Cultura y desarrollo económico
J. Mohan Rao
Profesor. Especialista en Economía y Desarrollo,
Universidad de Massachusetts, Amherst
(Estados Unidos)
Cultura y desarrollo en la era global
A pesar del gran incremento de la capacidad de producción de bienes y servicios materiales en todo el mundo durante los dos últimos siglos, el crecimiento económico sigue siendo, hoy día, una necesidad imperiosa. Esto parece evidente en las regiones más pobres, donde vive la mayoría de la población del planeta. De acuerdo con las estimaciones del Banco Mundial, el número de personas en situación de "pobreza absoluta" que, en su mayor parte, se encuentran en los países menos avanzados, habría aumentado prácticamente al mismo ritmo que la población mundial, durante la última década del presente milenio (Jolly, Rosenthal y Tokman, 1994). Pero, incluso en los países más ricos, las tasas de paro y de subempleo, así como la inseguridad y la precariedad económicas continúan siendo muy elevadas. Se observan también en muchos países, ricos y pobres, signos inquietantes de una creciente desigualdad en la distribución de las rentas y de la riqueza, que agrava los sentimientos de frustración económica y de injusticia social, incluso aunque la renta media continúe aumentando.
La expansión económica que siguió a la Segunda Guerra Mundial ha dado lugar a una era verdaderamente global, marcada por una aceleración de la interdependencia económica internacional, que toma la forma de flujos de intercambios comerciales, de inversiones de capitales y de tecnología a través de las fronteras. Este proceso de globalización se ha acentuado fuertemente en las últimas décadas, al tiempo que muchos gobiernos y han optado por liberalizar sus economías, tanto a nivel interior como exterior (o se han visto obligados a ello).
Pero los efectos de esta globalización y de esta liberalización no se limitan a los sectores económico y político, únicamente. La globalización de la economía ha favorecido en gran medida los intercambios internacionales de informaciones, ideas, creencias y valores. Aunque las repercusiones político-económicas son inmediatamente palpables (sobre los estados, las empresas, los trabajadores y los consumidores), la globalización puede también ejercer una influencia amplia y profunda sobre las culturas (entendidas como comunidad de creencias, actitudes modos de vida y valores). Pero la relación entre economía y cultura no es de sentido único. En un mundo caracterizado por una gran diversidad cultural, no es sorprendente que las culturas influyan también unas sobre otras, a través de los intercambios mundiales, y actúen sobre el proceso de cambio económico, a nivel local y a nivel mundial. Estos intercambios y estas interacciones pueden favorecer o dificultar el crecimiento económico; además, pueden ser fuente de asimilación o de conflicto, en el plano cultural. Y si, en un contexto de globalización, el crecimiento económico es capaz de transformar no sólo los modos de vida individuales y colectivos, sino también los fundamentos mismos de nuestra percepción de esos modos de vida, deberemos preguntarnos cómo promover el cambio económico sin rechazar elementos preciosos de la tradición de un país.
Ciertamente, los economistas ortodoxos defienden de modo casi incondicional, la globalización y la liberalización. El liberalismo económico, en particular, propugna un modelo rigurosamente uniforme de instituciones económicas y de políticas públicas para todos los países, ricos o pobres. Esta doctrina se apoya en la afirmación de que los beneficios económicos mutuos, para todos los estados activos en los mercados internacionales, serán máximos cuando dichos mercados estén libres de todo intervencionismo y de cualquier traba reglamentaria. Argumentos análogos se aducen a favor de la no intervención en los mercados interiores. Así, en ausencia de medidas proteccionistas y otros obstáculos para su buen funcionamiento, se espera que los mercados mundiales y nacionales nivelen la productividad, los precios y las rentas entre los países y en el interior de los mismos. Aunque sean defendidos urbi et orbi , estos argumentos, y los modelos económicos en los que se apoyan, no están universalmente aceptados. La principal objeción que se les puede presentar es que los mercados integrados a nivel mundial no pueden favorecer por igual a las economías fuertes y a las economías débiles. Hay fuerzas económicas poderosos que producen y mantienen desigualdades de desarrollo entre los países y en el interior de los mismos. Estas fuerzas influyen fuertemente en los enormes desequilibrios económicos que existen entre los países y que, en líneas generales, han aumentado claramente en los últimos cuarenta años. Asimismo, los países heredan de su historia una gran diversidad de problemas y de recursos (económicos y sociales). No es, pues, sorprendente, que sientan el deseo o la necesidad de gestionar sus asuntos de distintas maneras. En particular, los países pobres no podrán sacar partido de las posibilidades que ofrecen los mercados y las tecnologías más que si se dan las siguientes condiciones: a) intervenciones estratégicas del estado sobre los mercados, y una gestión económica a largo plazo, tanto en el plano interior como en el exterior; b) constitución de comunidades activas a varios niveles, en lugar de una intervención mínima del estado, como preconiza la ortodoxia liberal. Sin embargo, la globalización parece reducir la posibilidad de poner en práctica políticas autónomas, tanto para los países pobres como para los ricos. Hay quienes creen ver, en esta evolución, el riesgo posible, y aun probable, de que sobrevengan crisis políticas y económicas que entrañen el rechazo de la doctrina liberal, hoy dominante, la cual propugna la liberalización y la desregulación a nivel mundial (Greider, 1997). ¿Cómo pueden dotarse los países de los medios políticos y económicos necesarios para perseguir los fines que consideren importantes?
La austera vía única propuesta por el liberalismo económico no es, sin embargo, la única causa del malestar general que suscita la globalización. A medida que las políticas y las instituciones nacionales se ven sometidas a la vigilancia de los mercados financieros internacionales, que los regímenes fiscales y la legislación laboral se pliegan a los crecientes imperativos de la "competencia internacional", que amenazas cada vez mayores gravitan sobre las tradiciones y los modos de vida, los sentimientos de autonomía nacional se debilitan progresivamente. Algunos observadores ven la globalización de la economía como una apisonadora que dejará tras sí un mundo uniforme, poblado por hombres y mujeres unidimensionales que, a la manera de los monocultivos, habrán perdido su potencial creador y su capacidad de adaptación. Pero también en este terreno la globalización tiene sus partidarios, que esperan que acabe por limar las diferencias, algunas muy visibles y otras más insidiosas, que han dividido durante mucho tiempo a la humanidad, y que permita sentar las bases de una cooperación mundial, enormemente necesaria. Esta esperanza parece, empero, reposar sobre la perspectiva, aún no realizada, de una reducción progresiva de las desigualdades a nivel mundial. Por su parte, el liberalismo económico tiende a considerar la cultura, sea como un epifenómeno desdeñable de la economía, sea como un terreno sobre el cual se ejercen opciones individuales (que el libre cambio favorecerá o satisfacerá).
Ahora bien: perseguir fines individuales con medios individuales, que el mercado fomenta y sobre los cuales prospera, no garantiza que se implanten los mecanismos sociales necesarios para la realización de los objetivos individuales y colectivos. La libertad cultural, entendida como la capacidad colectiva para "satisfacer una de nuestras necesidades más fundamentales, el derecho a definir cuáles son justamente esas necesidades" (Comisión Mundial sobre Cultura y Desarrollo, 1996) ni siquiera figura en el léxico liberal. Sin embargo, esta necesidad esencial se encuentra actualmente amenazada a la vez por una serie de fuerzas y por una falta de vigilancia a nivel mundial. Esta amenaza sobre la libertad cultural no puede sino poner en peligro a la democracia y a las comunidades humanas. ¿Producirá la globalización una armonía cultural o conflictos culturales entre países y en el interior de los mismos? Recíprocamente, ¿se pueden preservar la diversidad y la libertad culturales sin perjudicar el progreso cultural del mundo en su conjunto?
En los albores de la era global, estas cuestiones, que afectan a las relaciones entre cultura, desarrollo y globalización, no son menos urgentes que otros interrogantes vitales para nuestro porvenir común, como la creciente fragilidad del medio ambiente en el planeta. Sin duda, no encontraremos respuestas a estas preguntas más que ejerciendo de forma creadora nuestra libertad colectiva. Y sólo el ejercicio consciente de esta libertad nos permitirá preservarla y estimularla.
El papel creador de la cultura
Aunque se han invocado las características demográficas y materiales del entorno, para explicar diversas prácticas culturales en términos económicos, la cuestión básica no está resuelta. Se puede sostener, por ejemplo, que, aunque el aumento de las dotes en la India, observado en las últimas décadas, parece estar en contradicción con el hecho de que la proporción mujeres/hombres se ha deteriorado en el mismo período, sin embargo puede atribuirse a la aceleración del crecimiento demográfico: puesto que los hombres tienden a casarse con mujeres mucho más jóvenes, la aceleración del crecimiento de la población ha contribuido a reducir aún más la proporción de hombres frente a mujeres en los segmentos de población relevantes (Bagchi,1996). Tal determinismo económico no explica en modo alguno por qué se exige una dote a la futura esposa (ni por qué, otras veces, corresponde al marido pagar un precio por la novia) en ciertas partes del mundo y no en otras. A este respecto, Marshall Sahlins (1976) propone un ejemplo más trivial: siguiendo un razonamiento funcionalista, se podría decir que los tenedores y los cuchillo están menos afilados de lo que sería "útil", con el fin de evitar heridas accidentales; pero ello no explica por qué se ha generalizado su uso.
Estas consideraciones prueban que las teorías individualistas, aplicadas a la economía y a la política, consiguen explicar de forma coherente los fenómenos sociales, precisamente por ignorar los elementos contingentes o endógenos de los valores y creencias individuales. ¿Llegamos, entonces, a una noción de desarrollo considerado como una simple dimensión de la cultura, cuyas modalidades vendrían "determinadas, en último término, por los valores culturales"? (UNRISD-UNESCO,1997,pág.5). Esto parece sobreentenderse, si admitimos que la cultura es un elemento constitutivo del individuo y, por tanto, determina los tipos de opciones que puede tomar?. No se trata sólo de que el desarrollo humano se base en la realización individual, mientras que la cultura presenta una dimensión colectiva: si sólo fuera eso, se podrían "sumar" los dos aspectos para obtener un concepto global del desarrollo social. Se quiere significar, más bien, que el contenido mismo del desarrollo, sea individual o colectivo, está ligado a la cultura.
Pero conviene también proceder a un análisis crítico de la noción de cultura como totalidad unitaria y compartida, autosuficiente, sin referente exterior, que determina sin ser determinada. Si la economía y el desarrollo económico forman parte de la cultura de un pueblo, ¿cuál es entonces la base social de la propia cultura? Si las culturas, entendidas como conjuntos de creencias, actitudes y normas y valores colectivos, no variaran de forma significativa según el contexto social o con el tiempo, apenas serían útiles para comprender las interacciones entre lo económico y lo cultural, ni para definir un concepto general de desarrollo. Las culturas son importantes para comprender y evaluar los fenómenos sociales justamente porque varían. Las culturas, como conjuntos de valores, creencias y comportamientos, no son ciertamente inmortales; parecen eminentemente sujetas a la acción, a la contestación y a la evolución sociales.
Más aún: las culturas raramente, si no jamás, son totalizadoras y monolíticas, incluso dentro de grupos sociales muy cohesionados y estables. En toda sociedad real que presente un mínimo de complejidad en términos de especialización, diferenciación y jerarquización del estatus, del poder y de la riqueza -, los valores, las creencias y valores se aprenden, pero las oportunidades y las motivaciones de este aprendizaje no son las mismas según el grupo social. Tal aprendizaje diferenciado da lugar, también, a una memoria cultural, a un conjunto de creencias y valores acumulado por cada sociedad en el curso de su historia. La evolución cultural es, pues, un proceso de aprendizaje socialmente diferenciado, durante el cual una sociedad se apoya en su pasado histórico y compromete su presente político. La formación y la contestación entre las culturas tienen lugar en todos los sectores de la sociedad, incluidas las esferas económicas y políticas: las creencias y valores no son independientes de la estructura de las instituciones económicas y políticas. Pero la construcción de las instituciones sociales se ve, a su vez, influida por las creencias y los valores: en otras palabras, nada permite suponer que las instituciones sociales no sean una forma de expresión cultural.
Si bien ni las instituciones ni las culturas son transhistóricas, sino que, por el contrario, evolucionan y se determinan mutuamente, ¿cuáles podrían ser los parámetros determinantes en esta materia? Aparte del enfoque individualista, se pueden distinguir dos modelos de evolución social diametralmente opuestos. El primero supone que los factores culturales e institucionales propios de cada sociedad son la causa principal de las diferencias en la evolución económica y social: el pasado de cada sociedad condiciona su proceso de evolución. En este modelo, la contingencia histórica juega un papel preponderante. En el otro extremo, se supone que todas las sociedades pueden adaptarse a un modelo común, que ofrece una solución única, independiente de las evoluciones respectivas de estas sociedades.
En los últimos años, los modelos historicistas, dependientes del pasado, han conocido cierto éxito. Un ejemplo interesante, a este respecto, es el análisis de Barrington Moore (1987) que trata de explicar los patrones de autoridad y de desigualdad en estados Unidos, la ex Unión Soviética y China. Según este autor, "existe una relación histórica entre estas tres sociedades y las que las han precedido. Esta relación explica, en gran parte, las formas de autoridad y de desigualdad que eran injustas". Esta reacción ha exigido cambios en las instituciones, pero también en las creencias y valores. Cada una de estas sociedades (y Moore afirma que su argumentación puede aplicarse, al menos, a otras sociedades capitalistas-democráticas y socialistas-autoritarias) experimenta una tensión crónica entre, por una parte, una repugnancia general a aceptar la jerarquía social, los conflictos de intereses entre los grupos y las desigualdades sociales engendradas, a la vez, por esa jerarquía y esos conflictos; y, de otra parte, las presiones históricas específicas para que se acepten.
Mientras que estas dos concepciones, la del modelo universal y la del modelo historicista, son, cada una a su modo, deterministas, ninguna de las dos parece conceder un papel verdaderamente autónomo a la acción del hombre. Incluso aunque la evolución cultural se conciba como un "aprendizaje", dicho aprendizaje debe hacerse a partir de objetos o experiencias determinadas. Los análisis deterministas de la cultura y de la economía no conceden lugar alguno a la libre intervención humana, ya sea en la creación de instituciones económicas y políticas, o en la elección de creencias y valores. Sin embargo, ninguna sociedad parece totalmente exenta de la influencia - en forma de limitaciones y posibilidades- de su propia historia. Pero lo importante es que los aspectos contingentes de las creencias y valores se resuelvan de manera explicativa, o que se expliquen de un modo ad hoc. Dicho en otras palabras, los parámetros determinantes se ponen de manifiesto (en todo caso) de manera amorfa.
Las ciencias sociales rebosan de tentativas para explicar los fenómenos sociales con base en principios generales similares a las "leyes de la naturaleza" de la física clásica. Con una gran dosis de ingenio, los especialistas de estas disciplinas han tratado de demostrar, y de demostrarse a sí mismos, que, a partir de los datos brutos de la historia social, se podían deducir patrones reales conformes con las "leyes de la sociedad" que ellos definen. Sin duda es justo decir que los resultados han suscitado cierto interés, sin ser totalmente convincentes: han llevado agua al molino de los convencidos, sin encontrar suficiente eco en los otros, continuando así un diálogo entre sordos.
La experiencia demuestra que nuestras creencias afectan a nuestras opciones y que nuestras opciones tienen repercusiones profundas. La experiencia no demuestra, sin embargo, que podamos elegir "libremente" nuestras creencias, incluso aunque éstas parezcan ejercerse libremente. Puede que nuestras propias creencias estén determinadas por nuestra experiencia real del mundo, lo que quizás no han captado con suficiente precisión los autores de los ejemplos anteriores. Pero la elemental noción humana de control del desarrollo futuro (y, con ella, la noción de responsabilidad, individual o colectiva) carecería de sentido si no obedece a una intención. Las creencias sin intencionalidad no significan nada, según nuestra propia experiencia; por otra parte, la intencionalidad sin creencias no puede conducir a una acción reflexiva. Asignar un papel a la intencionalidad o a la creatividad no significa negar las limitaciones o necesidades heredadas. Esta representación dualista de la libertad y del determinismo no parece menos conciliable con las realidades de la vida social que los modelos deterministas.
Esta concepción tiene en cuenta también la importancia de las políticas y de la evolución social. Por su parte, la teoría económica liberal no concede ningún sitio a la política. Como observa el economista Abba Lerner, "una transacción es un problema político resuelto. La economía ha adquirido el título de reina de las ciencias sociales haciendo de los problemas políticos resueltos su campo de acción2 (1972, pág. 259). Dicho de otro modo, sólo los problemas políticos resueltos permiten hacer previsiones económicas determinadas. ¿Resulta necesariamente, de ello, que los "problemas políticos no resueltos" no tengan soluciones determinadas? Se podría responder que, más que ser contingentes, las soluciones políticas se inscriben en una historia particular y se ven, por tanto, fuertemente influenciadas por las peripecias de la historia (determinismo histórico). Pero la otra hipótesis, que pone el acento más en el elemento narrativo que en el determinismo en política, deja entrever una dinámica evolutiva, en virtud de la cual, la acción, tanto individual como colectiva, juega un papel autónomo y "creador". Tanto la evolución económica como el cambio cultural se insertan en esta dinámica, y la política entendida como una reflexión y una acción capaces de cambiar los parámetros mismos de la reflexión y de la acción- ocupa, en ambos casos, un lugar central. "Política" es, entonces, un término conciso para designar el papel creador de la acción en la evolución social.
¿Una vía mundial hacia la armonía y la igualdad?
Considerada como un proceso de crecimiento de los flujos internacionales de bienes y recursos, la globalización ha sido una característica destacada del crecimiento económico en el último medio siglo. Este proceso se ha acelerado en los últimos diez o veinte años, en especial en lo que respecta al capital financiero. La globalización se ha visto favorecida, de modo esencial, por los cambios tecnológicos y políticos. La revolución de la información y las comunicaciones ha permitido reducir considerablemente el coste de las transacciones (circulación de capitales, de conocimientos y de mercancías) a través de las fronteras nacionales. Varias rondas de negociaciones internacionales han terminado por derribar las barreras comerciales tradicionales, al tiempo que cierto número de países liberalizan las condiciones de circulación de capitales. Muchos países del Sur y de Europa oriental han redefinido sus políticas, de forma quizás demasiado radical, abriendo sus economías a los mercados mundiales.
Algunos sostienen que, en muchos aspectos, la economía mundial estaba más integrada a finales del siglo pasado que en la actualidad (Rodrik, 1997). Tales comparaciones exigen, sin embargo, un examen más profundo. Ciertamente, los desplazamientos de la mano de obra, en forma de migraciones masivas del Viejo al Nuevo Mundo, fueron claramente más importantes en el siglo XIX de lo que son en la actualidad. Asimismo, las salidas netas de capital, en relación con el PIB, eran más elevadas en el reino Unido antes de la Primera Guerra Mundial de lo que han sido después. Pero estos movimientos de mano de obra y de capitales estaban, en gran parte, limitados al mismo grupo de países que se llevan hoy día la parte del león en los intercambios comerciales. Las economías pueden estar "integradas" por intercambios de mercancías, sin que haya desplazamiento de los factores. Si nos basamos en el volumen de intercambios con respecto a la renta nacional, la apertura de la economía de Estados Unidos y de Europa alcanzó su apogeo después de la Primera Guerra Mundial, disminuyó bruscamente entre las dos guerras y ha recobrado un movimiento ascendente después de la Segunda. De acuerdo con este criterio, las economías de los países avanzados del mundo no son más abiertas en 1997 de lo que eran en 1897. Pero la renta por habitante en estos países ha crecido enormemente, y la parte correspondiente a los servicios, que se intercambian mucho menos que los bienes, es considerablemente más elevada. En consecuencia, tasas de intercambio incluso reflejan un progreso significativo en la apertura de la economía.
Los cambios políticos que han favorecido la globalización se han visto condicionados, a su vez, por el patrón de crecimiento económico y por los cambios institucionales que lo acompañan. El desmantelamiento, en 1971, del sistema monetario en vigor desde la Segunda Guerra Mundial; el descenso de la productividad en los países capitalistas más avanzados, a finales de los años 60; y el alza de los precios del petróleo, en 1973, han tenido un impacto indudable sobre la configuración de las relaciones económicas internacionales en los últimos veinte años. No obstante, hay que ver en ellos los efectos de causas anteriores, como el hundimiento del régimen político-económico de los países capitalistas avanzados (el llamado "fordismo") que permitió conseguir un nivel de crecimiento rápido, en el plano nacional y en el internacional (la edad de oro). A medida que el fordismo se fue extendiendo con éxito desde estados Unidos a Europa occidental y Japón, el ritmo de crecimiento creciente fue sostenido por salarios en alza, desarrollando los mercados interiores de estos países. El crecimiento paralelo de la demanda interior, la hegemonía de Estados Unidos y las instituciones de Bretton Woods contribuyeron también a asegurar un progreso rápido del comercio internacional, sin riesgos de distorsiones entre las balanzas exterior e interior. La convergencia de los niveles de productividad y de renta en Europa y Japón, de una parte, y en estados Unidos, de otra, aceleró el crecimiento de los intercambios y de las inversiones en los sectores industriales. Las barreras proteccionistas fueron derribadas también, en olas sucesivas. En otras palabras, la convergencia de las rentas favoreció la integración de los mercados, y no solamente a la inversa.
Los países del Sur, en conjunto e individualmente, han conocido tasas de crecimiento económicamente apreciables, durante la edad de oro. En las antiguas colonias, los tristes resultados de la época colonial dieron paso a la expansión. Este fenómeno no se debió simplemente al contexto económico mundial de la edad de oro; también hay que atribuirlo, en una parte importante, aunque variable, a la transición desde el colonialismo a la soberanía nacional y al papel del estado en materia de desarrollo. El ritmo de crecimiento se mantuvo, incluso en los años 70, en parte gracias al aumento del precio de exportación de muchas materias primas. Mientras que la primera alza del precio del petróleo provocó una grave crisis en la gestión macroeconómica den los países capitalistas avanzados, el reciclaje de los petrodólares favoreció la continuación del crecimiento en el Sur. Pero la nueva crisis que sobrevino a continuación fue mucho más perjudicial para el Sur, en particular para el África subsahariana y América Latina, de lo que había sido la anterior para el Norte. Dicha crisis se desencadenó por el alza brutal de los tipos de interés y el hundimiento de las relaciones reales de intercambio de los países del Sur, a consecuencia de las políticas Reagan-Volcker de principios de los años 80.
El crecimiento de las transacciones mundiales no se ha producido en los mercados por sí solos. Por el contrario, está estrechamente ligado a una reestructuración económica deliberada, a nivel nacional e internacional. En el Norte, la "flexibilidad" ha sido promovida activamente por las políticas conservadoras: el ataque político al compromiso fordiano y al Estado del bienestar, a través de políticas macro y micro-económicas, ha permitido que el capital aplique la nueva racionalidad de la reestructuración orientada a la flexibilidad. El contexto político-económico ha hecho posible que un capital liberado de trabas arranque nuevas concesiones a los trabajadores y al Estado, a la vez. En el Sur, las dificultades fiscales (debidas a un problema de transferencia interna, ligado a la crisis de la deuda) han privado al Estado de una parte de los recursos necesarios para poner en práctica modelos endógenos de modernización o para proseguir y desarrollar programas de lucha contra la pobreza. Las condiciones impuestas por los acreedores internacionales, en forma de programas ortodoxos de estabilización y ajuste estructural, han jugado un papel determinante en la apertura de estas economías a los vientos de la competencia internacional.
Correlaciones entre cultura y crecimiento económico
Sin duda, una de las características dominantes de la era moderna es el crecimiento rápido y sostenido de las rentas. Pero también es característico de nuestra época que cada generación espere y, generalmente, desee disfrutar de una situación material mejor que la de la generación anterior. Y no es infrecuente que nuestros contemporáneos no distingan entre cantidad y calidad. Tampoco es sorprendente que apreciemos mucho la innovación y la creatividad. En comparación, el crecimiento económico, antes de 1800, era desesperadamente lento, errático y sometido a bruscos retrocesos. Asimismo, se puede afirmar que el deseo de un progreso material estable era casi desconocido en las sociedades premodernas; los antiguos tendían, por el contrario, a cultivar el recuerdo de una edad de oro mítica y a admirar, o incluso a adorar, a sus antepasado. Las sociedades premodernas han vivido, pues, bajo la influencia dominante de la "costumbre" y de la "tradición".
Así, el menos en términos generales, existe una correlación entre los resultados económicos y nuestras creencias y valores: en una palabra, nuestra cultura. Nuestros deseos y nuestras profecías ¿se realizan, a veces, por sí mismos (lo que justificaría esta correlación)? Si es así, habría que admitir que las culturas contribuyen al crecimiento económico. ¿O bien somos nosotros los que nos adaptamos a la evolución económica (lo que también podría explicar la correlación)? En esta hipótesis, nosotros y nuestras culturas seríamos el producto del cambio económico.
A partir de sus estudios sobre el desarrollo económico de los países actualmente avanzados, Simon Kuznets (1996) concluye que hay una gran uniformidad en los patrones de crecimiento económico, que cubre una amplia gama de fenómenos y de indicadores. Una tasa de crecimiento sostenida, asociada a patrones repetitivos, constituye lo que se ha llamado crecimiento económica moderno Para Kuznets, dicho crecimiento está ligado a las oleadas de descubrimientos científicos e inventos tecnológicos de la era moderna, a los que se deben los cambios de la organización económica y el aumento de la productividad. Como la mayoría de los economistas clásicos, Kuznets veía en el capitalismo la necesaria institucionalización de las fuerzas tecnológicas. Pero igualmente hacía notar que este cambio venía acompañado por el hundimiento de las ideas, creencias y valores tradicionales.
Aparte del sensible aumento de las tasas de crecimiento, los procesos descritos por Kuznets (y sus sucesores) presentan las siguientes características comunes:
Visto así, el desarrollo capitalista de las regiones europeas aparece como un proceso de difusión de las tecnologías y las estructuras económicas conexas, fuera de Europa. La cultura no es aquí más que un epifenómeno, que no puede ni frenar ni acelerar la transición.
Este punto de vista se opone, desde luego, a la célebre tesis de Weber según la cual la expansión de la ética protestante que marca un cambio en las creencias religiosas y en las actitudes, pero también en la ética del trabajo, de la familia, del éxito material y de la comunidad -, favoreció el avance del capitalismo en Occidente. La idea de que sólo los cambios adecuados de orden cultural, tales como los acaecidos en Occidente, podrían engendrar una economía capitalista, se convirtió en el credo dominante de los sociólogos. ¿Cómo explicar, entonces, el desarrollo del capitalismo en otras regiones? En la mayoría de los casos se podría atribuir al cambio cultural (en forma de occidentalización), resultante del contacto con Occidente (presencia de misioneros y colonos, influencia del comercio y de la ayuda, con o sin dominación política y colonialismo); en unos pocos casos, ciertos sustitutos autóctonos del protestantismo habrían proporcionado la base para un desarrollo capitalista local. Recíprocamente, los franceses del desarrollo económico se atribuirían a la inercia o a la resistencia cultural.
El capitalismo, los mercados y los comportamientos que engendran, apenas presentan puntos comunes a través del mundo, incluso en los países avanzados. Una rápida mirada a estos países con economía de mercado revela diferencias importantes y persistentes en sus instituciones económicas y sociales. Las relaciones profesionales, las ventas al por menor, la cooperación o la competencia comerciales, las relaciones entre los poderes públicos y las empresas, la fidelidad de los consumidores a las empresas y productos nacionales, son otros tantos elementos clave de la actividad económica que no se pueden considerar como consecuencias lógicas de las fuerzas del mercado únicamente. También participan la ideología y la cultura. Existen diferencias acusadas y significativas en las políticas de protección social. La tasa de ahorro individual en Japón es superior a la de los países occidentales, aunque los niveles de renta sean comparables. En Japón, Estados Unidos, el reino Unido y Escandinavia, que son cuatro ejemplos típicos, la historia de los conflictos entre empresarios y trabajadores y las instituciones encargadas de resolver dichos conflictos presentan diferencias muy marcadas. La legislación sobre seguridad en el empleo y sobre derechos de los empresarios en materia de despidos y de e reducción de personal tiene repercusiones muy diferentes sobre el funcionamiento del mercado de trabajo.
Estas diferencias son todavía más acusadas si la comparación se extiende a los países pobres. Las analogías estadísticas en el proceso de desarrollo económico pueden interpretarse no como la prueba de la existencia de patrones de desarrollo exclusivos, determinados de y "normales", sino también como el resultado de un contacto asimétrico entre culturas, en contextos política y económicamente desiguales. Del mismo modo, es posible oponerse activamente, es decir, políticamente, a la globalización u homogeneización a la vez económica y cultural. En este sentido, las fuerzas de mercado no son automáticas, en tanto en cuanto los individuos no son autómatas.
En consonancia con la teoría weberiana, las sociedades preindustriales se han descrito como "sistemas de suma cero". Según este razonamiento, la ausencia de crecimiento significa que la ganancia de unos corresponde necesariamente a las pérdidas de otros. En las sociedades agrarias estancadas, las creencias culturales se han adaptado para mantener un equilibrio social estable. El estatus social es hereditario y la estabilidad social se asegura rechazando las aspiraciones a la posesión de la tierra. Las reglas de reparto social prevalecen sobre las del ahorro y la acumulación individuales. La reforma protestante contribuyó a romper el imperio de esta cultura tradicional en Europa occidental que, en los siglos siguientes, progresó más deprisa que la Europa meridional. El ahorro, el voluntarismo y la asiduidad en el trabajo reflejarían los valores de autonomía y éxito económico, mientras que la obediencia, la fe religiosa, la tolerancia y el respeto de otros pueblos reflejarían la conformidad con la tradición. A partir de los datos recogidos en una muestra de países respecto a los valores mencionados, Inglehart y sus colaboradores han establecido un índice de motivaciones para el éxito, encontrando una fuerte correlación entre dicho índice y la tasa de crecimiento económico en el período 1960-1989. Concluyen que le crecimiento económico viene determinado, no sólo por las instituciones políticas y económicas (en particular, las políticas y las inversiones en materia de educación), sino también por factores culturales, como las actitudes frente al ahorro.
Aparte del valor que representa el ahorro para el crecimiento económico, muchos consideran que la confianza mutua entre los ciudadanos es también un factor que favorece fuertemente este crecimiento, así como la competitividad a nivel internacional (Alain Peyrefitte, citado en NYFER,1996). Otros ven ahí incluso un fundamento esencial, aunque variable y pocas veces reconocido, de la economía de mercado. Recíprocamente, el papel de la confianza parece amenazado por la progresiva despersonalización de las transacciones en la era electrónica. Al igual que para el ahorro, la correlación estadística entre el nivel de confianza entre los ciudadanos y la tasa media de crecimiento económico se muestra positiva y sólida (NY-FER,1996,pág.25).
No obstante, se imponen ciertas cautelas a la hora de utilizar estas analogías estadísticas para fundamentar una concepción cultural, más que económica, del crecimiento. En primer lugar, la cuantificación de variables tan delicadas como el nivel de ahorro, el grado de confianza o la integridad personal, de una cultura a otra, se ha realizado a partir d autoevaluaciones de los miembros de cada sociedad y puede, por tanto, reflejar criterios y resultados variables de una sociedad a otra. Además, las correlaciones no establecen una relación causal, siendo posibles, en general, otra interpretaciones. Por último, existe el riesgo de que estas correlaciones sean "demasiado" probatorias: si la cultura condiciona el comportamiento económico, ¿cómo podrán salir del atolladero los países cuyos valores son desfavorables al crecimiento?
Globalización y cultura: ¿asimilación o diversidad?
Hubo un tiempo en que se podían concebir culturas separadas unas de otras, con espacio suficiente para expresarse y desarrollarse de forma autónoma. Pero, en el curso de los siglos, la evolución tecnológica de los transportes y de las comunicaciones ha borrado el tiempo y el espacio, derribando las barreras que rodeaban a las culturas, incluso a las más aisladas. El proceso, que se ha acelerado espectacularmente en los últimos cincuenta años, se inserta hoy día en una tendencia más amplia a la globalización. Una de sus consecuencias es que los contactos entre las culturas son cada vez más estrechos.
Esta interacción entre las culturas no es nueva; así, antes de examinar sus repercusiones sobre el mundo contemporáneo, resulta interesante retroceder rápidamente en la historia. Sería necio pretender que el cambio tecnológico, y los intercambios culturales que de él se han seguido han resultado beneficiosos para todos. El desarrollo ha sido desigual y, sobre todo, el impacto de los intercambios culturales ha sido, a menudo, asimétrico: ciertos grupos y ciertas culturas se han visto perjudicados, no sólo en términos relativos sino también en términos absolutos. Asia central, por ejemplo, ocupó durante mucho tiempo un lugar estratégico en las rutas comerciales que recorrían las caravanas entre China y el Mediterráneo oriental y Europa. Las ciudades de Samarcanda, Bujara y Jiva (actualmente en Uzbekistán) eran centros de actividades económicas, políticas y culturales, donde florecen las artes y la arquitectura, las ciencias naturales, las matemáticas y la teología. A partir del siglo XV, con el desarrollo de los transportes marítimos; el transporte terrestre a través de Asia central se hizo demasiado costoso y la región sufrió un declive brutal. Las regiones marítimas de Asia desarrollaron los contactos con Europa, mientras que el interior quedó cada vez más aislado.
No obstante, los beneficios de estos contactos fueron relativos. Si se piensa en las conquistas espectaculares del islam, a partir del siglo VII que, desde Arabia, se extendieron a todo el Oriente Medio, al norte de África y, ya en Europa, a la península ibérica; en la migración hacia el oeste de las hordas mongolas, en el siglo XIII, que alcanzaron el Danubio y los suburbios de Budapest; o en la expansión implacable de Europa occidental en todo el planeta, a partir del siglo XV, los intercambios culturales parecen haberse efectuado en sentido único. Con frecuencia, el contacto cultural ha sido el subproducto de enfrentamientos militares y ha estado asociado a la violencia, al pillaje, a la guerra, a la esclavitud, a la conquista, al colonialismo y al imperialismo (Elsenhans, 1991). Ha llevado a la introducción de enfermedades extrañas en pueblos que no tenían ninguna resistencia natural contra ellas y, en ciertos casos, al exterminio de las poblaciones autóctonas. Ha contribuido a la propagación del racismo, ha llevado al genocidio y, con mucha frecuencia, ha dado lugar a la destrucción de las estructuras sociales preexistentes y del sistema de creencias que las sustentaba. Históricamente, la globalización ha tenido, a menudo, un "efecto devastador"".
Pero esta historia tiene también otra cara. Aunque, como se ha dicho, los primeros contactos entre las culturas hayan tenido un efecto devastador, las consecuencias a largo plazo han sido más positivas, en forma de una multitud de intercambios y adaptaciones beneficiosos para todas las partes. No hay más que tomar el ejemplo de los alimentos y los productos básicos: a América Latina le debemos le maíz, la patata, el tomate y el caucho natural; a Etiopía y al Yemen, el café; a China, el té y los tallarines (que los italianos transformaron en pastas), etc. La farmacopea mundial se ha nutrido también de la flora de regiones muy diversas. Lo mismo puede decirse de los animales domésticos.
En nuestra época, la aparición de la "aldea global" pone de manifiesto una reducción , no sólo de las distancias físicas entre los pueblos, sino también, al menos en cierto sentido, de las distancias "culturales", la televisión y los satélites de comunicaciones transmiten noticias e imágenes a velocidades electrónicas y directamente, sin la mediación de factores locales ni los filtros culturales de otros tiempos. Gran parte de esta información está financiada por la publicidad y el comercio y, en contrapartida, transporta las imágenes que permiten rentabilizar esas actividades. Al igual que desaparecen muchas lenguas locales, se abandonan también modos de vida tradicionales: las comidas rápidas, estilo occidental, sustituyen a los hábitos alimentarios locales; las marcas gigantes (occidentales también, en ahorroahorroahoorro ahorro su mayoría, si se incluye Japón en el grupo de países occidentales), como Coca-Cola o Levi´s, suplantan a los productos locales; la música pop y las formas de diversión norteamericanas dejan sin trabajo a los artistas locales, cuyas habilidades se pierden. Pero, además de estas convergencias de los gustos, en materia de vestidos, música y ocio, se extienden también ciertas subculturas ligadas a la droga, a la delincuencia y a la corrupción.
Este tipo de asimilación cultural es una de las características de la globalización contemporánea. Sus correlaciones económicas, por no decir sus causas, son bien conocidas,. Es particularmente acusada en la juventud urbana, lo que hace presagiar en el porvenir una aculturación mundial aún más pronunciada. La evolución demográfica y la urbanización han tenido un impacto mucho más fuerte que a finales del siglo pasado: profundas transformaciones de las estructuras familiares, aumento de la proporción de jóvenes que pasan cada vez más tiempo en la escuela, sustrayéndose al trabajo familiar y gran difusión de los modos de vida urbanos. Más aún, muchos oficios y habilidades tradicionales han desaparecido, para dejar sitio a profesiones modernas y a trabajo temporal en las zonas marginales de la sociedad urbana organizada. En muchas partes del mundo, el alza arbitraria de las rentas, al menos entre las clases medias emergentes, ha alimentado el consumismo y las aspiraciones de los consumidores.
Otra característica de esta modernización convergente es el fenómeno de americanización. Según Pieterse (1966), el gusto por la cultura americana procede de que entremezcla múltiples componentes, muchos de los cuales son, a su vez, importados. "Es una cultura que combina elementos de otras muchas y esta densidad cultural es causa de la atracción subliminal que ejercen los medios populares, la música, la televisión y el cine americanos! (pág. 1.393). Aunque estos elementos tan sutiles puedan influir en la exportación de la cultura americana, también se puede dar una explicación, más convincente, del atractivo de la sociedad de consumo americana y sus productos, basada exclusivamente en el mercado. Las empresas americanas han disfrutado de dos ventajas considerables en su propio mercado interior: en primer lugar, éste se ha convertido en un mercado de consumo de masas, varias décadas antes que los demás; en segundo lugar, es mucho mayor que cualquier otro mercado nacional. Los productos, las marcas y las imágenes de marca se han beneficiado, pues, al mismo tiempo, de un comienzo temprano y de un banco de pruebas altamente competitivo. Estas ventajas se han visto reforzadas por el desarrollo de inversiones directas en el extranjero, campo en el que las empresas americanas, ayudadas por la potencia de la política exterior estadounidense, conservan una posición dominante. Incluso aunque estas ventajas relativas se hayan debilitado con el tiempo, la americanización de los gustos refleja sus efectos acumulativos en el período de la posguerra.
¿Cómo van a evolucionar estas tendencias hacia la convergencia de los modos de vida y de consumo? ¿Se trata, simplemente, de una forma superficial de asimilación cultural, que deja intactas las fuentes "profundas" de las diferentes culturas, es decir, el conjunto de creencias y valores? ¿Amenazan con destruir la diversidad derivada de la creatividad cultural? Una de las dificultades que se presentan para determinar si esta convergencia cultural es "profunda" o "superficial" es la ausencia de parámetros culturales fiables, comparables, por ejemplo, a las estadísticas sobre la actividad económica; aunque se pudieran identificar tales parámetros, no dispondríamos de ninguna base natural para ponderarlos y combinarlos en un indicador global. Lo que es seguro es que tanto las evaluaciones de los especialistas como las reacciones del "mundo real" varían enormemente.
En muchas partes del mundo, el desarrollo de los intercambios culturales ha concienciado a las gentes sobre la diversidad y las identidades culturales. Como en el pasado, las reacciones varían según el grado de apertura y según las condiciones en que se desarrollan los intercambios entre la cultura en cuestión y las demás culturas; en otras palabras, según se trate de una relación de subordinación, de dominio y de explotación, o bien de una relación de igualdad, de respeto mutuo y de intercambio fecundo. En ciertos casos, la afirmación cultural contra aquello que se percibe como una amenaza exterior subyace en los movimientos étnicos y nacionalistas que han aparecido recientemente. Huntington (1993) sostiene que la resistencia de las culturas y el conflicto entre las civilizaciones que emana de ellas es una característica fundamental de la época futura,; y que la globalización de la economía da lugar a una competencia feroz entre "civilizaciones" que conservan culturas diferentes. Dicho de otro modo, la escena mundial estará dominada por una competencia económica sin convergencia cultural ("patrones de desarrollo"), como de una teoría cultural de la convergencia económica (difusión de la cultura). Por el contrario, las diferencias culturales permanecerán, mientras que las economías tenderán a la convergencia. Pero esta concretización de la cultura elude por completo el aspecto evolutivo-histórico de la política, de la cultura y de la economía que antes hemos subrayado. Olvida, igualmente, que algunos de los conflictos "culturales" más importantes de nuestra época han tenido lugar en el seno de "civilizaciones" que Huntington considera inmutables.
Si los problemas de dominación cultural son importantes en la actualidad, el mundo moderno es teatro, también, de intercambios culturales de doble sentido. La homogeneidad se ha acentuado ciertamente en algunos campos, pero el abanico de opciones se ha ampliado también. Los capitales, las tecnologías, e incluso la mano de obra, circulan a escala mundial. La ciencia es universal y accesible a todos como jamás lo había sido. Las ideas, las informaciones y los conocimientos se difunden con mayor rapidez y mucho más ampliamente que en el pasado. Así, los individuo pueden realizar combinaciones creativas entre las opciones disponibles. Ello es cierto, desde luego, en un lugar determinado del planeta, a medida que un número cada vez mayor de modos de vida aprenden a coexistir; pero también es cierto a nivel mundial, en la medida en que la interpenetración cultural multiplica las posibilidades de permutaciones, creando así nuevos modos de vida, nuevas culturas.
Ya se perciban como una amenaza o como una oportunidad, como un factor de homogeneización o de diversificación, estos intercambios culturales múltiples no se pueden separar de las fuerzas de globalización económica. Por el momento al menos, hay que reconocer que la globalización suscita un malestar creciente, tanto en los países ricos como en los pobres. A medida que las políticas y las instituciones nacionales se someten a la vigilancia de los mercados financieros internacionales, y los regímenes fiscales y la legislación laboral se pliegan a los imperativos, cada vez más rígidos, de la "competencia internacional", el sentimiento de autonomía nacional se debilita progresivamente. En muchos casos, estos fenómenos se han visto exacerbados por las perturbaciones culturales ligadas a la globalización. Pero no se pueden aislar fácilmente del sentimiento de alienación y de impotencia que suscitan estos rápidos cambios económicos, que se originan tanto en el interior como en el exterior de las fronteras nacionales, y que entrañan la desaparición de oficios, medios de vida y comunidades tradicionales. En buena parte, la globalización cultural tiene repercusiones diferentes en las poblaciones rurales y en las urbanas., en los jóvenes y en los ancianos, en los hombres y en la mujeres, en los ricos y en los pobres, etc. Las opciones que toman los distintos grupos trastornan las identidades y las relaciones sociales tradicionales que, a su vez, influyen en la política y en la sociedad. En este contexto, ciertos grupos y ciertos dirigentes tienen a aprovecharse de la pertenencia y la fidelidad al grupo para sus propios fines políticos. Las divisiones entre los grupos también pueden ser explotadas de formas que no favorecen ni el florecimiento cultural ni el desarrollo económico. La reciente avalancha, en muchas partes del mundo, de retos planteados a los estados naciones y a los gobiernos establecidos, de conflictos de identidades nuevas o antiguas, de enfrentamientos raciales, de conflictos regionales y de conflictos de clase tiene, desde luego, orígenes diversos; colapso económico, democratización política, trastornos debidos a la guerra, cambios ecológicos, etc. A veces, la afirmación étnica conduce a enfrentamientos violentos y no siempre está claro que estos conflictos no expresen un profundo desdén frente a las instituciones políticas y económicas. Pero las oportunidades y los desafíos asociados a la globalización de la economía juegan un papel directo e indirecto en estos antagonismos.
A medida que los países, ricos y pobres, experimenten la influencia acumulada y creciente de los movimientos de recursos y de los intercambios internacionales sobre la vida económica y política nacional, muchos de ellos se verán probablemente empujados a buscar medios para preservar sus normas y sus instituciones sociales dentro de sus fronteras, para "encuadrar" socialmente las relaciones económicas. Además (o alternativamente ) tratarán de someter las relaciones económicas internacionales a normas aplicadas asimismo a nivel internacional. La existencia de normas mundiales presupone que haya un conjunto mínimo de principios éticos compartidos a escala mundial (por tanto, un mínimo de convergencia cultural). Pero no está claro cómo se podría asegurar esta convergencia y aún menos cómo ponerla en práctica. Entre tanto, nada garantiza que el proceso de globalización económica sea viable en términos de globalización político-sociales.
Es cierto que se constata un grado apreciable de convergencia en las políticas económicas de los países del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. En cierto sentido, se trata de la forma más importante de convergencia "cultural" que hayamos podido contemplar. Pero este elemento no es tanto la consecuencia de la globalización como la causa esperada de una convergencia económica que aún está por venir. No hay nada que garantice que las gentes acepten las consecuencias económicas y culturales que puedan derivarse. Los mercados internos están encuadrados en los sistemas políticos y sociales nacionales. Por el contrario, el mercado mundial no se inscribe en ningún marco político tan cohesionado. Y, al exaltar la competitividad, la globalización tiende a socavar la capacidad de los estados para mantener las disposiciones y los compromisos nacionales, lo que podría tener un efecto desestabilizador en el plano social. Los optimistas, que ven en la integración mundial de los mercados el catalizador de la convergencia económica y cultural, a nivel mundial, preconizan, por este motivo, políticas neoliberales, tanto en los países ricos como en los países pobres. Pero olvidan, quizás demasiado aprisa, la posibilidad muy real de que los mercados sin trabas arruinen el equilibrio social de los países, hasta el punto de comprometer la propia globalización.
Hay quienes piensan que la expansión mundial de los mercados está a punto de socavar la cohesión social y abocarnos a una crisis política y/o económica (Greider,19997). En los países avanzados, el origen de las tensiones se encuentra, sin duda, en la desigualdad creciente de las rentas (incluidas, y quizás principalmente, las rentas salariales) y en los atentados contra el sistema de protección social. En los países en vías de desarrollo, las amenazas son múltiples: medidas de austeridad presupuestaria, aumento del desempleo, deterioro del medio ambiente, aumento de las desigualdades salariales y de la inseguridad económica sin protección social, etc. En Corea del Sur, hemos podido asistir recientemente a una oleada de protestas contra una nueva ley que suprimía las normas contra los despidos. El motivo invocado para justificar esta ley, aprobada por acuerdo entre el Gobierno y el Parlamento, era la necesidad de asegurar la competitividad del país en los mercados mundiales. En Europa, persiste la incertidumbre sobre las consecuencias sociales y políticas de la integración monetaria, a nivel interno; esta incertidumbre activa conflictos y resistencias políticas, especialmente en Francia. En la India, se observa un movimiento cada vez más importante para modificar el régimen internacional de los derechos de propiedad, excluyendo las nuevas formas de vida e incluyendo los derechos comunitarios relativos a la farmacopea tradicional y a la biodiversidad genética. Sectores tales como la legislación laboral, las normas medioambientales y los derechos humanos,, por no citar otros, constituyen otros tantos conflictos en potencia, entre ricos y pobres.
La vulnerabilidad del ser humano y el sufrimiento son temas centrales y recurrentes en casi todas las tradiciones culturales. De ahí proceden el principio ético, prácticamente universal, que impone aliviar el sufrimiento, y el precepto, expresado de diversas formas, que manda tratar a los demás como uno quisiera ser tratado. Los autores de Nuestra Diversidad Creativa piensan que este principio podría ser una base sólida para elaborar una ética universal. He aquí un motivo de esperanza. Por otro lado, la rápida progresión de la interdependencia internacional está cada vez más estructurada por mercados débilmente reglamentados y grandes empresas. De aquí deriva una amplia variedad de problemas: lenta erosión del Estado del bienestar, amenazas contra el medio ambiente local y mundial, sistemas nacionales de seguridad alimentaria en peligro, violación sistemática del derecho laboral, atentados contra los derechos humanos, ética médica y científica de múltiples caras... He aquí muchas razones para la inquietud. ¿Podremos esperar que se constituya una ética mundial que nos permita verdaderamente responder a nuestras crecientes inquietudes frente a la globalización? Para que esta promesa se convierta en realidad, harán falta normas mundiales concretas, que conciten el compromiso de todos. Encontrar los medios estratégicos y operativos para someter a los mercados mundiales a una ética universal es el principal desafío político y económico con que debe enfrentarse la comunidad mundial en la próxima década.
Bibliografía
ADAS, M. 1989. Machines as the Measure of Men. Ithaca, Cornell University Press.
BAGCHI, A.K. 1996. Contextual Social Science: or Crossing Boundaries. Economic and Political Weekly, vol.31, no. 43, págs. 2.875-82.
BOYER, R. 1995. Capital-Labour Relations in OECD Countries: From the Fordist Golden Age to Contrasted National Trajectories. En J. Schor y J. You (eds), Capital, the State and Labour: A Global Perspective. Aldershot, Edward Elgar and UNU Press.
CLELAND, J.G.; PHILLIPS, J. F; AMIN, S.; KAMAL, G.M. 1994. The Determinants of Reproductive Chance in Bangladesh. Washintong, D.C., Banco Mundial.
COALE, A.J; WATKINS, S.C. 1986. The Decline of Fertility in Europe. Princeton, Princeton University Press.
COMISION MUNDIAL DE CULTURA Y DESARROLLO. 1995. Nuestra Diversidad Creativa. París, UNESCO.
ELSENHANS, H. 1991. Development and Underdevelopment: The History, Economics and Politics of North-South Relations, Nueva Delhi, Sage Publications.
FRANK, A.G. 1966. The Development of Underdevelopment. Monthly Review (Nueva York), no. 18.
Greider, W. 1997. One World, Ready or Not The Manic Logic of Global Capitalism. Nueva York, Simon & Schuster.
GRIFFIN, K. 1969. Underdevelopment in Spanish America. Londres, Allen & Unwin.
--------------. 1996. Culture, Human Development and Economic Growth. Riverside (Universidad de California) (Inédito).
GRIFFIN, K: KHAN, A.R. 1992. Globalization and Developing World: An Essay on the International Dimensions of Development in the Post-Cold War Era. Nueva York, Naciones Unidas (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo: Documentos sobre Desarrollo Humano no. 2).
HUNTINGTON, S.P. 1993. The Clash of Civilizations. Foreing Affairs (Nueva York), vol. 72, no. 3, págs. 22-49.
INGLEHART, R.; GRANATO, J; LEBLANG, D. 1995. The Effect of Culture on Economic Development: Theory, Hypotheses and Some Empirical Test (Ann Arbor, Universidad de Michigan) (Inédito).
JOLLY, R.; ROSENTHAL, G.; TOKMAN, V. 1994. Foreword: A Challenge of Poverty. En: R. Van der Hoeven y R. Anker (eds), Poverty Monitoring: An International Concern. Nueva York, St. Martin´s Press.
KUZNETS, S. 1966. Modern Economic Growth. New Haven, Yale University Press.
LERNER, A. 1972. The Economics and Politics of Consumer Sovereignty. American Economic Review, no. 62.
LEWIS, N. 1988. The Missionaries. Londres, Secker & Warburg.
LIPIETZ, A. 1995. Capital-Labour Relations at the Dawn of the Twenty-First Century. En: J. Schor y J. You (eds), Capital, the State and Labour: A Global Perspective. Aldershot, Edward Elgar and UNU Press.
MOORE Jr., B. 1987. Authority and Inequality under Capitalism and Socialism USA, USSR and China. Oxford, Clarendon Press.
MOOREHEAD, A. 1966. The Fatal Impact: An Account of the Invasion of the South Pacific, 1767-1840. Londres, Hamish Hamilton.
NEEDHAM, J. Science and Civilization in China. Cambrigde, Cambridge University Press.
NOLAN, P. 1997. China´s Rise, Russia´s Fall. Journal of Peasant Studies, vol. 24, no. 1-2, págs. 226-250.
NYFER, 1996. Institutions, Values, Norms and Growth. Breukelen, NYFER Forum for Economic Reseach.
PIETERSE, J. N. 1996. Globalization and Culture: Three Paradigms. Economic and Political Weekly, vol. 31, no. 23, págs. 1.389-1.393.
PNUD. 1996. Informe Mundial sobre el Desarrollo Humano.
--------. 1994. Globalization as Hybridization. International Sociology, no.9.
PUTNAM, R. (con la colaboración de ROBERT LEONARDI Y RAFFAELLA NANETTI). 1993. Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy. Princeton, Princeton University Press.
RAO, J.M. 1995ª. Labor and Liberalization in Less Developed Countries. Ginebra, OIT.
--------------. 1995b. The Market for the State: Rules, Discretion, Rent-Seeking and Corruption. Amherst, Universidad de Massachusetts.
--------------. 1996ª. Globalization: A View from the South. Ginebra, OIT (Documento preparado por el Departamento de Empleo, inédito).
--------------. 1996b.Local Development in a Globalizing World. Bangalore, HIVOS (Humanistisch Instituut voor Ontwikkelingessamenwerking, Holanda).
RAWLS, J. 1979. Teoría de la Justicia. México/Madrid, Fondo de Cultura Económica.
RODRIK, D. 1997. Has International Economic Integration Gone Too Far? , Washington, D.C., Institute for International Economics.
SACHS, J.; WARNER, A. 1995. Economic Reform and the Process of Global Integration. Brookings Paper in Economic Activity, no. 1, pág. 118.
SAHLINS, M. 1976. Culture and Practical Reason. Chicago, Chicago University Press.
SCHWARTZ, H.M. 1994. States Versus Merkets: History, Geography and the Development of the International Political Economy. Nueva York, St. Martin´s Press.
SEN, A. 1990. Development as Capability Expansion. En: K. Griffin y J. Knigth (eds.), Human Development and the International Development Strategy for the 1990s. Londres, Macmillan.
UNRISD-UNESCO. 1997. Towards a World Report on Culture and Development Constructing Cultural Statistics and Indicators. París/Ginebra.
WALLIS, J. 1997. Ironically the Volunteerism Summit Excluded a Key voice. Boston Globe. 20 mayo.
WATKINS, S. 1989. The Fertility Transition: Europe and the Third World Compared. En: J. N. Stycos (ed), Demography as an Interdiscipline. New Brunswick/Oxford, Transaction.
WEINER, M. 1996. Child Labour in India: Putting Compulsory Primary Education on the Political Agenda. Economic and Political Weekly, vol. 31, no. 45-46, págs. 3.007-14