• Las repercusiones del trabajo de los niños

    J.Mohan Rao

    Profesor. Especialista en Economía y Desarrollo,

  • Universidad de Massachusetts, Amherts (Estados Unidos).

    El sur de Asia, donde el trabajo de los niños ocupa un lugar considerable, es un excelente ejemplo del punto muerto al que llegan quienes tratan de describir la inercia y el cambio sociales basándose en factores económicos o culturales, tomados de forma aislada. Los gobiernos de muchos países del Tercer Mundo consideran que el problema no se puede resolver de un día para otro y que, es necesario tolerarlo. Aducen, a este respecto, dos argumentos principales (retomados por otros sectores ilustrados de la población). El primero es que el trabajo de los niños no es ahora tan penoso como lo fue en el apogeo de la revolución industrial en Occidente: la mayoría de los niños que traban lo hacen en grupo o en le seno de sus familias, formándose así en los oficios tradicionales. El segundo argumento es que las familias pobres necesitan del trabajo y los ingresos de los hijos simplemente para poder sobrevivir; en tales condiciones, la educación obligatoria sería una imposición exorbitante. El crecimiento económico debería permitir la eliminación del yugo de la pobreza. Las grandes empresas que contratan mano de obra asalariada y hacen uso de tecnologías modernas, se desarrollarán a expensas de las estructuras familiares, débilmente equipadas. A medida que se intensifiquen el crecimiento y la competencia tecnológica, una parte cada vez más importante de la mano de obras será absorbida por el sector moderno, generando una demanda creciente de educación y formación práctica. En resumen, desde este punto de vista, la desaparición del trabajo infantil es un simple fenómeno económico que se inserta, como otros, en un modelo universal de desarrollo.

    Para otros autores, este determinismo económico, supuesto que no sea erróneo, prescinde por completo del papel de la cultura. Históricamente, la enseñanza obligatoria se ha introducido en muchos países y regiones de bajo nivel de renta, donde la pobreza estaba muy extendida (Japón, China, Corea del Sur, Corea del Norte; sureste asiático y Sri Lanka; Alemania, Nueva Inglaterra y Suecia; países comunistas). Según Weiner (1996), "las teologías y las ideologías" han sido, en todos estos países, factores determinantes para el desarrollo de la enseñanza obligatoria. En la India, por el contrario, "los gobiernos continúan enredados en ideas que les impiden tomar las medidas necesarias para llevar a la escuela a los niños que trabajan" y "los agentes que han desempeñado papeles importantes" no se han comprometido políticamente lo bastante (pág. 3.014). En otras palabras, los principios que habrían conducido a la escolarización universal no han sido defendidos por quienes hubieran podido hacerlo. Esta explicación se basa, sobre todo, en especificidades culturales, pero igualmente hay que tener en cuenta el anclaje de la cultura en la sociedad en general. El análisis sería incompleto si no nos preguntásemos quién puede ganar y quién puede perder con la supresión del trabajo infantil en la India.

    No es sorprendente constatar que los intereses económicos ligados a la perpetuación del trabajo infantil varían según las clases. Las clases medias y altas obtienen ventajas, tanto de las políticas que ignoran la educación de los niños pobres (los recursos educativos disponibles se destinan a la enseñanza superior), como del trabajo de los niños empleados en su servicio. Algunos piensan también que la introducción de la escolaridad obligatoria podría reducir las opciones paternas. Contrariamente a la idea de que el trabajo de los niños responde a una necesidad económica, una encuesta ha mostrado una divergencia sistemática entre los niños y sus padres: las niñas encuestadas niegan que sus padres "no tengan elección en lo que respecta a su escolarización" (pág. 3.008). Dicho de otro modo, los padres saldrían ganando, en detrimento de sus propios hijos.

    Pero ¿qué pueden ganar los padres que hacen trabajar a sus hijos? Según una opinión muy extendida, los padres se benefician directamente del suplemento de ingresos que les aportan sus hijos, y, por esta misma razón, los padres pobres tendrían más hijos. Este razonamiento ignora una evidencia, a saber, que aquella contribución sólo llega después de bastantes años: al principio, el niño consume los recursos paternos sin producir nada, y, en la fase siguiente, continúa siendo un consumidor neto (es decir, que consume más que aporta). Sólo después de este período su aportación a los ingresos paternos se hace positiva. Sin embargo, dadas las altas tasas de interés de los préstamos que pueden obtener los padres, la inversión realizada en sus hijos se saldará con pérdidas netas. De aquí que la verdadera "función" económica que desempeñan los hijos, en su caso, respecto a sus padres, no consiste tanto en mejorar sus ingresos, sino en reducir su inseguridad económica, sobre todo en la vejez. Los padres, cuando son jóvenes y sanos, están, en general, menos expuestos a los avatares económicos; teniendo más hijos aceptan una rebaja de su "nivel de vida" durante estos años, a fin de disminuir los riesgos de dificultades posteriores cuando sean menos capaces (al contrario que sus hijos) de sostener a la familia. Para una pareja pobre, asegurar la subsistencia al final de su vida, cuando no existen otros medios y no se puede contar en absoluto con ninguna clase de ahorros, puede ser una razón suficiente para invertir en los hijos. Conviene examinar las "opciones" de estas parejas bajo este punto de vista: los niños no vienen al mundo porque pueden trabajar, sino que trabajan porque han venido al mundo. Pero también deben compartir la pobreza de sus padres y este peso puede aliviarse, en parte, con su trabajo.

    Hay además otro aspecto de este análisis que merece subrayarse. Los intereses individuales y los intereses colectivos no coinciden necesariamente. Los padres consideran, sin duda, los ingresos de sus hijos como beneficiosos para la familia, pero, a nivel general, si la mano de obra infantil es importante, tenderá a reducir las posibilidades de empleo y de ingresos de los adultos. Aparece entonces un fenómeno de nivelación por abajo, en el que el trabajo infantil y la pobreza se refuerzan mutuamente. Del mismo modo, puede haber un conflicto entre los intereses de los empresarios a corto y a largo plazo. Así, en ciertos sectores "los empresarios que pueden recurrir a estos niños poco cualificados y con salarios escasos, apenas se sentirían impulsados a adquirir tecnologías modernas que les permitirían fabricar productos de calidad para la exportación" (pág. 3.3009). Visto de este modo, el trabajo infantil constituye un freno para el crecimiento económico y el desarrollo come4rcial a largo plazo.

    En resumen, la importancia del trabajo infantil deriva, con toda evidencia, de factores a la vez culturales y económicos. No existe ninguna ley según la cual el desarrollo económico implique inexorablemente la supresión del trabajo infantil y la generalización de la enseñanza primaria, a manera de una ley física. Tal evolución supondría un cambio de las creencias y valores que se oponen a ella. Ahora bien: esas transformaciones culturales son hijas de la historia y del patrimonio específico de cada sociedad. Las desigualdades estructurales existentes actúan a favor de los intereses que se oponen a las ideologías que tratan de fomentar la emancipación y el desarrollo humano.- En el caso de la India, las profundas diferencias entre las rentas y entre las categorías sociales son, en buena parte, producto del sistema de castas y de otras formas de jerarquización social. Sin embargo, no hay que confundir los intereses de clase con los intereses de los individuos que la componen. Cuando no coinciden, las actitudes e incluso las convicciones individuales pueden ir en contra de los intereses de clase. En estas condiciones, las políticas culturales y las culturas tienen un importante papel que desempeñar en los cambios que, sin duda, son necesarios.

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