua, educación, medios de comunicación y gestión del patrimonio cultural. De hecho, mediante el análisis del caso particular del pueblo sami, Magga pone de manifiesto la necesidad de reconocer los múltiples niveles de pertenencia: el pueblo sami reclama el derecho de aprovechar "las posibilidades que se le presentan a los niveles local, pan-sami y nórdico". Respecto a la educación, por ejemplo, "el objetivo sería que los niños alcanzasen un nivel de bilingüismo que les permitiera vivir satisfactoriamente, tanto en el entorno cultural y social sami, como en el de la mayoría, en cualquier lugar del país de que se trate.
Henriette Ramussen e Inger Sjoerslev analizan asimismo los derechos de las poblaciones autóctonas en materia de protección y de autodeterminación. Lo que muestran estos ejemplos es la reivindicación y la búsqueda de instituciones legítimas que pueden garantizar la identificación con una comunidad y los derechos culturales colectivos de los grupos existentes, pero también los derechos ligados a acepciones más amplias de la pertenencia y del contacto cultural. Desde este punto de vista, la lógica de lo que podríamos llamar "diferentes niveles superpuestos de pertenencia", y la búsqueda de instituciones legítimas para proteger los derechos, se aplican a muchas situaciones de diversidad cultural (grupos étnicos o religiosos, inmigrantes y sus diásporas, etc.).
Melissa A. Leach utiliza la diversidad cultural como base para analizar los problemas medioambientales, pero bajo un prisma muy esencial: contrapone los conocimientos, significados y organizaciones sociales existentes en el campo ecológico a escala local con las visiones idealizadas según las cuales aquéllos se inscriben en "programas formulados a escala mundial o en objetivos de campañas organizadas en el exterior". Su artículo demuestra que las imágenes que dominan el debate internacional se basan, igualmente, en perspectivas culturales particulares. Su impacto sobre la acción internacional procede de "relatos de crisis" y del discurso ecológico que subyace en ellos. Con frecuencia, las poblaciones locales y los expertos de organismos externos comprenden las cuestiones ecológicas de modo diferente. Sin embargo, no tienen el mismo peso en el planteamiento de los términos del debate, y de aquí deriva un peligro real;: "imponer ortodoxias y análisis mundiales, en detrimento de valores medioambientales y de conceptos de sostenibilidad diferentes, amenaza no sólo a los medios de subsistencia, sino también a la libertad cultural de las comunidades locales, en un proceso profundo de pérdida de civilización". Por esta razón, al final de su artículo, la autora reclama una democratización de los mecanismos de fijación de orientaciones, que consistiría en reconsiderar "en términos mucho más políticos, la participación del ciudadano y la defensa de la diversidad cultural, apoyándose en la noción de autodeterminación en los campos del saber, de las ideas y de la organización". Reclama también la implantación de estructuras institucionales basadas en la participación, en las que las distintas voces e interpretaciones tengan derecho a ser oídas, y subraya la necesidad de prever mecanismos que permitan articular los múltiples intereses y puntos de vista existentes.
El capítulo sobre la cultura urbana describe las ciudades y los entornos urbanos como los crisoles históricos de la interculturalidad, de la diversidad y de la creatividad. Es lógico que la creatividad y la diversidad culturales estén llamadas a seguir desarrollándose, en la medida en que las corrientes demográficas actuales conducen a un proceso continuo de urbanización y de constitución de metrópolis, de suerte que una proporción cada vez mayor de ciudadanos vive en las grandes ciudades y dado que estas poblaciones están constituidas, cada vez más, por grupos culturales diversos, enraizados a la vez en el entorno local y en las diásporas migratorias. El mundo se enfrenta a un desafío: crear, y después consolidar, los espacios, los entornos y las instituciones capaces de suscitar y de favorecer múltiples modos de pertenencia al medio urbano, pero también los espacios y las expresiones de la interacción entre gentes "diferentes", es decir, la convivencia y la creatividad culturales bajo diversas formas híbridas (nuevos idiomas y nuevas formas de expresión, como el arte y la música) basadas, no en el conflicto, la violencia y el rechazo del otro, sino en el modo de compartir los espacios.
El capítulo sobre la cultura y la democracia plantea una cuestión muy debatida actualmente a nivel internacional: la de "saber si las instituciones democráticas pueden funcionar en todos los entornos culturales o si habrá que admitir que ciertas culturas no son compatibles más que con diversas formas de autoritarismo". Aunque la historia del pensamiento político y los debates políticos actuales se apoyan sobre sólidas tradiciones y opiniones culturalistas, la experiencia, por el contrario, corresponde indiscutiblemente a una visión no culturalista de la democracia. La estabilidad democrática está estrechamente ligada al desarrollo y a la riqueza (renta per cápita) pero de ningún modo a las tradiciones culturales (consideradas como religiones). Además, el estudio muestra que no existen relaciones evidentes entre las transiciones que siguen a las dictaduras y ningún otro factor. Según los autores, parece simplemente que "las dictaduras corren muchos riesgos y perecen por una multitud de razones".
Las pruebas manifiestas de que la existencia de instituciones democráticas no está ligada a las diferencias culturales hace pensar que ninguna sociedad puede rechazar la democracia, bajo el pretexto de que es incompatible con su cultura o, utilizando las palabras de los autores, "no hay nada, o prácticamente nada, que los obligue a creer que los obstáculos culturales a la democracia sean insuperables". De suerte que hay que rechazar toda visión fundamentalista de la cultura cuestión que se relaciona con los debates actuales sobre las grandes religiones del mundo -. Las tradiciones culturales no tienen únicamente múltiples facetas: se inventan y reinventan constantemente y no vienen dadas de un vez por todas. "Las culturas están hechas de tejidos, pero la confección depende de cada sastre". De hecho, más que colocar las prioridades y diferencias culturales bajo el signo amenazador del conflicto entre las culturas, vale más creer que las instituciones democráticas constituyen el mejor medio para canalizarlas y expresarlas.
Por último, el capítulo sobre la cultura y la ética frente a la globalización defiende la idea de que las exigencias éticas contemporáneas están estrechamente ligadas al proceso actual de globalización de la cultura, de la comunicación y de la economía. Dada la complejidad del concepto de ética, es preciso, más o menos urgentemente, definir reglas para las sociedades y los estados. La confusión entre derechos y valores, y entre la moral y la ética, es aquí un obstáculo importante. En este capítulo, el autor se cuestiona la eficacia de los derechos humanos, desde el punto de vista ético, en el contexto de la globalización, y demuestra que la lógica de los derechos debe conducir necesariamente a una lógica de la responsabilidad.
En resumen, del análisis y de las perspectivas de los diferentes capítulos de la segunda parte se deduce un mensaje relativamente claro y coherente, a saber, que la diversidad cultural está llamada a permanecer y que la creatividad, que es su corolario. Puede florecer a pesar de la violencia y el autoritarismo. Así pues, habrá que emplear una gran dosis de imaginación para crear espacios institucionales de participación, donde puedan expresarse diferentes opiniones, tanto sobre la gestión de problemas medioambientales y la organización de la vida urbana local, como sobre el funcionamiento de las instituciones políticas democráticas.