Capítulo 7
Ciudades, cultura y globalización
Elizabeth Jelin
Socióloga e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (Argentina); con la colaboración de Alejandro Grimson.
El crecimiento urbano en la era de la globalización
Desde Babel, la ciudad es el símbolo de las tensiones entre la integración cultural y lingüística, de un lado, y la diversidad, la confusión y el caos, de otro. La ciudad es también el símbolo del cambio y la innovación. No cabe duda de que el fenómeno actual de la globalización influye sobre las ciudades y sobre la vida cultural en el medio urbano. ¿Cómo afecta a las ciudades la evolución de las tecnologías de la comunicación, de la información y del transporte? ¿De qué modo las tendencias demográficas derivadas del crecimiento urbano, las nuevas formas de pobreza urbana y las amenazas que pesan sobre el medio ambiente conjugan sus influencias con la revolución tecnológica?
En este capítulo, vamos a examinar las ciudades bajo el prisma de la cultura. En el medio urbano, la vida cotidiana entraña un interacción constante entre lo universal y lo local. Aún más, la ciudad es el lugar de encuentro de poblaciones diversas: "nativos", emigrantes y turistas son grupos con distintos niveles de pertenencia. La ciudad aparece aquí como el crisol de la diversidad cultural y de la "interculturalidad" y, por tanto, de la creatividad cultural.
El siglo XX es el siglo de la urbanización y de la vida urbana. Jamás, en la historia de la humanidad, ha tenido tanta importancia la vida en las ciudades, hasta el punto de que, al terminar el siglo, viviremos en un mundo urbano, con apenas algunos focos de vida rural. El paso de una situación a otra es un fenómeno complejo, con importantes dimensiones tecnológicas, económicas, sociales, políticas y culturales.
En 1950, el 29.3% de la población mundial vivía en zonas urbanas, cifra que alcanzó el 44.8% en 1994, y se estima que alcanzará el 61.1% en el año 2025. Esta evolución resulta de tres mecanismos: el éxodo masivo de la población del campo a la ciudad, el crecimiento demográfico "natural" de las ciudades y la expansión de las ciudades que absorben a las zonas rurales vecinas.
Hay grandes diferencias, según los países y regiones. Las regiones más desarrolladas del mundo fueron las primeras en urbanizarse y, actualmente, las tres cuartas partes de su población vive en zonas urbanas; esta proporción alcanzará el 84% en los próximos treinta años. En los países menos desarrollados, el 21.9% de la población vive en las ciudades, proporción que llegará al 43.5% para el año 2025. Así pues, el proceso de urbanización de la población mundial no ha hecho más que comenzar.
Las megalópolis (ciudades con más de 8 millones de habitantes) son evidentemente distintas de las pequeñas ciudades (con menos de 500.000 habitantes); las primeras están creciendo rápidamente, sobre todo en Asia. En 1950, únicamente Nueva York y Londres entraban en esta categoría; en 1994, se cuentan 22 ciudades de este tamaño, 16 de las cuales están en las regiones menos desarrolladas del mundo.
En realidad, el proceso en marcha es doble: existe una "urbanización", es decir, crecimiento de las ciudades, y una "metropolización", es decir, crecimiento de las grandes aglomeraciones urbanas. Sin embargo, en algunos países desarrollados se aprecia una inversión de la tendencia, con la huida de los habitantes de las megalópolis hacia los alrededores y hacia las ciudades más pequeñas. El fenómeno comenzó en Estados Unidos y se extendió a algunos países europeos y a Japón. Así, la población de algunas grandes ciudades de Europa y Estados Unidos ha disminuido en los últimos veinte años: 23%, en Milán; 17% en Nápoles; 10%, en Londres; 7.4%, en Pittsburgh y 8.4% en Cleveland. En el futuro, este fenómeno de "desurbanización" podría producirse también en las regiones menos desarrolladas del mundo de hecho, la tasa de crecimiento de las megalópolis de América Latina se ha venido haciendo más lenta desde principio de los años 80.
¿Cuál es la diferencia entre vivir en el campo, en una ciudad pequeña o en una megalópolis? Con el progreso de las comunicaciones y el acceso universal a las nuevas tecnologías, esta diferencia tiende a disminuir en ciertos aspectos, siempre que los habitantes de las zonas rurales puedan acceder a las redes mundiales de comunicación. Pero la diferencia no deja de ser muy importante. Según las estadísticas de la UNESCO, a principio de los años 90 se contaban unos 10 receptores de televisión por cada 1.000 habitantes en los países menos desarrollados del mundo. Las mujeres analfabetas de las zonas rurales no tienen prácticamente acceso a la televisión, a la radio o al cine. Más que de zonas continuas y lagunas, habría que hablar de precipicios y rupturas.
El sistema urbano es hoy universal y debemos considerar que el mundo es "uno". En la cima, asistimos a la expansión de una clase empresarial transnacional, cuya nueva cultura refleja las tendencias a la globalización. La "cultura del Trabajo" de esta clase es cosmopolita y hunde sus raíces en la internacionalización de las ciudades. Una de sus múltiples identidades es lo "global", al tiempo que se trata, de hecho, de una categoría muy local y restringida; pero que también puede estar muy apegada a sus tradiciones, a su identidad, a su autonomía. Como dice King, refiriéndose a los arquitectos y urbanistas (pero que igualmente sería aplicable a otros grupos), hay una "tematización" y una difusión de ideas "universales" sobre la conveniencia de mostrarse "único" en un contexto determinado (King, 1995, págs. 226-227).
Las normas y las formas mundiales de los signos institucionales, espaciales y simbólicos que caracterizan a los medios empresariales internacionales, son análogas a las que se encuentran en las mismas instituciones de los estados que ejercen la hegemonía a nivel mundial (Estados Unidos, Japón, Alemania). Estos signos espaciales son los "paisajes del poder" (Zukin, 1991), que reproducen formas y estilos simbólicos transnacionales, concebidos, a menudo, por los mismos arquitectos o los mismos diseñadores de muebles y equipos y que reflejan tendencias idénticas de la moda (King, 1995, págs. 225-226). En lo que respecta al estilo de vida, la nueva estética social ligada a la vida cotidiana de quienes poseen rentas elevadas supone "una nueva imagen de la buena vida. De ahí la importancia, no sólo de los alimentos, sino de la cocina; no sólo del vestido, sino de la marca; no sólo de la decoración, sino de los objetos de arte auténticos" (Sassen, 1991, pág. 335). El cosmopolitismo implica la idea de "desterritorialización", no sólo del capital internacional, sino también de grupos étnicos y de formas políticas que trascienden las fronteras ya las identidades territoriales (Appadurai, 1990).
¿Qué ocurre con el resto de la estructura social? ¿La globalización afecta en el mismo sentido a las clases medias y a las clases trabajadoras? La evolución de la economía mundial, y muy en especial la mayor flexibilidad de los sistemas de acumulación de capital, suponen un cambio de la estructura del mercado de trabajo y de la organización de la producción (Harvey, 1993). Hoy existen nuevas formas de organización industrial, pero también una vuelta a las formas antiguas de subcontratación y de trabajo informal. Estos sistemas tienen, sin embargo, un significado muy distinto de un sitio a otro, y amenazan con aumentar la fragmentación del mercado de trabajo. Son formas subordinadas de integración de la población en el proceso de globalización a través del empleo en sectores industriales que operan a escala mundial, ya través de la mano de obra emigrante-. Vistas desde arriba, estas condiciones de trabajo suponen una "flexibilización" del mercado laboral; vistas desde abajo, se perciben como formas de inseguridad, en cuanto al modo de vida y en cuanto a las oportunidades. La integración de estos trabajadores en la economía mundial no se logra a través de las nuevas tecnologías, sino más bien reuniendo los fragmentos que permiten la globalización de los demás, respecto a la información. Es, tal ves, una estrategia de supervivencia a la que recurren los desempleados y las víctimas de discriminación (por ejemplo, los haitianos de Nueva York), y otras veces se trata de grupos de inmigrantes que buscan introducirse en el sistema capitalista o evadir impuestos. Como veremos después, todos estos esquemas implican, de ordinario, el fortalecimiento o incluso la recreación de grupos étnicos.
Este aspecto contradictorio de la globalización es le que estudia Castells (1995) en la "ciudad de la información", un mundo interconectado donde las sociedades y los espacios se relacionan entre sí a través de nuevas redes de comunicación. El espacio de los flujos de capitales y de los medios empresariales transnacionales coexiste con el espacio de lo cotidiano de la mayoría de la población. Este segundo espacio es siempre más local, más territorial, más ligado a una identidad, un barrio, una etnia o una nación. El espacio de la identidad es siempre más local, mientras que el espacio de la función es siempre más universal. Este proceso implica la existencia de una "ciudad dual", con estructuras sociales y económicas contrapuestas. El dualismo estructural se encuentra en una serie de sectores: el desarrollo de la información, el declive de la industria, la degradación y la recalificación de la mano de obra, la distinción entre trabajo formal y trabajo informal: todos esto elementos conducen a una diferenciación de los modelos familiares, de los usos del espacio urbano. Sin que produzcan dos mundos sociales diferente, desembocan en una multiplicidad de universos sociales fragmentados, sin fronteras precisas y sin una verdadera comunicación recíproca.
En el nivel más elevado de la escala social, existe una conexión común con la comunicación universal [...] En el otro extremo, las redes locales fragmentadas, con frecuencia definidas étnicamente, utilizan su etnia como el recurso más precioso para defender sus intereses y hasta su propia existencia [...] El fenómeno lleva a la creación de comunidades culturalmente fragmentadas y víctimas de la discriminación social y de la segregación territorial [...] (Castells, 1995, pág. 321).
Esta evolución de la economía mundial y del proceso de globalización conduce a la diferenciación geográfica, al dualismo ya la fragmentación, a la diversidad entre las ciudades y dentro de ellas, pero con ciertos principios de orden: un sistema capitalista mundial, una jerarquía mundial de poder y de control. Diversidad no es lo mismo que caos: se establecen relaciones de poder, que trascienden los estados-naciones y las unidades territoriales y se dibuja una "geografía de culturas", arraigada en las tradiciones históricas y en las identidades locales. El reto histórico, en la actualidad, consiste en no permitir que esta diversidad degenere en tribalismo, fragmentación y xenofobia.
Crecimiento urbano y globalización
A principios del siglo XX, 150 millones de personas vivían en zonas urbanas, lo que representaba menos del 10% de la población mundial. Cuando el siglo termina, la población urbana en el mundo se ha multiplicado por veinte, para alcanzar casi los tres mil millones de persona, o sea prácticamente la mitad de la población del planeta. Asia se lleva la parte del león, con 143 ciudades "millonarias" y 47.5% de la población mundial concentrada en estas ciudades. También se encuentran en Asia 13 de las 23 megalópolis mundiales, ciudades con más de ocho millones de habitantes.
Hay tres grandes tendencias en este final de siglo. En primer lugar, y en contra de la mayoría de las previsiones, la tasa de crecimiento demográfico ha disminuido en muchas ciudades de países en vías de desarrollo. Las ciudades más grandes de estos países han crecido a un ritmo mucho más lento en los años 80 de lo que lo hicieron en las dos décadas anteriores.
En segundo término, el mundo está menos dominado por las grandes ciudades de lo que se había previsto. En 1990, menos del 5% de la población mundial vivía en las megalópolis. La predicción según la cual ciudades como Calcuta y México se transformarían en gigantescas aglomeraciones de 30 a 40 millones de habitantes no se ha cumplido.
. En tercer lugar, las relaciones entre la evolución de las ciudades y los cambios económicos, sociales, políticos y culturales no son claras. Algunas grandes ciudades en rápido crecimiento han estado bien administradas y disponen de buenos servicios, mientras que en ciudades pequeñas se encuentran las peores condiciones materiales.
En cuanto al futuro de las ciudades en el tercer milenio, se observan diversas tendencias. Primero: la urbanización progresiva del planeta es un fenómeno cierto: se estima que en la primera década del siglo XXI, más de la mitad de la población mundial vivirá en zonas urbanas. Segundo: se reforzará la interacción entre crecimiento urbano y globalización. Esta última es un proceso múltiple que aproxima a los países, las ciudades y las gentes aumentando la circulación de bienes y servicios, capitales, tecnologías e ideas. Las ciudades del mundo han llegado al primer plano porque desempeñan funciones especiales en la nueva economía mundial. Tercero: otra característica esencial del porvenir de las ciudades es la devolución del poder y de las responsabilidades a las autoridades locales y a la sociedad civil. Este proceso comenzó en los años 90, cuando las formas tradicionales de gestión de las ciudades se mostraron insuficientes y las instituciones existentes resultaron incapaces de resolver correctamente los problemas antiguos y nuevos de las ciudades.
En un mundo en vías de globalización, los países y las ciudades mantienen relaciones crecientes de interdependencia e interacción. Mientras que las ciudades participan por derecho propio en un orden mundial en el que las fronteras nacionales ya no son obstáculo para la circulación de capitales, personas e ideas, asistimos a la aparición de entidades económicas subregionales. Ciertos territorios vecinos, dependientes de varios países, y llamados "triángulos de crecimiento", tratan de desarrollarse a través de una cooperación económica innovadora. Por ejemplo: el triángulo de la China meridional, que incluye Hong Kong, Cantón, Fuchian y Taiwan; y el triángulo SIJORI que engloba Singapur, Johore (Malasia) y la isla de Riau (Indonesia). Estos dos triángulos de crecimiento tienen como centros respectivos las ciudades de Hong Kong y Singapur. Una variante de esta estructura subregional es lo que algunos autores llaman estados-región, donde se produce un fuerte desarrollo económico, en áreas que pueden formar parte de una país o englobar a varios.
Otra dimensión espacial del acrecimiento económico rápido en la economía mundial son ciertos corredores urbanos que se pueden observar sobre todo en Asia oriental y en Europa.
Pero la globalización no ha tenido el mismo efecto en todas las ciudades. Para unas, ha abierto nuevas perspectivas y las ha enriquecido, pero ha marginado a otras. En todo el mundo, y especialmente en África, se encuentran ciudades marginadas que permanecen fuera de lo que podríamos llamar el "ciberespacio" y no disponen de la infraestructura necesaria en materia de información y, en general, no consiguen integrarse en la economía mundial.
Cuatro rasgos comunes caracterizan a las ciudades en todas partes del mundo.
Primero: la tasa de desempleo sigue siendo elevada, lo que explica, por ejemplo, el fenómeno de los area boys, en Lagos, individuos válidos pero desempleados y, aveces, toxicómanos; o de los parking boys de Nairobi.
Segundo: el mantenimiento de las infraestructuras urbanas es deficiente, incluso en los países industrializados. Así, en Chicago y en Washington, las redes de abastecimiento de agua y el alcantarillado son defectuosos, como lo es la red eléctrica en la costa Este. En los países en vías de desarrollo los problemas suelen ser más graves todavía. La mediocridad de las infraestructuras se traduce en problemas de agua, de higiene y de transporte. Los pobres de las zonas urbanas son los que más sufren.
Tercero: los problemas medioambientales, particularmente la contaminación atmosférica, la de agua y el ruido se plantean con gravedad cada vez mayor en muchas ciudades de los países en vías de desarrollo.
Cuarto: el aumento de los conflictos sociales, como los que plantean la delincuencia y las personas sin hogar es una verdadera plaga en muchas ciudades. Estos problemas derivan, en parte, de la mayor libertad de movimientos de la gente.
En el siglo que viene, la ciudad se convertirá en la unidad de referencia en cuanto a producción económica, organización de la sociedad y creación de conocimientos. Las ciudades tendrán una especial relevancia para configurar el desarrollo de la economía mundial. Los avances tecnológicos y la facilidad de acceso a la información permitirán que las ciudades desarrollen medios de producción más eficaces utilizando los recursos materiales menos costosos.
En la era de la información que acaba de comenzar, las ciudades serán las fuentes, las utilizadoras y las depositarias del conocimiento. El saber es fruto de investigación, de los descubrimientos y de la innovación. Como se trata de un recurso de gran valor, las ciudades rivalizarán en la generación de conocimientos. La industria del conocimiento, los parques científicos, las áreas de desarrollo tecnológico, los polos industriales y otras unidades análogas continuarán prosperando en las ciudades del futuro.
Habrá más libertad en las ciudades del mañana. Los individuos y las instituciones serán más libres, al estar conectados electrónicamente. La interacción "a través del cable" será el complemento de los contactos cara a cara. Este fenómeno repercutirá sobre el modo de vida, ya que será posible trabajar en el hogar, hacer compras por ordenador y viajar con tarjetas de crédito. El clamor en favor de un fortalecimiento de la participación y la democracia redundará en la asignación de mayores medios a las organizaciones no gubernamentales de tipo comunitario. Las ciudades del futuro podrán reorganizarse social e institucionalmente. Con los saberes y conocimientos que la humanidad ha heredado de sus antepasados y la aportación de nuevas tecnologías y recursos nuevos, no hay razón para pensar que no podamos hacer frente al porvenir de nuestras ciudades: será a la vez un reto formidable y una gran oportunidad.
Fu-chen Lo
Economista. Director adjunto del Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de las Naciones Unidas, Tokio (Japón)
Yue-Man Yeung
Geógrafo y especialista en ciudades asiáticas. Profesor de Geografía en la Universidad China de Hong Kong y director del Instituto de Estudios de Asia-Pacífico, Hong Kong (China).
Las ciudades en la historia
Aksum (en el norte de Etiopía) fue fundada en el siglo I de la era cristiana y se conectó con un puerto del mar Rojo (Adulis), para poder comerciar con el mundo romano. La conversión de sus reyes al cristianismo (en el siglo IV) hizo que la ciudad y sus elites culturales se integrasen en el mundo europeo (y se tradujeron al ge´ez la Biblia y las obras literarias del griego, del árabe y del siríaco) (Gugler, 1996. pág. 214).
España imaginaba su imperio colonial como una red de ciudades [...] Desde el principio, la ciudad tuvo atribuida esta función. La fundación de una ciudad, que iba mucho más allá de la simple construcción de edificios, significaba la creación de una sociedad. Y esta sociedad compacta, homogénea y "militante" debía producir su realidad circundante adaptando sus diversos elementos naturales y sociales, endógenos y exógenos- a un proyecto preestablecido, limitándolos de acuerdo con las necesidades [...] Esta red de ciudades debía dar lugar a la creación de una América hispánica, europea y católica, pero, sobre todo, a un imperio colonial en el sentido más estricto del término, es decir, un mundo dependiente y sin expresión, una periferia del mundo metropolitano, del cual debía ser un reflejo en todas sus acciones y reacciones (J. L. Romero, 1976, págs. 9-14).
En una perspectiva histórica, la internacionalización y la globalización no son fenómenos nuevos, como tampoco sus relaciones con las ciudades y los asentamientos humanos. Las ciudades se crearon en las encrucijadas de las grandes rutas comerciales, especialmente en los lugares a los que se llegaba tras atravesar grandes obstáculos: el mar, el desierto, una cordillera. Las ciudades obtuvieron su poder y sus recursos gracias al control que ejercían sobre el comercio a gran distancia y sobre la producción de bienes objeto de dicho comercio. La llegada de los comerciantes europeos a otras regiones del mundo supuso la construcción de puertos e hizo que los estados ribereños controlasen la producción. Desde las ciudades se controlaban las rutas comerciales (por ejemplo, la ruta de la sea, en Asia) y las expediciones coloniales, desarrollándose así diversos sistemas urbanos, ligados, desde un principio, a la escena internacional.
En primer lugar, la vida urbana apareció con el comercio y los intercambios, cuando se pasó de los mercados locales que ligaban la ciudad y su hinterland inmediato a los centros mundiales del comercio que gestionaban la distribución de ciertos productos en todo el mundo. En segundo término, en las ciudades han residido siempre el gobierno y el poder. Las ciudades imperiales de Oriente y Occidente, con sus palacios, sus cortes y su patrocinio de las artes, sólo podían existir apoyándose en las burocracias y las administraciones encargadas de percibir los impuestos indispensables para mantener la vida ciudadana y el esplendor imperial. En tercer lugar, las ciudades eran también espacios de libertad, donde las gentes podían escapar de la servidumbre personal y de las ataduras de feudalismo y (en ciertas circunstancias históricas) de la esclavitud. A fin de cuentas, las ciudades son la cuna de la ciudadanía, el crisol de individuos autónomos que tienen derechos y responsabilidades frente a los demás y frente a las autoridades legítimas del Estado. Ejércitos y conquistas siempre han formado parte del paisaje: ciudades fortificadas para defender la ciudad contra el invasor y tropas que acompañaban a los recaudadores de impuestos en la campiña y en las ciudades sometidas. Y, con mucha frecuencia, la exigencia de la hegemonía religiosa y de la conversión eran compañeros del ejército invasor.
La economía, la política, la cultura (incluida la religión) y la fuerza han sido los ingredientes de la aparición y la transformación de las ciudades y de los conglomerados urbanos y hay ciertas características que permiten comprobar la fuerza de la continuidad histórica.
En esta rápida transformación económica, social, política y demográfica, se observan ciertos elementos de continuidad en los asentamientos humanos. El tamaño medio de las ciudades más importantes del mundo puede haber cambiado considerablemente, pero su implantación se ha modificado mucho menos. En la mayor parte de las regiones del mundo, hay una sorprendente continuidad en la lista de ciudades y áreas metropolitanas más importantes: en 1990, más de las dos terceras parte de las ciudades "millonarias" del mundo eran ya grandes ciudades doscientos años antes, y casi la cuarta parte lo eran desde quinientos años atrás (CNUAH, 1996, págs. 13-14).
El impacto de las fuerzas económicas, políticas y demográficas siempre ha estado en función del desarrollo de las tecnologías de las comunicaciones y de los transportes. Sea cualquiera el partido que tomemos, en el debate sobre si nos encontramos en un período excepcional de globalización o, por el contrario, el mundo ha conocido otras épocas de mayor integración (económica y política), no cabe duda de que la revolución tecnológica de las comunicaciones y del transporte modifica la naturaleza misma del fenómeno. De hecho, al acelerarse las comunicaciones y los transportes, el espacio y la distancia pierden importancia y las ciudades pueden crecer. ¿Perderá, pues, su importancia la localización geográfica ahora que la electrónica puede reemplazar a la comunicación cara a cara?
Flujos de población: migraciones, etnicidad, identidad
La llegada a las zonas urbanas de gentes venidas del interior del país (migraciones internas) o procedentes de otros países (migraciones internacionales) es una característica constante en la historia de las ciudades.
Los individuos se desplazan porque buscan mayores posibilidades de empleo y servicios mejores y más numerosos, o también movidos por la degradación de sus condiciones de vida en las zonas rurales de vastas regiones del mundo (por ejemplo, en el África subsahariana). Según diversos estudios, están aumentando en la actualidad los flujos migratorios de mujeres de las zonas rurales hacia las ciudades, en especial de mujeres jóvenes que emigran en busca de un empleo doméstico (tendencia ya observada en América Latina hace varias décadas y que está tomando importancia en África y en ciertas zonas de Asia). Allí donde el islam es la religión dominante, las mujeres tienden a emigrar para cumplir con su función familiar, es decir, para seguir a sus maridos. En general, la decisión de emigrar es la resultante de un conjunto de elementos que es más complejo en las mujeres que en los hombres y obedece sobre todo a motivos económicos (tendencia creciente), a razones de orden familiar o a la búsqueda de una autonomía personal o de mayores posibilidades, en particular en el campo de la educación (FNUAP, 1996).
Las migraciones internacionales influyen también sobre el proceso de urbanización y sobre el crecimiento de las ciudades. A los factores que afectan a las migraciones internas hay que añadir lo
S de orden político y las dificultades que las leyes sobre emigración pueden plantear para salir y entrar en ciertos países. Es claro que las migraciones internacionales están ligadas al fenómeno de globalización de los mercados; y también es evidente que este movimiento es más abierto y más libre para los capitales y las mercancías que para la mano de obra, cuando se aplican políticas proteccionistas y antimigratorias (Bhabha, 1997).
Las migraciones y los lazos territoriales
Los flujos migratorios han tenido una gran trascendencia en la historia.
El comercio de esclavos y los colonos europeos en América, los mercaderes indios y chinos, los siervos trabajadores en diversas partes del mundo y los flujos migratorios de todo tipo han dado lugar a la acumulación histórica de estratos de inmigrantes, que han creado una tradición en las ciudades, con diversos grados y formas de integración y de segregación en las comunidades de acogida. La composición de las comunidades de emigrantes es muy variada, así como las relaciones que mantienen con la comunidad del país donde residen y con sus países de origen. Todo depende del significado que tenga la migración para cada grupo cultural y de la evolución de la relación coste-beneficio (los transportes son ahora más fáciles y más rápidos, mientras que las leyes pueden dificultar la inmigración). En realidad, las migraciones internacionales no han sido nunca sinónimo de "integración": aunque ha habido casos de asimilación (ideológica y práctica, Todd, 1996), también los ha habido de segregación, discriminación y genocidio.
Mirados "desde abajo", es decir, desde el punto de vista de los emigrantes, las redes y circuitos donde se insertan los emigrantes y los refugiados transnacionales son espacios sociales transnacionales o mundiales, en los que aparecen distintas formas transnacionales de organización, de movilización y de prácticas políticas (Smith, 1995, pág. 249). Se trata de una cierta "política transnacional de base", contrapuesta a la nueva clase de "empresarios mundiales", que trasciende simultáneamente el nivel urbano y la referencia al Estado-nación.
Este tipo de política tiene una larga historia y una larga tradición. Desde tiempo inmemorial, las ideologías internacionalistas han recorrido los continentes y atravesado las fronteras, ya se trate del socialismo o del comunismo, de asociaciones internacionales de trabajadores, de movimientos populares cristianos o de otros movimientos religiosos. Los independentistas de la época colonial y los exiliados políticos de todas las épocas se formaban a menudo en el seno de las elites progresistas de las metrópolis, antes de regresar a sus países de origen, pertrechados con nuevos mensajes y nuevas estrategias políticas. Al ser más fáciles los movimientos, y al ser las comunicaciones instantáneas, el desplazamiento en el espacio de familias y comunidades étnicas, a través de las fronteras, da origen a nuevas formas de acción cultural y política y a nuevas formas de resistencia de los emigrantes y refugiados transnacionales que, en cierto modo, dependen de dos estados-naciones, pero que también se desligan de ambos. Se trata de comunidades, por así decirlo, "bifocales", que no están ligadas a un territorio determinado, sino que están constantemente rediseñando su imagen y su identidad (Appadurai, 1996).
Con la aparición de los nuevos medios de comunicación, el cine, la televisión y el vídeo, transmiten imágenes que pintan una posible nueva vida en la ciudad, además de las historias tradicionales de terno al país de origen (Appadurai, 1996). Esta imagen y esta descripción de un mundo imaginario pueden incrementar los movimientos migratorios (un medio no despreciable de encarar el problema del aumento de la pobreza y de la desigualdad en el mundo). "La fantasía es ahora una práctica social". Que los sueños y las expectativas se puedan cumplir sigue siendo una cuestión abierta y llena de incertidumbres. La movilidad da al hombre la posibilidad de realizar sus fantasías pacíficamente y de afirmar los aspectos positivos de la condición humana; pero también tiene su lado negativo.
En "Who are the ´good guys´?" (Smith y Tarallo, 1995), las fantasías universales, en forma de imágenes de poder, de riqueza y de violencia, tomadas de las películas de Kung Fu, se reflejan en las "representaciones de sí mismos" y en las exigencias formuladas por cuatro jóvenes vietnamitas que toman rehenes en la tienda de material electrónico Good Guys, de Sacramento, California. Cuando los jóvenes tratan de realizar sus fantasías, varios rehenes resultan muertos y tres de los jóvenes perecen a manos de un equipo especial de policía. Estos jóvenes, que eran todavía niños cuando la caída de Saigón en 1975, exigían un helicóptero para regresar a Vietnam y enfrentarse a los comunistas (Smith, 1995, pág. 254).
El mantenimiento, la restauración y la reinvención de identidades culturales y étnicas son procesos "abiertos". La diversidad y la heterogeneidad constituyen la regla. Hay casos donde el "allá" (de donde uno procede) se ofrece como posibilidad de regreso, o bien de visita, y casos donde esta posibilidad no existe. A veces, los inmigrantes se diseminan y se dispersan en las ciudades donde viven, y otras veces toman posesión de un territorio, recreando barrios o calles con connotaciones étnicas (el "pequeño París", la "pequeña Venecia", "Chinatown", etc.) en las grandes ciudades del mundo. Esto puede dar lugar a confrontaciones -a veces violentas- para reconquistar un territorio perdido, o también a luchas simbólicas para afirmar una identidad cultural. Los emigrantes "pendulares" que se mueven, por ejemplo, entre México y Estado Unidos crean nuevos espacios sociales que favorecen la constitución de una identidad y una auténtica acción social, en sus múltiples asentamientos territoriales. Hay también movimientos que utilizan los recursos mundiales para poner en práctica una política local que implique a redes internacionales (Sikkink, 1996), y también confluencias de varios movimientos e identidades en un único lugar (Smith, 1995, págs. 258-263).
Multiculturalismo y etnicidad
El grado de multiculturalismos de las ciudades del mundo varía en función de la larga historia de contactos y conflictos culturales que ha desembocado en la realidad actual. Desde un punto de vista puramente demográfico, en la mayoría de las ciudades existe una población numéricamente dominante, procedente de la sociedad de acogida, que a veces es también multicultural; y una población generalmente muy heterogénea de personas "nacidas en el extranjero" (o de ascendencia extranjera), procedente de distintas etnias, religiones y culturas y que ha llegado en circunstancias históricas diferentes. Para apreciar el grado de heterogeneidad y las diferencias entre las ciudades, hay que situarlas en el marco político-económico de los sistemas mundiales y en el contexto cultural de la globalización. Asimismo hay que tener en cuanta los procesos históricos a largo plazo, y el marco político del poscolonialismo y el posimperialismo, para comprender los procesos socioculturales que tienen lugar en las ciudades.
La dinámica política y la transformación del mercado del trabajo pueden exacerbar las presiones culturales que tienen por objeto mantener y recrear la etnicidad, o incluso crear una nueva, a medida de las necesidades. Así, en Pakistán, donde los nacionalismo "provinciales" ofrecen a las poblaciones locales una amplia gama de instituciones intermedias, el grupo (ciertamente poco numeroso, pero muy influyente política y económicamente) que emigró a la provincia de Sindh después del Reparto, y al que se le privó de reivindicar su identidad provincial, ha forjado un nuevo sentido de "nacionalidad", basado en el solo hecho de que los padres de los miembros del grupo eran inmigrantes. Sin un idioma común y procediendo de etnias diferentes, estos jóvenes hablan de una nación mohajir (palabra que significa "emigrante", en urdu). El partido político que los representa ha ocupado el espacio vacante entre el Estado y una comunidad de inmigrantes descoyuntada, que no ha podido apoyarse en una tradición coherente (Shaheed, 1995; Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, 1995, pág. 56). En México ha nacido un nuevo movimiento cultural, los concheros, grupos de jóvenes urbanos dedicados a la música y a la danza, que evocan prácticas y denominaciones precolombinas.
La etnicidad y la diversidad dejan sus marcas en el espacio urbano. Pero "la exhibición pública de una identidad individual o colectiva mediante tipo de edificios, modelos, formas, materiales y métodos de construcción, colores, acabados y calidades distintivos [...] no ha tenido siempre el mismo impacto en las ciudades" (King, 1995, pág. 224). Cuando existe una cultura espacial dominante, como la cuadrícula de la ciudad de Nueva York, por ejemplo, el impacto de la diversidad cultural es menor que en otras ciudades, como Bombay o Delhi, que tienen una mayor variedad de espacios que reflejan modalidades de construcción histórica y culturalmente diferentes (King, 1995, pág. 224). Incluso una disposición espacial idéntica, como la cuadrícula en torno a la plaza de Armas en América Latina, puede reflejar distintas combinaciones de modelos y significados culturales autóctonos y europeos (Low, 1993).
Las nuevas oleadas de inmigrantes extranjeros en las grandes ciudades pueden adoptar el tipo de vivienda de las clases trabajadoras y transformarlo según su propia tradición, adaptándolo (así como los lugares públicos) a sus preferencias culturales, a sus estructuras familiares, a su religión y a su estética. Así se afirma una identidad cultural simbólica. Es el caso, por ejemplo, de los portugueses en Toronto, de los puertorriqueños en Nueva York y de los emigrantes de Bangladesh en Londres (King, 1995, pág. 226). En este contexto, el movimiento actual a favor de una "política de identidad" confiere un sentido nuevo a la diversidad cultural, que tiende a convertirse en moneda de intercambio.
Asistimos a una "reterritorialización" de los barrios étnicos, con sus lugares y sus instituciones simbólicos. Reaparece la noción de frontera, dentro de la ciudad, en la medida en que la multiplicación de identidades étnicas está ligada a la multiplicidad de territorios, a las desigualdades sociales y a la distinta capacidad de acceso a los servicios. Las nociones de "aquí" y "allá" adquieren un gran significado, tanto dentro de la ciudad, con referencia la territorio de origen, como porque reflejan el deseo de estar "en otro sitio".
Esta "reterritorialización" es consecuencia de una "desterritorialización". Los movimientos migratorios confieren un nuevo sentido al territorio urbano, como también a otras manifestaciones culturales el cine, el teatro, o la literatura -. Esta dinámica cultural puede dar lugar a nuevos conflictos, a veces violentos. Pero, en la medida en que dota de nuevos contenidos a las formas artísticas, también puede llevar a la explotación comercial de barrios étnicos, restaurantes y músicas "exóticos", capaces de atraer las inversiones de las empresas multinacionales y de favorecer el turismo internacional de las nuevas elites cosmopolitas.
En resumen, se produce simultáneamente el desarrollo de una cultura de masa, a través de los medios de comunicación, y el florecimiento de las culturas "étnicas". Estos dos elementos de la transformación cultural de las ciudades forman parte de un proceso más amplio de construcción de identidades, basado en el diferente acceso, a nivel local y mundial a los bienes simbólicos y a su consumo. Pero ¿qué relaciones hay entre esos dos elementos? Para algunos, las diferencias culturales "persisten" porque los diferentes grupo reciben y procesan los productos de los medios y de la industria cultural desde la perspectiva de sus propias identidades. Y también porque hay una diversificación de la oferta de bienes simbólicos que genera nuevas diferencias culturales, si bien el marco homogéneo creado por la tecnología (televisión y comunicaciones por satélite), lo que, a fin de cuentas, supone uniformizar las relaciones sociales en el mundo. La diversidad se puede considerar también como una consecuencia de la resistencia de las clases subordinadas (Scott, 1992). Hay fuerzas que favorecen la heterogeneidad, en la propia lógica de la transformación capitalista. La clave está en considerar las tensiones inherentes a los procesos de diferenciación y homogeneización, más que en tratar de encontrar indicadores que muestren que la balanza se inclina a uno u otro lado.
Celebrar la diversidad y las políticas multiculturales no proporciona respuestas a la cuestión planteada por el significado práctico de estas identificaciones étnicas. La inmensa mayoría de los obreros no cualificados comparten un espacio social de exclusión, fragmentado en términos de etnicidad, que tiende a crear comunidades defensivas, que luchan unas contra otras para obtener mayores servicios y para preservar la base funcional de sus redes sociales, lo que representa un recurso importante en las comunidades de renta limitada (Castells, 1995, pág. 320). La reestructuración de la economía conduce a la formación de una serie de comunidades víctimas de la discriminación social y de la segregación territorial, culturalmente fragmentadas, e incapaces de constituirse en clase social, dada la gran diversidad de las relaciones de producción. Parece más fácil afirmar una identidad en una perspectiva fundamentalista (una identidad "tribal"), cultural y territorialmente defensiva, protectora y limitada, que embarcarse en un conflicto abierto con los poderosos, cuyo poder se plasma en el dominio que ejercen sobre todo tipo de flujos, (Castells, 1995). La geografía de las culturas puede degenerar, entonces, en tribalización, fragmentación y xenofobia.
Las ciudades son el asiento de la diversidad, del encuentro con el extranjero, del reconocimiento de la distinción entre "yo" y "los demás". La tendencia a la globalización, hacia un mundo "uno", interconectado e interdependiente, supone simultáneamente y como parte del mismo proceso, la reafirmación de la diversidad cultural y de las identidades locales y nacionales. Siempre es así, porque la propia condición humana implica el sentimiento de pertenencia a una comunidad política. El ser humano forma parte de una comunidad, y sólo de la especie humana en abstracto. Esto significa que
no hay más camino hacia la universalidad que el que pasa por el particularismo. Sólo quienes dominan una cultura determinada pueden hacerse comprender por la humanidad entera [...] El dominio de una cultura es indispensable para los individuos que deseen prosperar: la aculturación es posible, y a veces beneficiosa, pero la desculturación constituye siempre una amenaza (Todorov, 1992).
La destrucción del Puente Viejo de Mostar
En 1993, el Puente Viejo de Mostar fue destruido deliberadamente. Los extremistas prefirieron considerar el puente como un nexo de unión entre las comunidades musulmana y croata y un símbolo de la herencia bosnio-musulmana, más que reconocer su belleza y su perfección, como tesoro de la creatividad humana.
La ciudad antigua de Mostar, enteramente construida con materiales locales, es excepcional por el conjunto de sus casa y monumentos, armoniosamente reunidos a lo largo de los siglos, y en función de las circunstancias geográficas y económicas. En el siglo XVII había ya en Mostar unas 1.000 casas y una población de 12.000 habitantes. Hasta la época contemporánea, la ciudad ha conservado su carácter de centro artesanal e importante foco de actividades comerciales.
El Puente Viejo (Stari Most) de Mostar, una de las últimas obras monumentales de Solimán el Magnífico, fue construido en 1566 por Mimar Hajruddin, discípulo del célebre arquitecto otomano Sinan. Antes de su destrucción por la artillería, en 1993, constaba de un elegante arco en lomo de asno, de 28 metros de luz, 30 metros de largo y 4 de ancho. En aguas bajas, se elevaba a 20 metros sobre el río Neretva. Lugar de paso entre el este y el oeste de la ciudad antigua, estaba flanqueado por dos torres fortificadas; la torre Halevija, en la orilla derecha, y la torre Tara, en la orilla izquierda, ambas construidas en el siglo XVII, bajo la dominación otomana.
Esta obra de arte excepcional inspiró a los poetas y maravilló a los viajeros. En la segunda mitad del siglo XVI, un poeta de Mostar comparó su arco sobre el río a un arco iris en el cielo. Para un viajero francés de 1658, el puente era algo milagroso y su estructura más audaz y más impresionante que la del puente de Rialto, en Venecia. A principios de nuestro siglo, un escritor austríaco afirmaba que si tuviera que señalar cuál era el puente más bello del mundo, elegiría sin duda el Puente Viejo de Mostar
Antes de la ocupación austro-húngara de Bosnia-Herzegovina (1878), muchas tradiciones de la cultura bosnio-musulmana se referían al puente. Desde lo alto de la torre de la orilla izquierda, el muecín llamaba a la oración. En la otra torre, una amplia sala servía de punto de encuentro de la burguesía ilustrada de Mostar y su recuerdo ha permanecido tan vivo que, recientemente, después de la guerra civil, se ha instalado en ella un café para recordar la convivencia perdida. Durante el buen tiempo, y en especial durante las fiestas musulmanas, los jóvenes e incluso los niños- se tiraban desde el puente al río Neretva, audaz tradición que se ha recuperado desde 1995.
El antiguo régimen comunista clasificó a los bosnio-musulmanes como una etnia, al lao de los serbios y los croatas, lo cual complicó aún más la vieja "cuestión de los Balcanes". Aunque de origen y de lengua eslavos, en su gran mayoría, y convertidos masivamente al islam en el siglo XV (conversión que los historiadores explican por la persecución sufrida por lo bogomilos, secta cristiana dualista proscrita tanto por la Iglesia ortodoxa serbia como por la Iglesia católica croata), los bosnios nunca fueron considerados como asimilados por los extremistas de todo tipo.
Estos extremistas no quisieron conservar nada del esplendor económico y urbano de Mostar, alcanzado durante el período otomano (siglos XV al XIX). Por el contrario, consideraron los monumentos, tanto religiosos (mezquitas, madrazas y mausoleos) como civiles (hammams, zocos, puentes) como testimonio de una ocupación y de una cultura extranjeras.
El más célebre de estos monumentos y una de las "señas de identidad" de la ciudad otomana, era el Puente Viejo. Aunque carente ya de importancia económica y estratégica, se consideró trágicamente como un símbolo que debía desaparecer.
Quizás se pueda pensar también que este símbolo fue reforzado por la imagen (elevada a la categoría de mito, a las puertas e Europa occidental) de una ciudad con reminiscencias orientales, ensalzada ante los turistas y universalmente admirada por ellos, en la época en que el régimen del mariscal Tito fomentó fuertemente el turismo.
El Puente Viejo no fue destruido por razones militares, sino para borrar las raíces culturales de la población. El gran valor simbólico de su destrucción no reside sólo en que el puente constituía una conexión física entre dos comunidades y, a través de ellas, entre dos universos históricos y culturales, el Este y el Oeste; el puente era en realidad, en todo su sentido, el lazo de unión que las comunidades actuales mantenían con la época en que compartían un pasado común, a pesar de su diversidad.
Azzeddine Beschaouch
Arqueólogo e historiador de la Antigüedad clásica.
Adjunto al Subdirector General de la UNESCO para la Cultura.
Miembro del Instituto (Academia de Inscripciones y Bellas Letras), París (Francia)
Espacios y Lugares
La construcción de una ciudad depende de la manera en que las gentes combinan los factores económicos tradicionales, que son la tierra, el trabajo y el capital; pero también de la forma en que manipulan los lenguajes simbólicos de la exclusión y los derechos. El aspecto de las ciudades y los sentimientos que inspiran reflejan las decisiones tomadas sobre qué y quién- debe o no ser visible, sobre los conceptos de orden y desorden y sobre el uso del poder estético (Zukin, 1995, pág. 7).
Construir una ciudad significa disponer espacios de diálogo y relaciones mutuas, de interdependencia, de coordinación y de relaciones de fuerzas. La cultura urbana es una creación colectiva. Las relaciones mutuas y los encuentros son su fundamento, ya se trate de encuentros entre individuos diferentes o entre extranjeros, o que tengan lugar "en público". Dado que la globalización entraña un desarrollo de las relaciones culturales, el problema consiste en saber quién ha de garantizar la vitalidad del debate y del diálogo públicos, que condicionan la creatividad colectiva y la vitalidad cultural.
La vitalidad de la esfera pública, expresada en la creatividad de los espacios públicos, es el punto de convergencia de personas que representa disciplinas y preocupaciones distintas: por ejemplo, la teoría y la práctica democráticas, a partir de un debate público sobre los objetivos de la sociedad y los medios de que dispone, y sobre el papel del Estado y los derechos civiles. O bien, las preocupaciones de muchos ciudadanos (sobre temas que van desde la comunicación a la política social, desde el feminismo a los derechos humanos) acerca de los límites cambiantes entre l público y lo privado. O la continua redefinición del interés general y de las responsabilidades sobre el bien común y los servicios colectivos, tan influida por la fuerte tendencia a la "privatización". Más concretamente, los urbanistas y las autoridades locales se preocupan por dar forma (en sentido literal y en sentido metafórico) no sólo a los espacios, sino también a las actividades públicas.
Hay muchos ejemplos de actividades o políticas locales destinadas a impulsar esta vitalidad. Las fiestas y los festivales folclóricos organizados en las ciudades no son un fenómeno nuevo. Desde el comienzo de las migraciones, los grupos étnicos han mantenido sus relaciones con sus lugares de origen merced a dos tipos de rituales: regresando a sus países de origen con ocasión de fiestas y manifestaciones tradicionales; y organizando en la ciudad de acogida fiestas que recrean su identidad étnica. Sin embargo, las fiestas así organizadas en las ciudades por grupos minoritarios no son un simple calco de las que tienen lugar en los países de origen, sino que tienen un nuevo contenido, un nuevo significado. Reflejan la diversidad de la población de las grandes ciudades, dirigiendo un mensaje a "los otros", en particular a quienes representan a la cultura dominante, en la que el grupo se siente extranjero.
Desde hace veinte años, en el mes de octubre, los bolivianos residentes en Buenos Aires celebran la fiesta de Nuestra Señora de Copacabana. El día de la fiesta, unas diez mil personas, procedentes de distintos rincones de la ciudad, se reúnen en un barrio donde los bolivianos son mayoría desde hace más de treinta años. Por la mañana se celebra una misa en la iglesia de Nuestra Señora de Copacabana y después se lanzan pequeños cohetes con las banderas de Bolivia, de Argentina y de la Santa Sede. Hay una procesión y danzas (con unos treinta y cinco grupos diferentes) que representan distintos momentos históricos y diversos orígenes étnicos, sociales o regionales. La fiesta, que es una ocasión de identificación cultural en el medio urbano, adquiere cada año mayor importancia y atrae a un número creciente de visitantes argentinos. No se trata de la conservación de un pasado ancestral sino más bien de representar la relación entre la historia y el presente de la emigración. Es un medio para relacionarse con la sociedad dominante, la afirmación de una presencia visible en la ciudad, que compensa la experiencia cotidiana de discriminación, de estigmatización y de invisibilidad. Lo que hace a esta fiesta especialmente interesante es que la Virgen de Copacabana ha sido nombrada "Patrona de los emigrantes bolivianos en Argentina", mientras que en Bolivia no hay ninguna Virgen reconocida como patrona de la nación. De hecho, el multiculturalismo y la pluralidad étnica son rasgos característicos de la sociedad boliviana, y la diversidad está también presente entre los emigrantes. Al igual que con las danzas, la feria que se organiza en el marco del festival ofrece la posibilidad de adquirir alimentos y productos típicos de la artesanía de distintas regiones de Bolivia. Lo que no se concibe ni percibe como una unidad en el país de origen (no es posible hablar de "bolivianismo"), se construye culturalmente en Buenos Aires, a 2.000 kilómetros de distancia (Grimson, 1997).
Lo que en principio no es sino una actividad de grupo la fiesta es la afirmación de una identidad cultural; los restaurantes, las tiendas de alimentación o el barrio son medios para mantener diariamente su modo de vida- se puede transformar en algo diferente: la fiesta atrae a gentes del exterior, "consumidores de la diferencia étnica", y proporciona el pretexto para "invadir" otras zonas de la ciudad, afirmando así la presencia y la visibilidad del grupo. Con el patrocinio conjunto de empresas privadas, organizaciones comunitarias y autoridades municipales, existen actualmente muchas manifestaciones que celebran las diferencias, étnicas o de otro tipo (por ejemplo, la afirmación de una nueva identidad cultural, la reivindicación de un sexo o de una orientación sexual). La Quinta Avenida, en Manhattan, es teatro de un número cada vez mayor de desfiles, con número siempre creciente de participantes, mientras que en Sydney el desfile de los homosexuales se ha convertido en una de las atracciones turísticas más importantes del Pacífico.
¿Es la violencia urbana un fenómeno cultural?
No es la ciudad la que engendra violencia; la pobreza, la exclusión política y social y las dificultades económicas actúan en contra de la solidaridad que habría permitido a los habitantes de la ciudad convivir pacíficamente, a pesar de los conflictos (Pinheiro, 1993).
Las estadísticas revelan que, por lo menos cada cinco años, más de la mitad de la población que vive en las ciudades es víctima de algún delito. Los delitos contra la propiedad son los más comunes (CNUAH, 1996, pág. 123). La violencia urbana (asesinatos, agresiones, violaciones y violencia en el seno de la familia) está aumentando en todo el mundo, aunque el fenómeno es muy variable de una región a otra: es más débil en Asia y más acentuado en África y en ciertas zonas de América.
La violencia urbana es la resultante de muchos factores: insuficientes ingresos, estrechez y precariedad de la vivienda y ausencia de ayudas sociales son causas de discriminación y de tensiones. La atracción que ejercen los productos que se exhiben constantemente y la ostentación del lujo generan frustración. Pero hay que hablar también de la cólera que provoca la opresión en todas sus formas, en particular la destrucción y el envilecimiento de la identidad cultural, el racismo y la discriminación. Por otra parte, cada vez resulta más fácil procurarse una arma de fuego, la violencia se instala en las pantallas de televisión y la droga se extiende. Todo ello genera también violencia. Además de estos factores, que se mencionan y analizan a menudo, no hay que olvidar el papel muy importante de la calidad de vida en las ciudades: la forma en que se han concebido las zonas residenciales, el control informal de los lugares públicos y un clara definición de quién tiene el derecho de usarlos y quién es responsable de su mantenimiento (CNUAH, 1996, pág. 125).
El nivel de delincuencia en el medio urbano (atentados contra la propiedad y con las personas) implica cambios en la disposición espacial de las ciudades y aumenta la segregación social y geográfica. Asistimos a la aparición de una nueva economía de la seguridad privada, de una nueva "estética del temor". Por ejemplo, en São Paulo, durante la primera fase de crecimiento de la ciudad (1890-1940), la población estaba muy concentrada. La heterogeneidad de la sociedad, la discriminación y la segregación se asociaban a los tipos de viviendas y generaban problemas de higiene y enfermedades diversas (un nuevo barrio para las clases medias se llamó Higienópolis). Para limpiar el centro de la ciudad hubo que empujar a las clases trabajadoras hacia la periferia. Durante el segundo período (1940-1980) se produjo una neta diferenciación entre el centro y la periferia y, con ella, una segregación geográfica entre los ricos (que ocupaban el centro de la ciudad, bien equipado) y los pobres (rechazados a los alrededores). Hubo, sin embargo, algunas iniciativas para mejorar las condiciones de vida de la periferia. Pero, a partir de los años 80, la recesión económica y el aumento de la criminalidad y del miedo han dado lugar a un nuevo modelo de segregación, basado en la noción de seguridad.
En Morumbi (la zona rica de São Paulo) se construyeron, entre 1980 y 1987, 217 inmuebles con 49.972 apartamentos, en su mayoría de lujo. Pero la novedad estriba no tanto en el volumen como en el tipo de construcción: conjunto residenciales de casas o rascacielos, llamados "condominios cerrados". Ofrecen los servicios de un club, están siempre rodeados de muros y se distinguen sobre todo por sus diversos y sofisticados sistemas de seguridad y por la presencia de guardias privados. Además, como estos conjuntos compiten en un mercado restringido, los promotores hacen gala de imaginación para dotar a cada uno de signos "distintivos": además de su arquitectura monumental y de sus nombres extranjeros con resonancias aristocráticas, presentan ciertas características extravagantes, como una piscina por apartamentos, tres dormitorios de servicio, salas de espera para choferes en el sótano, salas especiales para guardar la cristalería, etc. Todo este lujo contrasta con lo que se ve desde las ventanas de los apartamentos: las miles de barracas de las favelas, al otro lado de los altos muros, que abastecen de servicio doméstico a los condominios vecinos (Caldeira, 1996, pág. 63).
El miedo a la delincuencia contribuye a crear distancia y separación entre los grupos sociales. Por una parte, el miedo a la delincuencia y a la violencia va acompañado de la "evocación de la violencia" (comentarios, relatos, chiste) que contribuye a la vez a contrarrestar y a magnificar la violencia. Establece una polaridad (el bien contra el mal) que acentúa los prejuicios, manteniendo la distancia y excluyendo todo lo que es diferente. Por otra parte, en un marco en el que las instituciones encargadas de mantener el orden se han vuelto a su vez violentas y no se consideran fiables, la gente reacciona frente al aumento del miedo dotándose de medios de seguridad privados, contratando los servicios de agente de seguridad privados y recurriendo a nuevas técnicas de vigilancia y a la creación de grupo de autodefensa. Las calles están vacías, nadie pasea por ellas. Los encuentros en lugares públicos son cada vez más tensos e incluso violentos, dominados por los miedos y estereotipo de la gente. La tensión, la discriminación y la sospecha son los nuevos signos de las relaciones públicas.
Los lugares reservados a las clases acomodadas se repliegan hacia el interior (no sólo las viviendas, sino también las oficinas y los centros comerciales), mientras que el espacio exterior queda para quienes tienen menos posibilidades. Los lugares públicos modernos que son las calles se abandonan cada vez más a los sin techo y a los hijos de la calle. Al contrario que el espacio público moderno, construido en torno a los ideales de igualdad y comunidad y bajo una idea de universalidad, los nuevos espacios públicos creados en São Paulo se estructuran según principios de separación y diferencias irreconciliables (Caldeira, 1996, pág. 65).
São Paulo no es la única ciudad que se encuentra en ese caso. En Estados Unidos, la política del "temor a lo cotidiano" constituye una verdadera amenaza para la cultura pública. El moderno principio igualitario de la libertad de acceso de halla pisoteado. La población no tiene más que un deseo: "que se acabe con la delincuencia mediante la represión"; de aquí la privatización y militarización crecientes del espacio público. Actualmente, el personal de las empresas privadas de seguridad supera en número al de los servicios públicos encargados de hacer cumplir la ley. En California, se cuentan 3,9 agentes de seguridad privados por cada agente de los servicios públicos. En este sentido, como muestra de esta tendencia, hacia la privatización, la colaboración entre empresas privadas y servicios públicos juega un papel cada vez más importante: así, la vigilancia de los parques públicos se está encomendando a empresas privadas (Zukin, 1995).
Existe un código no escrito para "sobrevivir" en los lugares públicos, basado en "vigilar" a quienes pasean por la calle. La etnicidad, una estrategia cultural destinada a cultivar la diferencia, se refleja en la política del miedo, exigiendo al individuo que marque las distancia mediante ciertos signos estéticos, que varían según las épocas. Como el miedo, la etnicidad y la raza se convierten en una categoría estética, en un movimiento que identifica el cuerpo y el espíritu, el color de la piel y las formas que adopta la vida cultural (Todorov, 1989).
Política pública: hacia nuevas formas de colaboración
A las ciudades se les atribuyen males sin cuento y se critica la dureza de la vida cotidiana. No obstante, la ciudad tiene también su lado bueno y sus ventajas. La clave consiste en eliminar los males y sacar partido de las ventajas. Pero ¿quién debe actuar y cómo?
La ciudad de Barcelona ha emprendido tres procesos a la vez de orden político y urbano: la democratización de la gestión municipal, la transformación física de la ciudad y la definición de un proyecto urbano que cuente con el respaldo de la población [...] La descentralización ha sido, ciertamente, la operación política más importante de los primeros años de democracia municipal, creándose espacios y equipamientos públicos en todos los barrios [...] El gobierno municipal democrático se ha esforzado en crear o recrear una atmósfera agradable en la ciudad, a través de múltiples iniciativas: mejora de la estética urbana y de la seguridad, creación de pequeños parques donde ha sido posible, promoción de fiestas de barrio y municipales, recuperación de tradiciones (desfiles y carnavales) [...] En esta política de integración y promoción, se ha reservado un papel importante a los proyectos culturales (museos, exposiciones, conciertos) y deportivos, coronados por los Juegos Olímpicos de 1992 [...] La dimensión estética de los proyectos urbanos [...] cumple tres funciones. La primera, la integración de los habitantes en su ciudad, en conjunto y a nivel de barrio [...] La segunda, mostrar la calidad de la administración pública [...] Por último, la estética urbana acentúa los rasgos distintivos de la ciudad y su atractivo, siendo un elemento importante de city marketing [...] Embellecer la ciudad no sólo es bueno en sí mismo, sino que es también una buena inversión [...] (Borja, 1996).
La actual discusión sobre la política y las medidas a adoptar se inspira en un modelo triple: el Estado, las fuerzas del mercado y la sociedad (llamada, a menudo, "sociedad civil" y también "tercer sector"). No hay ninguna fórmula que garantice el éxito de una combinación de estos tres elementos, ya que los protagonistas son muy diferentes según las circunstancias históricas y la coyuntura política y económica del momento y, además, los problemas con los que se enfrentan son muy diversos. Entonces, ¿qué conclusiones se pueden sacar?
Las circunstancias políticas y econ0ómicas del mundo actual han dado lugar a un intenso debate sobre el papel del Estado. La caída de los países de economía planificada no supone la desaparición del Estado. A fin de cuentas, es el Estado el que garantiza los derechos y deberes de todo ciudadano. Para el habitante de la ciudad, que depende de la oferta cotidiana de servicios públicos y de un sistema de consumo colectivo, la calidad de la gestión municipal es de primordial importancia.
La mayor parte de las actividades humanas tiene lugar fuera de la esfera directa de los poderes públicos, pero debe obedecer a reglas dictadas por el Estado y las instituciones. Incumbe, por tanto, a las autoridades crear un "entorno propicio" que favorezca el desarrollo de múltiples formas de actividad humana, de los individuos, las parejas, las comunidades, las actividades comerciales y las organizaciones benéficas (CNUAH, 1996, pág. 424).
El énfasis otorgado a la "política de capacitación" se ha visto considerablemente reforzado porque cada vez más se admite que la existencia de estructuras de gobierno democráticas y participativas no es sólo un importante objetivo de desarrollo, sino también un medio para conseguir ese desarrollo. La participación y la capacitación son inseparables, en tato en cuanto las prioridades y las exigencias de la población influyen sobre la formulación de una política de capacitación flexible y eficaz (CNUAH, 1996, pág. 424).
Un ejemplo de democracia local: el "presupuesto participativo" de Porto Alegre (Brasil)
Porto Alegre es una gran ciudad del sur de Brasil, que contaba tres millones y medio de habitantes a mediados de los años 90. Como muchas otras zonas urbanas del país, ha conocido un crecimiento demográfico exponencial en las últimas décadas, al tiempo que su economía hacía progresos importantes y la organización de la vida cotidiana sufría notables transformaciones. Desde 1989, las autoridades municipales han puesto en marcha un sistema original, conocido como orcamento participativo (presupuestos participativo). Una gran parte del presupuesto municipal la administran órganos colegiados donde están representados los distintos distritos de la ciudad, así como cinco sectores temáticos (urbanismo y desarrollo urbano; desarrollo económico y fiscalidad; educación, cultura y ocio; sanidad y transportes). Se trata de un proceso evolutivo, que cada año se modifica progresivamente, de modo que no puede hablarse de una estructura definitiva.
El proceso se inició en 1989, cuando el Partido de los Trabajadores y sus aliados ganaron las elecciones municipales. El nuevo ayuntamiento elegido y varias asociaciones de distrito decidieron, de común acuerdo, emprender un estudio de las necesidades de la ciudad. Los primeros resultados mostraron que la acumulación de demandas sociales era mucho mayor que la capacidad presupuestaria y administrativa del municipio. Enfrentadas a esta dolorosa realidad, las autoridades municipales pusieron en práctica un sistema de participación que permite formular un orden de prioridad y decidir la asignación de una parte importante del presupuesto municipal. La estructura incluye un Consejo Presupuestario, compuesto por delegado de cada uno de los dieciséis distritos de Porto Alegre, especialistas de los cinco sectores temáticos y representantes de ciertos organismos especializados, que llevan al Consejo las demandas de sus representado, reunidos en asambleas para discutir los temas de interés. Basándose en un proceso de negociación, el Consejo establece (y revisa constantemente) los criterios para la toma de decisiones (evaluando las propuestas en función de la prioridad acordada a los distintos sectores o temas, del grado de pobreza de cada distrito, del número de habitantes afectados, etc.). Al cabo de varios años, la experiencia se considera un éxito y un modelo a aplicar en otras zonas urbanas.
La participación activa de los ciudadanos supone que se reconozca la multiplicidad de los participante y toda la red de fuerzas sociales y políticas existentes, y que se mejore la transparencia de las decisiones y la rendición de cuentas de los funcionarios municipales. Pero ningún gobierno municipal, cualquiera que sea su color político, habría podido realizar lo que se ha hecho en Porto Alegre sin contar con apoyo social, representado, en este caso, por las asociaciones de distrito preexistentes, pero en evolución. El proceso ha tenido una consecuencia imprevista: como los distritos preexistentes no coincidían con el campo de acción geográfico de las asociaciones, ha sido necesario reestructurar los distritos de la ciudad, resultando de ello una remodelación del liderazgo tradicional de la comunidad. lo que ha redundado en beneficio de la democracia. Las asociaciones ciudadanas han conseguido una legitimidad fundada en su capacidad de movilización y persuasión y no sólo en sus posibilidades de obtener un respaldo oficial y un apoyo político. En el nuevo espacio institucional, abierto al debate y a la toma de decisiones, un dirigente debe ser capaz de discutir propuestas en el seno de asambleas abiertas a todos y no sólo en los pasillos del poder o en el secreto de la burocracia.
¿Qué conclusiones se pueden sacar de este ejemplo? En primer lugar, que existían ya asociaciones de distrito que habían comenzado a presionar para que se tuviesen en cuenta sus reivindicaciones. Éste era ya un paso en el camino de la autonomía. En segundo término, la participación favorece la asunción de responsabilidades por las autoridades y la transparencia de su actuación (aquí, a nivel municipal), más la adopción centralizada de decisiones, "controladas" o "verificadas" después por expertos independientes. En lugar de enfrentar a los diferentes protagonistas (dirigentes políticos, funcionarios municipales, especialistas de los servicios municipales, movimientos populares), la estrategia adoptada se basa en compartir responsabilidades en la toma de decisiones y en su aplicación. En tercer lugar, como observan algunos autores (Baierle, 1996) esta experiencia puede dar origen a una renovación de las vías por las que se instaura el poder y se ejerce la política.
Elizabeth Jelin
Una buena gestión implica dictar reglas y crear espacios donde se puedan expresar las distintas demandas e intereses (a menudo contradictorios) y en los que puedan tener lugar la negociación y la toma de decisiones. No es función directa de la capacidad de inversión, sino más bien de la capacidad de gestionar el cambio y de definir un marco democrático para tomar las decisiones en común.
Las ciudades crecen y la población mundial se concentrará cada vez más en las zonas urbanas. Las ciudades se convierten en el principal asiento de la diversidad cultural, de los contactos y la creatividad culturales. Pero esta diversidad implica un desafío: encontrar los medios institucionales capaces de garantizar la interculturalidad, en un espíritu de paz y democracia.
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