Capítulo 6
Cultura y sostenibilidad
Melissa A. Leach
Antropóloga social. Colaboradora, Instituto de Estudios del Desarrollo,
Universidad de Sussex, Brigthon (Reino Unido)
Medio ambiente: debates sobre el desarrollo
La preocupación por el medio ambiente ocupa hoy en día un lugar muy importante en los debates sobre el desarrollo y el futuro del mundo, ya se desarrollen en los círculos políticos internacionales o en la población, más y más influida por lo medios de comunicación cuyo ámbito es cada vez más universal. Tras la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (United Nations Conference on Environment and Development UNCED) en Río de Janeiro (Brasil) en 1992, los programas de acción internacionales han comenzado a abordar problemas como la desertización, la deforestación, la pérdida de la biodiversidad y el cambio climático. El hecho de que en todas partes del mundo aparezcan problemas medioambientales similares, la naturaleza transnacional de muchos de estos problemas, y la certeza final de que hay "una única tierra" en la que todos debemos enfrentarnos a las mismas tragedias comunes sugiere la naturaleza verdaderamente universal de las crisis medioambiental y la necesidad de unos valores científicos y de una ética medioambiental asimismo universales para responder a ella. Mucho más que cualquier otro discurso contemporáneo importante, el debate sobre el medio ambiente ha adoptado el concepto de lo universal como "móvil y motivo" a un tiempo.
Sin embargo, los problemas medioambientales mundiales tienen un origen y un impacto local. Reconociendo esto, el consenso internacional respetando por ejemplo en el programa de acción 21 de la UNCED- aboga por soluciones locales descentralizadas. La diversidad cultural atrae la atención internacional en este contexto, y actualmente el debate medioambiental incluye de forma generalizada la noción de que las formas "tradicionales" de conocimiento y organización han contribuido a la conservación del medio ambiente en muchas partes del mundo. Se puede aprender de ellas, y construir a partir de ellas.
El reconocimiento de que la cultura cumple una función significativa como intermediaria en las relaciones entre la gente y el medio ambiente supone realmente un avance en la forma de aproximación tradicional al problema, aún muy frecuente, que ve los problemas medioambientales desde un punto de vista puramente técnico, o concibe un desequilibrio entre el volumen total de población y el volumen total de recursos disponibles. Del mismo modo, los planteamientos de desarrollo sostenido basados en las comunidades y apoyados en conceptos locales pueden, en muchos casos, ofrecer ventajas significativas sobre aquellos otros modelos basados en el control estatal o en soluciones de mercado a los problemas medioambientales y de desarrollo.
Al mismo tiempo que apoya la creciente atención a la cultura en los debates sobre medio ambiente y de desarrollo, este capítulo también cuestiona las formas en que este concepto ha sido incorporado. Con el fin de disponer el escenario para esta argumentación, el capítulo comienza ilustrando cómo la población interacciona con el medio ambiente local con su entorno, como puede definirse también el medio ambiente de un modo genérico- de un modo basado en la cultura. Frecuentemente las perspectivas culturales han sido rígidamente seleccionadas y deformadas para adaptarse a los planes de acción medioambientales definidos a nivel mundial que, en lugar de ser compartidos o universales, en realidad reflejan las prioridades de quienes ostentan el poder. Sin embargo, las realidades locales y las perspectivas culturales alternativas pueden ofrecer aspectos muy diferentes de los dogmas en los que se basan los planes mundiales de acción medioambiental. Estos últimos, así como la ciencia y las nociones de medio ambiente con las que están asociados, constituyen también visiones culturales parciales. El desafío consiste en saber de qué forma se utiliza, se comprende y se define la cultura, y también cuál es el enfoque para la gestión del medio ambiente y de los proceso de desarrollo.
Conocimiento cultura local
Muchas investigaciones ilustran las formas culturalmente diversas y creativas en las que la gente interacciona con su entorno. En muchas zonas rurales y urbanas, la forma de vida e incluso la vida misma de la gente es directamente dependiente de los recursos y servicios medioambientales disponibles. Muchas de las preocupaciones y representaciones medioambientales locales son de tipo técnico: tratan de la manipulación del entorno para facilitar o mejorar la forma de vida local. Sin embargo, como muestran los trabajos sobre etnoecología, los conceptos técnicos no son meramente utilitarios, sino que están inmersos en conjuntos más amplios de ideas y creencias: forma de pensar sobre el mundo y de comprenderlo. Los procesos y fenómenos medioambientales tiene una existencia material propia, pero los significados que la gente les atribuye se construyen siempre sobre una base social y cultural.
Cuando, por ejemplo, un agricultor africano describe y trabaja la tierra y la vegetación que son básicos para el mantenimiento de su forma de vida, utiliza conceptos culturales. Términos de afinidad como "compañerismo" o "hermandad" se pueden utilizar para describir situaciones en las que conviven determinados tipos de árboles, cultivos o malas hierbas; del mismo modo, otros términos como "luchar" o "matar" se pueden utilizar para describir la eliminación competitiva, ya se trate de barbechos o de cultivos. La fertilidad del suelo se puede describir en términos de caliente o frío, húmedo o seco, duro o blando, atributos que los agricultores utilizan para equilibrar sus cualidades. Estos vocabularios encuentran resonancias y adquieren significado en marcos de referencia más amplios en los que la gente entiende su mundo, y el lugar que ocupa en él, y que pueden incluir fenómenos como la camaradería y las relaciones sociales- que la ciencia occidental nunca trataría como fenómenos medioambientales. Por ejemplo, los agricultores de lengua kuranko del África occidental utilizan el término tombondu para referirse al suelo cuando ha adquirido una consistencia blanda, "oleosa", y una madurez suficiente a través de un cultivo intensivo y prolongado. Literalmente este término significa "asentamiento abandonado", y hace referencia metafórica al modo en que los poblados y caseríos antiguos adquieren estas características a través de la habitación, el cultivo y la acumulación de deshechos. Los conceptos de "oleoso" y "maduro" también se aplican a las muchachas que han completado sus ritos de iniciación , que las confirman como mujeres fértiles; dentro de este amplio marco de referencia, los suelos tombondu son "iniciados" a través del laboreo hasta alcanzar un estado productivo.
Debido a la fuerte influencia cultural, las expresiones locales utilizadas para clasificar y explicar los fenómenos ecológicos son a menudo difíciles de traducir al idioma de la ciencia occidental . Por ejemplo, los científicos han supuesto frecuentemente que los agricultores no toman medidas contra las plagas de los cultivos porque, al observar los especímenes afectados, bien no son capaces de distinguir los ejemplares enfermos, o de considerar el estado de los cultivos como una enfermedad presumiblemente porque son incapaces de ver el vector de la enfermedad-. Sin embargo, los agricultores pueden tener otros marcos de referencia para comprender e influir sobre el estado de salud de sus cultivos. Por ejemplo, los granjeros de la región de Bwisha en Kivu, en el antiguo Zaire, consideran que la humedad, el rocío y la lluvia tienen cualidades putrescentes y nocivas, y tratan de evitarlos, considerándolos condiciones en las que se desarrollan las plagas, cambiando la época de siembra, desherbaje, selección de variedades, etc. Resulta comprensible que, dentro de este marco de referencia, se refieran a los fungicidas como "medicinas contra la lluvia".
En muchos entornos culturales, los conceptos utilizados para describir los procesos ecológicos también lo son para describir aspectos de la salud y de la fertilidad humanas. Así, donde la ciencia occidental suele dibujar de forma convencional la frontera entre el cuerpo y el campo, las creencias locales pueden trazar lazos causales a través de esta frontera. Por ejemplo, diversos pueblos del África occidental creen que si una mujer entra en un río o estanque durante el período de menstruación o en los primeros meses del embarazo, tanto la pesca como su propia fertilidad quedarán arruinadas. Del mismo modo, la fortuna de un cazador puede ser alterada por la actividad sexual de su mujer: si ésta comete adulterio mientras él está cazando, el cazador de los bosques de Sierra Leona dirá que "la espesura se ha cerrado" y no logrará cazar nada.
Estos ejemplos dan una idea de cómo, dentro de ciertos conceptos culturales tradicionales, el comportamiento y las relaciones entre las personas pueden tener consecuencias directas sobre el medio ambiente natural y viceversa. En este sentido, una red de procesos conceptualmente relacionados y de relaciones causales atraviesa la división entre "naturaleza" y "sociedad" o "cultura", que tan importante es para el pensamiento europeo. No es sorprendente que la reivindicación de la autoridad sobre estos procesos ecológicos-sociales relacionados resulte crucial en la dinámica de las políticas locales. El poder de los líderes de cultos territoriales en África central y meridional, a principios de siglo, se basaba en gran manera en su pretendida capacidad para solucionar los problemas medioambientales así como los relacionados con la fertilidad humana. Las relaciones de poder en las sociedades de iniciación de hombres y mujeres en la costa norte de Guinea se basan tanto en supuestos conocimientos específicos de cada sexo, como en un presunto poder sobre los respectivos dominios ecológicos.
El conocimiento, las ideas y las creencias relacionados con los problemas de tipo ecológico no son estáticos, ni tampoco compartidos necesariamente por todos los miembros de una sociedad. El conocimiento puede desarrollarse a través de una interacción creativa entre la teoría y la práctica, y a través de las relaciones con procesos ecológicos que son dinámicos en sí mismos. Y también puede desarrollarse a través de procesos locales de debate entre gentes cuyas opiniones reflejan sus respectivas posiciones en el marco político y social. En la zona de transición bosque-sabana de Guinea, África occidental, los ancianos de las familias de terratenientes tienden a asociar la existencia de grandes árboles en los alrededores de los poblados con la fundación de los mismos por sus antepasados, reflejando así un dominio sobre el que poseen una autoridad relativa. Sin embargo, las mujeres jóvenes prefieren explicarlos como resultado del crecimiento desmedido de las estacas que forman las vallas de los jardines de sus cocinas, lo que refleja su relativa falta de poder en asuntos familiares, y sus preocupaciones cotidianas con respecto a la jardinería.
En un sentido, por lo tanto, ciertos conocimientos medioambientales específicos pueden estar asociados a una "cultura" en particular: con una determinada sociedad o con una tradición regional más amplia, que abarque variaciones locales sutiles sobre temas comunes. Pero es igualmente importante reconocer diferentes perspectivas culturales en un área local determinada. Éstas pueden estar asociadas con la diferenciación social local: por sexo, edad, casta, posición, situación socio-económica u ocupación, por ejemplo, y pueden ser objeto de un debate local. La noción de perspectiva cultural también permite reconocer las asociaciones, coaliciones y alianzas que se producen entre culturas localizadas, en un mundo cada vez más globalizado en el que la idea de "fronteras culturales" resulta cada vez más problemática. Estas alianzas pueden estar basadas en aspectos de la experiencia común: por ejemplo, las personas dedicadas a la tala de árboles con fines comerciales, procedentes de entornos urbanos y rurales del sureste de Asia o de Latinoamérica pueden compartir un concepto similar de los bosques como fuente de maderas valiosas. También pueden establecerse alianzas en torno a fenómenos medioambientales considerados como símbolos políticos compartidos; así los habitantes de los bosques de Penan en Malasia se unen con los grupos activistas medioambientales del norte en la defensa de las plantas medicinales, utilizadas como símbolo en las campañas para la preservación de las selvas tropicales. Dado que se forman a partir de relaciones de poder muy particulares, y a su vez las apoyan, estas perspectivas culturales se pueden considerar como "discursos" sobre el medio ambiente; este argumento quedará más claro más adelante, en este mismo capítulo, cuando la discusión se centre en las relaciones entre el conocimiento medioambiental y la práctica.
Gran parte de la atención internacional se ha concentrado en la diversidad cultural en materia de conocimientos ecológicos. En ocasiones se ha argumentado que las sociedades no industrializadas poseen una "sabiduría ecológica primitiva" que podría ofrecer indicaciones válidas para futuras formas de vida sostenibles; o que el conocimiento detallado que los indígenas poseen de la tierra, las plantas y los animales constituye un recurso vital en la lucha mundial para desarrollar sistemas de producción de alimentos sostenibles, conservar la biodiversidad, etc. Alternativamente, el conocimiento cultural específico se considera importante para refinar o adaptar las tecnologías generales a las necesidades locales. Estos argumentos refuerzan la necesidad de crear redes y centros internacionales para registrar y preservar el saber autóctono. Sin embargo, estos esfuerzos presentan con frecuencia dicho conocimiento como algo estático y "tradicional", asociado a culturas determinadas, ignorando la diversidad y el dinamismo intra y transculturales que hemos discutido anteriormente. Del mismo modo adoptan frecuentemente una perspectiva evaluadora: el conocimiento cultural específico de una cultura se valora en la medida en que es reconocible por la ciencia occidental, o en tanto se considere útil para los planes de acción u objetivos definidos a nivel mundial en campañas proyectadas desde el exterior. En último término, los conocimientos locales se pueden reciclar en términos científicos, o como parte de visiones románticas de una "sabiduría sagrada", de tal modo que resultan irreconocibles para quienes los crearon, suprimiendo así la creatividad local. Si queremos tomar en serio la diversidad cultural, será preciso adoptar un enfoque mucho más comparativo.
Cultura, instituciones y sostenibilidad
Aunque los trabajos sobre conocimiento medioambiental generalmente tratan la cultura en términos de ideas y creencias, sus argumentos suelen utilizarse para apoyar los derivados de líneas de trabajo ligeramente diferentes, poniendo énfasis en la forma en que las organizaciones e instituciones locales pueden promocionar prácticas no perjudiciales para el medio ambiente.
Esta línea de trabajo ha tenido una gran influencia para atraer la atención sobre los asuntos culturales en los debates internacionales sobre medio ambiente y desarrollo. En algunas fórmulas, incluido el enfoque de la ecología cultural basado en los ecosistemas, que se popularizó a partir de los años 60, se considera que la cultura es un factor de adaptación en la conservación del medio ambiente. De este modo, se argumenta, las normas culturalmente definidas sobre cooperación, las instituciones religiosas, etc., sirven para regular el impacto de la actividad humana sobre el entorno, de manera que las relaciones entre la gente y su entorno se desarrollen de un modo armonioso. Estos argumentos no son muy diferentes a los utilizados en las discusiones sobre propiedad común. Estos últimos se desarrollaron como reacción a otra ideas anteriores que afirmaban que los pueblos tendían siempre a utilizar al máximo sus recursos para su beneficio personal, lo que llevaba inevitablemente a una "tragedia de la propiedad común" y requiere la privatización o el control del Estado para mantener su sostenibilidad. El contraargumento se basó en la evidencia de que las instituciones locales, conscientes de los valores compartidos y de un sentido de la "comunidad", pueden permitir que la gente coopere para conservar y gestionar los recursos existentes, ya se trate de pesca, recursos hidráulicos o pastos.
Estos debates sobre organización, ligados a otros sistemas de conocimiento respetuosos con el medio ambiente, han servido para rejuvenecer el concepto de las "ecoculturas": ciertos pueblos, principalmente los no industriales, poseen formas de conocimiento y organización que implican que sus formas de vida están integradas de forma más armoniosa con su entorno, y por lo tanto son sostenibles. Esto es lo que, a menudo, se afirma de los "habitantes de los bosques", los "cazadores-recolectores" y las culturas "tribales". Otras sociedades podrían haber mantenido "tradicionalmente" esta armonía, pero ésta ha sido destruida por fuerzas económicas o políticas inadecuadas que socavan la autoridad tradicional; el comercio; la modernización; o nuevas aspiraciones urbanas. Se puede, pues, argumentar que: a) ciertos sistemas de cultura/medio ambiente locales son adaptables o sostenibles; b) el mundo tiene mucho que aprender de ellos; c) aquellos que sean capaces de adaptarse deben ser preservados; y d) en relación con el principio de precaución y otros argumentos similares utilizados en los debates sobre biodiversidad, es importante conservar la diversidad cultural para evitar la desaparición de sistemas que, en el futuro, pueden ser de gran valor. Algunas de estas ideas se encuentran ya de hecho recogidas en los programas y políticas de ayudas nacionales: por ejemplo en las "reservas culturales" establecidas en las zonas de biodiversidad de los bosques y selvas tropicales, o en el desarrollo comunal sostenido que busca potenciar o recuperar instituciones tradicionales medioambientales sostenibles.
Sin embargo, algunos de los problemas que subyacen en el tratamiento del conocimiento ecológico pueden también ser aplicables aquí. Primero hay problemas con el concepto de "culturas" como algo compartido, un conjunto homogéneo relacionado con un único entorno estático. En lugar de una única comunidad o de intereses homogéneos, puede existir un grupo o grupos de gentes que, teniendo formas de vida diferentes y responsabilidades diferentes desde el punto de vista social, pueden dar prioridad a valores medioambientales diferentes y a servicios distintos dentro de ecologías que a su vez son diversas y variables. En la cuenca del Rajastán por ejemplo, las mujeres de las castas inferiores van a las colinas para recoger plantas silvestres comestibles, que venden después; las mujeres rajput, para recoger leña; los hombres, para plantar árboles que luego podrán vender como maderas; y los grupos dedicados al pastoreo las utilizan como tierras de pasto comunes. Evidentemente, valores tan diferentes pueden llegar a entrar en conflicto.
En segundo lugar, el modo en que la gente gestiona y hace uso del medio ambiente depende del modo en que puede tener acceso a determinados recursos y servicios, y quizás también de la lucha con otros para conseguirlo. Muchas relaciones e instituciones políticas y sociales, locales y no tan locales, están involucradas en estos procesos y conforman sus resultados ecológicos. Concentrarse exclusivamente en la cultura como un conjunto de conocimientos e ideas supone ignorar todo esto, y así asumir equivocadamente que las creencias respetuosas con el medio ambiente se traducen automáticamente en prácticas ecológicas. Adoptar una definición de cultura tan amplia y holística que abarque todos los modos de vida, supone una pérdida de visión analítica. Por ejemplo, puede ser importante reconocer que las gentes talan árboles o dejan que los suelos se deterioren debido a la precariedad de su situación como agricultores, a pesar de que conozcan las consecuencias que dicha degradación puede provocar. Los procesos a gran escala política estatal, cambios en los precios del mercado, etc.- interaccionan con las distintas instituciones locales afectando así los patrones de cambio medioambiental. Estos procesos tienen un profundo impacto que tiende a ser menospreciado por los analistas que se concentran en los términos de la cultura y de la alteración de la sostenibilidad local, basada en la cultura, por culpa de factores externos.
Por último, y esto es fundamental, una cierta perspectiva evaluadora ha venido dominando los debates internacionales sobre los determinantes culturales del cambio ambiental, y el valor de las culturas "conservacionistas". Así, ha habido una tendencia a valorar las "ecoculturas" de forma selectiva, en la medida en que apoyan los valores medioambientales y las trayectorias de cambio que son compatibles con ellas. ¿Acaso estas "ecoculturas", por ejemplo, pueden contribuir a combatir problemas graves conocidos, como la deforestación tropical, la pérdida de biodiversidad o la desertización? Muchos estudios sobre dinámica social y cultural del cambio medioambiental sobre deforestación o degradación del suelo por ejemplo- establecen sus análisis sin capacidad de crítica, sin cuestionar la "realidad" de estos procesos. Haciéndolo así, apoyan a quienes ven en los problemas medioambientales una preocupación mundial compartida, y la ciencia en que se fundan como algo universal, objetivo y neutral. Una atención seria a las diversas perspectivas culturales puede cuestionar estos dogmas universales de un modo fundamental, mostrándolos, junto con la ciencia que los soporta, simplemente como perspectivas culturales parciales basadas en relaciones de poder determinadas.
La ciencia mundial y el movimiento medioambiental como perspectivas culturales
De hecho, las imágenes ortodoxas sobre el cambio medioambiental que actualmente dominan los debates de política internacional son, en sí mismas, perspectivas culturales específicas. Nociones como la desertización o la deforestación, y la idea de que éstas están teniendo lugar en sitios determinados, descansan en una evidencia que no alcanza a describir la totalidad del problema.
Los puntos de vista que determinan las posturas dominantes en la ciencia y en la política internacionales son tan culturales como los puntos de vista locales que en ocasiones intentan contrarrestarlos. Al igual que los puntos de vista de los trabajadores de la tierra, están basados en parte en la experiencia aunque en una experiencia diferente- de los procesos ecológicos. Encarnan un conjunto de ideas particulares, creencias y valores concernientes al medio ambiente y a las relaciones entre éste y el hombre; emplean conceptos, vocabularios y teorías causales determinados, y emanan de contextos institucionales concretos. En el fondo, el hecho de que un número relativamente reducido de dogmas haya llegado a dominar los círculos internacionales , incluyendo a los donantes, a los gobiernos y a la opinión pública del Norte, parece reflejar una convergencia significativa de intereses económicos y financieros, que influyen en la educación y en la formación.
Las ideas científicas que sostienen estas perspectivas no son en absoluto universales o neutrales. La ciencia oficial es en sí misma un producto cultural, como se demuestra en las investigaciones que introducen los enfoques que anteriormente se utilizaron para estudiar las perspectivas culturales de los pueblos rurales de regiones remotas, en el mundo de los científicos de laboratorio, y de quienes construyen modelos de clima o de uso de la tierra, o en los congresos donde se discuten sus hallazgos. De hecho los trabajos actuales sobre crítica científica subrayan que todos los intentos para comprender los procesos ecológicos reflejan ideas culturales o planes de acción de tipo político o social. Formas de conocimiento científico diferentes y parciales no sólo teorizan sobre el cambio ambiental de modos distintos, sino que también conllevan formas muy diferentes de concebir la acción del hombre sobre el cambio ambiental, y ésta es la causa de las reclamaciones y las diferentes políticas sobre recursos. Ciertas teorías científicas son la base de las posiciones dominantes en los debates de política internacional; por ejemplo, la noción de "capacidad de carga" de la que deriva el acaparamiento por parte de los pueblos trashumantes- como justificación de una política convencional de pastizales y para controlar los movimientos de los pueblos trashumantes.
Mientras que el contraste entre los puntos de vista de la ciencia oficial y los de los profanos puede ser empíricamente evidente, la ciencia formal está, en sí misma, muy lejos de alcanzar un consenso. Muchos de los problemas ecológicos mundiales que implican cadenas causales largas y distantes y procesos complejos, están sometidos a discusión en la comunidad científica internacional. Cambios significativos en los fundamentos teóricos de la ciencia de la ecología han dado paso asimismo a nuevos debates, y a posiciones enfrentadas en la comprensión de los sistemas ecológicos, en particular entre las concepciones convencionales y lineales del cambio y las concepciones dinámicas, de ruptura de equilibrio, que ponen el énfasis en la incertidumbre, en la coyuntura y en la contingencia. Este último conjunto de cambios (que algunos han llamado la nueva ecología") abre el camino en teoría a un mayor pluralismo en la ciencia medioambiental; un pluralismo en el que diversas perspectivas culturales y conocimientos locales pueden encontrar acomodo. En la práctica, sin embargo, es sorprendente cómo las viejas teorías ecológicas continúan dominando los círculos administrativos y políticos.
Las perspectivas culturales que orientan los planes de acción de desarrollo ambiental actuales pueden considerarse como el producto de relaciones políticas y económicas concretas. Frecuentemente, reflejan las historias institucionales de los regímenes coloniales y de los donantes. Y claramente tienen efectos materiales; para expresarlo simplemente, como lo ha hecho Roe: "Las crisis son los métodos principales por los que los expertos en desarrollo y las instituciones para las que trabajan reclaman el derecho de administrar las tierras y los recursos que no son de su propiedad. Generando y amparándose en situaciones de crisis, los expertos técnicos y los gestores se adjudican derechos como "partes interesadas" en la tierra y los recursos que, según ellos, se encuentran en crisis".
Estas reivindicaciones externas sobre el control y la gestión de los recursos pueden tener consecuencias perjudiciales para las formas de vida locales. Pueden marginar e incluso alienar a los pueblos de los recursos naturales que anteriormente controlaban y a los que tenían acceso, llegando incluso en ocasiones a mermar seriamente su capacidad para asegurarse un sustento o un medio de vida. Éste ha sido el caso, por ejemplo, con algunas políticas que han excluido a determinados pueblos del acceso a reservas naturales gestionadas desde el exterior, o que han confinado a los pueblos trashumantes en zonas cercadas. Cuando los habitantes están obligados, por necesidad, a seguir utilizando los recursos reclamados por los organismos externos, se encuentran obligados a pagar tasas o multas que los reducen a la pobreza. En algunos casos, las decisiones de los especialistas sobre tierras y recursos han tenido también consecuencias adversas desde el punto de vista ecológico. Por ejemplo, la decisión de prohibir la quema de rastrojos en Guinea, tomada desde el exterior, rompió la estrategia tradicional de sus habitantes de efectuar quemas tempranas, aumentando el riesgo de incendios más tarde, al final de la época de sequía.
Las perspectivas culturales sobre el medio ambiente, vistas bajo esta luz, pueden quizás comprenderse mejor como elementos conformados por diferentes discursos. La noción de discurso atrae la atención sobre las formas en que determinadas ideas vienen a encarnar las relaciones de poder y las reproducen. Pone especial énfasis en que el conocimiento, ligado al poder, tiene consecuencias prácticas reales.
La expansión del movimiento medioambiental como una forma de discurso que implica a una gran parte de la población mundial es significativa tanto como fenómeno, como por sus efectos. Definido, grosso modo, como una preocupación para proteger el medio ambiente a través de la responsabilidad y el esfuerzo humanos, el movimiento medioambiental puede considerarse también como una perspectiva cultural ( o más bien como un conjunto de perspectivas, ya que incluye diversas corrientes) en el sentido de que refleja formas diferentes de entender el mundo y el lugar de cada uno dentro de él. Podría considerarse como un discurso transcultural por excelencia, emergiendo del proceso de globalización, y jugando un papel, reduciendo las distancias sociales y comprimiendo el mundo. Cabe, pues, preguntarse qué perspectivas se encuentran representadas en la globalización del discurso medioambiental, y cuáles han quedado excluidas.
La globalización del discurso medioambiental se ha visto favorecida en gran medida por el crecimiento de los flujos mundiales de información, incluyendo los medios de comunicación. Estos medios de comunicación no se limitan a transmitir mensajes sobre "el mundo real" a sus audiencias. Por el contrario, contribuyen a presentar los temas medioambientales de formas concretas, transmitiendo "mensajes" culturalmente específicos, que sus audiencias se encargan de descodificar y dotar de significado de acuerdo con marcos de referencia culturales preexistentes. A través de estos procesos de comunicación parece haber una tendencia implícita de los medios a describir situaciones de crisis con respecto a los asuntos medioambientales. Como argumenta Burgess:
El poder de definir los significados de los lugares y los paisajes, de las plantas y los animales, de los recursos renovables y no renovables, está siendo contestado en formas nuevas y fascinantes de política cultural a través, sobre todo, de los medios de comunicación: tomemos como ejemplo la alianza entre actores, músicos, indios brasileños, promotores de música pop, organizaciones ecologistas, y la industria de la comunicación por una parte, y por otra los consumidores, principalmente jóvenes, que compran discos para apoyar la campaña contra la destrucción de la selva amazónica.
Una de las corrientes dominantes, dentro del discurso mundial sobre el medio ambiente, defiende una mayor integración mundial como el mejor camino para proteger el medio ambiente. Este discurso tiene diversos efectos concretos. Legitima la necesidad de mecanismos internacionales que aborden los problemas del medio ambiente; justifica las reivindicaciones y los derechos mundiales sobre recursos tales como la biodiversidad, las selvas tropicales etc., basándose en que son un patrimonio mundial, por encima de las reclamaciones locales; y sostiene que la solución a los problemas medioambientales depende del desarrollo y la ciencia occidental. Aunque este discurso integra argumentos a favor de la participación pública (como en el caso del Plan de Acción 21) y de la diversidad cultural, éstos son sólo componentes (y métodos de realización) de programas ya establecidos por organismos mundiales.
Aunque la población local pueda participar en la producción de ideas sobre el cambio medioambiental, tiene un poder mucho menor a la hora de definir los términos del debate. Como participante simbólico en los foros nacionales y mundiales, tiene pocas oportunidades de expresar puntos de vista alternativos a la opinión dominante. Del mismo modo, no es raro que los habitantes de entornos rurales, al entrar en contacto con consultores de proyectos de desarrollo, corroboren las ideas preconcebidas de los forasteros, dadas las relaciones de poder que operan en el seno de estas "interfaces". Esta confirmación puede surgir del miedo, de la desconfianza o del deseo de mantener una buena relación aceptando simplemente lo que se les ofrece. Las relaciones de autoridad y los recuerdos de pasadas experiencias estructuran estas interacciones. Más significativo aún es el hecho de que los habitantes de las tierras adoptan también de forma selectiva el lenguaje medioambiental de los forasteros y lo hacen suyo para su propio beneficio en las luchas por la identidad y el control de recursos. Por ejemplo, en Guinea, las imágenes de destrucción de los bosques, importadas del exterior, son utilizadas por los indígenas en su discurso sobre identidad étnica, para identificarse respectivamente como "pueblos de las selvas" o "pueblos de las sabanas", términos que antes en la Guinea colonial y actualmente en la Guinea moderna- tienen una significación política; mientras que, en otros contextos, invocan conocimientos ecológicos prácticos muy diferentes.
Existen las bases para los discursos locales que se opongan a los puntos de vista medioambientales mundiales. Muchas de las diversas perspectivas culturales que pueden encontrarse en el medio rural contienen el germen de dichos discursos. Una corriente del discurso medioambiental mundial podría parecer que apoya estas perspectivas locales, en forma de argumentos simples que abogan por un "localismo ecológico". En contraste con los puntos de vista dominantes esbozados antes, estos últimos mantienen que el desarrollo no es más que una conspiración de las naciones del Norte que ha dañado profundamente el medio ambiente, y que la sustitución de las perspectivas culturales locales por la ciencia occidental es ecológicamente destructiva. Esta tendencia aboga por abandonar los planes de acción mundiales del desarrollo sostenible en favor de una autodeterminación local, en forma de desarrollo basado en valores comunales, perspectivas de subsistencia y un conocimiento autóctono, con el conocimiento y las perspectivas de las mujeres ecofeminismo- considerados frecuentemente decisivos. Pero estas posiciones antimundialistas se pueden considerar como posturas definidas por el discurso mundial dominante, que se han
desarrollado por oposición a éste. Y muchas de las posiciones que han mantenido como el mito de la sabiduría ecológica primitiva"- corren el mismo riesgo de imponer valores definidos a nivel mundial sobre la diversidad cultural local, sin tener en cuenta las experiencias y realidades propias de la población.
Democratización del conocimiento medioambiental
Resumiendo, las perspectivas culturales sobre los procesos ecológicos y las relaciones entre el hombre y su entorno son tan diversas como lo son los ecosistemas del mundo y las experiencias históricas de sus habitantes. La idea de diversidad engloba conceptos y vocabularios a través de los cuales es posible comprender los procesos ecológicos; las instituciones y las formas de organización sociocultural a través de las cuales se puede acceder, competir por y controlar los bienes y servicios medioambientales; el modo en que se valoran aspectos concretos del medio ambiente; e incluso la forma en que se clasifican y delimitan la "naturaleza" y la "cultura". Las perspectivas culturales son discursos en el sentido de que son a la vez el resultado y el fundamento de las relaciones de poder, y pueden tener efectos materiales, apoyando a determinadas posturas en la lucha por el control sobre los bienes y servicios medioambientales.
En el contexto de la globalización, y a través de las convergencias en los flujos de información, un poderoso conjunto de dogmas globales ha llegado a dominar las ideas científicas, los asuntos políticos y económicos, y los debates internacionales sobre medio ambiente y desarrollo. Las ideas de la ciencia occidental y el movimiento ecologista contemporáneo plantean estos problemas, y definen planes de acción para el desarrollo sostenido admitiendo la diversidad cultural, pero sólo en sus propios términos. En este proceso y paradójicamente, en ocasiones a través de los programas de conservación y desarrollo que afirman basarse y potenciar el conocimiento y organización medioambientales a nivel local- las realidades locales se retoman como parte del discurso mundial. De este modo se silencian las perspectivas y la creatividad propias de las poblaciones rurales, o se las obliga a reformularlas como discursos de resistencia.
Gran parte de la actual discusión sobre la dimensión cultural de la globalización aprecia que cada vez se tome más conciencia de un ecosistema mundial compartido como manifestación importante de una cultura universal emergente. La ciencia y la ética científica que basa las políticas y las decisiones en evidencias y pruebas empíricas están ganando también un apoyo universal, y se perciben frecuentemente como fuentes de una base neutral y universal para la toma de decisiones políticas. Aún así, estas tendencias corren el riesgo de contradecir los principios de participación democrática y de apoyo a una cultura cívica mundial, si estas supuestas "conciencia ecológica mundial" y ciencia universal y neutral no se someten a su vez a una crítica cultural. Porque si los argumentos y evidencias presentados en este capítulo son válidos, el movimiento ecológico mundial y la ciencia que lo sostiene pueden aparecer, al menos en parte, como un producto de tradiciones culturales y relaciones de poder dominadas por Occidente. La imposición de dogmas y análisis mundiales en detrimento de valores medioambientales y conceptos de sostenibilidad diferentes, puede dañar, no sólo los modos de vida locales, sino también la libertad cultural, en un proceso profundo de pérdida de civilización.
Ninguna cultura individual o conjunto de perspectivas culturales tiene la clave para comprender y abordar los complejos desafíos medioambientales a los que se enfrenta actualmente el mundo, o aquellos a los que se enfrentará en el futuro. Conseguir la sostenibilidad medioambiental sin perjudicar, por supuesto, las formas de vida y de ciudadanía de todos los habitantes del mundo- supondrá democratizar la experiencia en la definición misma de los problemas ecológicos. Exigirá reunir las diversas piezas del conocimiento en formas "híbridas" que arrojen alguna luz sobre los diferentes temas desde distintos ángulos; y requerirá por último que la política científica abarque la pluralidad de las perspectivas culturales parciales relacionadas con cada tema, sin renunciar por ello a una concepción realista del cambio medioambiental, y con un reconocimiento explícito de los planes de acción políticos o económicos que puedan derivar de él. Todo esto resalta el desafío que supone desarrollar una mayor comprensión de la cultura y de la política de las instituciones científicas y políticas mundiales, con vistas a definir dónde puede haber espacio para reorientar los debates. Y esto obliga a reconsiderar la participación del ciudadano y el mantenimiento de la diversidad cultural en términos mucho más políticos, con la autodeterminación del conocimiento, de las ideas y de la organización como centro.