La tormenta financiera asiática en perspectiva
Louis Emmerij
Economista. Asesor especial del Presidente
Banco Interamericano de Desarrollo (BID)
Washington, D.C. Estados Unidos.
Durante años, o incluso décadas, políticos y expertos han ensalzado el "modelo de desarrollo de Asia oriental", aun no estando de acuerdo con sus componentes. De hecho, durante los treinta años que van de 1965 a 1995, la tasa de crecimiento anual del PIB por habitante alcanzó el 6.6 % en el grupo de los cuatro "tigres" (Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong Kong), el 5.6% en China y el 3.9% en el sureste asiático, frente al 1.9% en Asia del Sur, 2.1% en los países de la OCDE, 0.9% en América Latina y 0.2% en el África subsahariana.
En el verano de 1997, muchas monedas asiáticas cayeron bruscamente, los valores bursátiles se derrumbaron, y políticos y expertos denunciaron la corrupción social, la debilidad de los sistemas bancarios, los empleos de por vida, etc. , como otras tantas causas del desastre.
¿QUÉ HA PASADO EN REALIDAD?
Las crisis monetarias asiáticas de 1997 no marcan el final de un período de crecimiento económico rápido, sino que derivan, más bien, de un fenómeno recurrente (pero difícil de prever) de inestabilidad financiera que, a menudo, acompaña a un crecimiento rápido. Del mismo modo que Indonesia, Malasia y Corea del Sur se repusieron prontamente de las crisis financieras de los años 70 y 80, las economías asiáticas probablemente recuperarán un ritmo de crecimiento sostenido dentro de dos o tres años. En realidad, estas crisis monetarias tienen su origen en las distorsiones de las tasas de cambio, severamente penalizadas por las fuerzas del mercado en una economía liberalizada y globalizada. Pero las bases a largo plazo siguen siendo sólidas.
Occidente goza hoy en día de una parte desproporcionada de la renta mundial, la cual va a disminuir a medida que los mercados mundiales penetren más profundamente en Asia. Hacia el año 2025, ésta habrá recuperado probablemente el lugar central que le correspondió, durante mucho tiempo, en torno al 60% de la renta mundial, mientras que la parte de Occidente, que es ahora del 45%$ podría reducirse hasta el 20-30%.
Estas proyecciones a largo plazo podrían parecer de un optimismo excesivo, a la vista de las sacudidas que sufre actualmente la economía asiática, pero esas turbulencias monetarias son atribuibles a movimientos financieros a corto plazo, agravados por una especulación desestabilizadora, y no traducen una crisis a largo plazo de las economías de la región. Esta situación se explica esencialmente porque muchos países del este y del sureste asiáticos han alineado sus monedas con el dólar norteamericano, durante los años 90, aunque el comercio de la región se orientaba no sólo hacia Estados Unidos sino también hacia los mercados europeos y asiáticos. Desde mediados de 1995, el dólar norteamericano comenzó a subir sensiblemente, frente al yen y frente a las principales monedas de la Europa continental. Las monedas asiáticas subieron también frente al yen, frente a las monedas europeas y frente a otras monedas como el yuan chino. Así, los exportadores asiáticos fueron cada vez menos competitivos y se cerraron el acceso a los mercados de Japón y Europa, debido a sus precios demasiado altos. Además, tuvieron que afrontar la fuerte competencia de China, que había devaluado el yuan a principios de 1994. En consecuencia, la velocidad de crecimiento de las exportaciones comenzó a disminuir en esos países, al tiempo que aumentaba el déficit de sus balanzas de pagos. De ahí nacieron, naturalmente, las tensiones sobre las tasas de cambio.
Estas crisis financieras son imputables también a un segundo factor, ligado al primero. A mediados de los años 90, una parte creciente de los capitales extranjeros pareció orientarse hacia inversiones especulativas en el sector inmobiliario. A raíz de la liberalización de los mercados financieros en muchos países, los bancos comerciales de Asia obtuvieron préstamos en dólares y prestaron, a su vez, a los promotores locales. Así, el debilitamiento del mercado inmobiliario en 1996, seguido por la baja de las monedas en 1997, asestó un golpe muy duro a estos préstamos y muchos bancos se encontraron en situación de insolvencia.
Probablemente estas crisis monetarias continuarán ejerciendo efectos negativos sobre la salud del sistema bancario y sobre las inversiones en el sector de la construcción, durante dos o tres años, de modo que en 19907 y 1998 el crecimiento será más lento que en los años precedentes. Además, se pone de manifiesto la necesidad de reforzar la regulación y el control de los mercados financieros para garantizar un crecimiento más estable en el futuro.
Con una perspectiva más amplia, estas crisis monetarias (si se tratan correctamente) no ponen en entredicho la estrategia fundamental de la región ni comprometen sus posibilidades de crecimiento a medio plazo.