"Yo no vendo pan,
sino levadura..."
(Miguel de Unamuno)
(recuadro, capítulo 2)
¿La mujer es parte de la naturaleza o de la cultura? Y por qué esta pregunta, si se trata de la mitad de la humanidad, la que llamamos la "otra mitad", frente a "la" mitad que realmente cuenta, la de los hombres. La historia de la exclusión de la mujer de toda responsabilidad y del proceso democrático ofrece algunas respuestas.
Quedan por examinar las raíces del problema. Problema de tal naturaleza que hace que la desigualdad entre los sexos siga existiendo por doquier, en grados diversos, incluso en los albores del tercer milenio, cuando la evolución tecnológica permite a hombres y mujeres paseas por las galaxias, confiar en vencer al sida y concebir mediante fertilización in vitro.
La Conferencia Mundial de la Mujer (Pekin,1995) ha puesto de manifiesto la desoladora situación de quienes están privadas del progreso y de la riqueza: de los 1,300 millones de personas que viven en la más absoluta pobreza, el 70% son mujeres. El trabajo de las mujeres que realizan las dos terceras partes de los trabajos mundiales sin retribución, frente a una cuarta parte correspondiente a los hombres es "invisible", como si constituyese "una característica sexual secundaria de la mujer", en palabras de la socióloga cubana Isabel Larguia.
La mujer conoce aún, en muchos países, la alienación de su propio cuerpo no pueden elegir su maternidad, no pueden oponerse a ser "vendidas" a sus maridos en la infancia ni a ser violadas y sufren la opresión de su clase y la de su sexo.
La mujer es la víctima del poder político, y no el sujeto, a diferencia del hombre. Porque la política, como la religión, sigue siendo el coto privado de los hombres. En todo el mundo, las mujeres apenas ocupan el 6% de los puestos ministeriales y el 11% de los escaños parlamentarios, y en 55 países están total o casi totalmente excluidas.
Este rechazo, esta discriminación tan antigua, tan arraigada en estructuras y mentalidades, tan masiva -¡la mitad de la humanidad!- y tan absurda -¿son los hombres los únicos capaces de gobernar? se remonta a las religiones monoteístas, desde el Génesis y el anatema pronunciado contra la mujer pecadora.
Algunos filósofos del siglo XVIII, que consideraban a la mujer como objeto de la naturaleza y, por tanto, como objeto sexual, siguiendo el ejemplo de los padres de la Iglesia (según Tertuliano, "el sexo de la mujer es la puerta del diablo"), les negaron el derecho a la educación. La mujer no debe aprender a leer era el título de un libelo publicado, poco después de la revolución Francesa, por Silvain Maréchal, comunista igualitario y discípulo de Babeuf. Los filósofos de la Ilustración decretaron, en nombre de la razón, la separación de las funciones sociales. Rousseau, Voltaire, Diderot relegaron a la mujer al papel de guardiana del hogar. Los hombres deciden y hacen las leyes. Las mujeres confinadas en el "interior" hacen las costumbres.
Ahora bien: segregación significa apartheid; significa injusticia; significa lo inaceptable. La cultura de uno de los siglos más brillantes de humanidad el de la filosofía humanista y la Revolución- consagró, pues, esta separación. Un universalismo equivocado la consolidó durante siglos. Porque, durante siglos, los derechos humanos, que se pretendían universales, es decir, los derechos de toda la humanidad, fueron únicamente los derechos de los hombres, y sólo de algunos de ellos.
Los fallos del universalismo se enmascaraban con silogismos, cuya aparente coherencia invitaba al desprecio y a la represión. Así, si cada hombre es idéntico e intercambiable con los demás, en el mundo, el sistema conduce a la negación del multiculturalismo y al rechazo de la diferencia. Las expediciones coloniales del siglo XIX se emprendieron en nombre del Homo universalis, para llevar a los pueblos diferentes los ideales humanistas de la Revolución. Y para que los "otros" lejanos los salvajes, buenos o malos, los inútiles, los niños se beneficiasen de los progresos de la Ilustración y de la civilización (universal, sólo podía ser blanca y occidental), las reivindicaciones de las colonias se ahogaron en sangre y desprecio. Y, sin embargo (otro fallo enorme del sistema), la Asamblea Constituyente francesa de 1789 mantuvo la esclavitud (que sólo fue abolida definitivamente en la Constitución de 1848). El universalismo que el filósofo Étienne Balibar llama "extensivo" fue el que construyó los imperios y justificó las grandes hegemonías.
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano creó, así, un ciudadano extrañamente limitado: "Tras el hombre abstracto de la Declaración, está el hombre burgués de 1789". Sartre tenía razón. El individuo es, pues, un hombre (y no una mujer); un blanco (y no de color); un burgués (y no un campesino o un habitante de las colonias). Este universalismo incierto no tardó en volverse contra sí mismo. Amordazó a las mujeres que protestaban de la desigualdad, que rehusaban identificar a toda la humanidad con el sexo masculino, que recordaban que eran ellas las que engendraban a esa humanidad, perpetuándola. Puesto que todos somos iguales... La diferencia sexual fue negada y suprimida.
¿La tierra es azul y como una naranja, según decía Éluard? ¿O más bien roja como la sangre de los genocidios, desde el Holocausto hasta Ruanda, pasando por Bosnia? ¿O es la atmósfera, con la capa de ozono perforada y disminuida, privada de sus componentes vitales? Tras la Cumbre Internacional de Río de Janeiro sobre el porvenir del planeta y la Conferencia de Denver de 1997, los jefes de Estado (¿todos hombres?) se separaron. Sin haber cumplido su misión. Sin haber hecho nada contra el efecto invernadero (los grandes trusts internacionales protestaron muy eficazmente), ni contra los daños en la capa de ozono, ni contra la contaminación. Fracaso absoluto.
Un medio ambiente abandonado a la discreción y a la destrucción de una industrialización desenfrenada., al poder de los lobbies y a sus beneficios. Un mundo hambriento, el 75% de cuyos habitantes viven en la más absoluta pobreza (siendo las mujeres, evidentemente, las más castigadas) mientras que 358 multimillonarios (en dólares de Estados Unidos) poseen fortunas superiores a la renta de la mitad de la población del planeta. Al tiempo que, en ese mismo planeta, los derechos de la persona humana se reducen a su mínima expresión.
Peor, imposible. Para que el universalismo sea humanista, el razonamiento deber ser inverso.
Partiendo de la constatación (innegable) de que en la humanidad existen los sexos, esta diferencia única, que condiciona su supervivencia, implica, en nombre de un auténtico universalismo, que las dos mitades accedan al poder en igualdad de condiciones. Éste es el precio de la democracia; si no, no sería más que una caricatura. Aquí, igualdad significa paridad, es decir, tantas mujeres como hombres en los niveles de decisión; la guerra, el medio ambiente, el hambre, el desempleo, la energía nuclear... son también responsabilidad de las mujeres.
Emergerá así una verdadera mezcla cultural. Otra cultura dará lugar a otra democracia y viceversa.
Éste es, en mi opinión, el papel fundamental de la UNESCO hoy día: realizar una doble utopía (en el sentido de un proyecto universal), la historia como producto de hombres y mujeres, a partes iguales e íntegras, y la política dialécticamente ligada a la cultura.
"La política no merecería el mínimo esfuerzo si no estuviera justificada por un proyecto cultural". Aimé Césaire tiene razón.
Giséle Halimi
Jurista. Presidenta del movimiento
feminista "Choisir La Cause des femmes",
Escritora, ex embajadora de Francia ante la UNESCO