La política cultural en la Rusia pos-soviética
En la década de los ochenta, la perestroika disipó, en gran medida, el clima de represión en el que se había movido, durante mucho tiempo, las artes y la cultura en la antigua Unión Soviética. El cambio se debió sobre todo al rechazo de ideologías obsoletas y tuvo poco que ver con la economía. Pero el derrumbamiento del consumismo y el paso a una economía de mercado transformó completamente el panorama artístico, prácticamente de la noche a la mañana. El viento de los cambios económicos comenzó a soplar violentamente sobre la cultura.
Antes de 1992, las editoriales no tenían que preocuparse del precio del papel, de los materiales o de los equipos de impresión. Los gerentes y directores de teatro tampoco tenían que preocuparse del coste de los alquileres, de los decorados o de la electricidad. En cuanto a los bibliotecarios, podían pedir nuevas obras, sin vacilación, dentro de los límites de sus presupuestos. Todo estaba controlado por el Estado y sólo el Estado era responsable de la financiación de todas las actividades culturales.
Muchos profesionales de la cultura no estaban preparados para un cambio tan brusco y las repercusiones económicas en este sector han sido catastróficas. Aunque algunos teatros, editoriales, estudios cinematográficos, museos y bibliotecas pertenecen todavía al Estado, las subvenciones de que disfrutan se han reducido a su mínima expresión, o han sido totalmente suprimidas. En cuanto a la tirada de las revistas literarias, que alcanzaba cientos de miles de ejemplares en los años ochenta, ha caído hasta 10.0000 ejemplares, si no a menos. Así por ejemplo, la revista Los Urales, una de las más reputadas en Rusia, aparte de las de Moscú y San Petersburgo, tira hoy solamente 1.600 ejemplares. La revista mensual Teatro, único titulado del país consagrado al arte dramático, ha dejado de aparecer. La tirada de los libros se ha reducido también considerablemente. La industria cinematográfica está en ruinas: el principal estudio del país, Mosfilm, que producía hasta cincuenta películas al año, en las décadas de los setenta y los ochenta, no ha rodado más que en tres en 1997. Carentes de medios económicos, las bibliotecas no pueden mantener sus colecciones; y la administración de la galería Tetriakov, que posee una colección excepcional de pintura y dibujo rusos se ha visto obligada a reducir, por dos veces, sus servicios de seguridad.
La libertad espiritual puede ser, sin duda, un valor absoluto y una bendición indiscutible, pero la libertad económica nacida de la liberalización ha resultado una verdadera maldición.
No obstante, la imagen del sector cultural en la Rusia actual no es totalmente negativa. El número de editoriales privadas no deja de crecer y algunas de ellas publican lo que podríamos llamar literatura seria. En cuanto al teatro, asistimos también a un lento renacimiento. Algunas compañías, nacidas con la perestroika, están llegando a su madurez: el ejemplo más significativo de esta renovación es la compañía Tabakerka, de Oleg Tabakov, mientras que instituciones más antiguas, como el Teatro del Arte y el Sovremennik recobran, poco a poco, los favores del público.
En realidad, con el proceso de transición, el lugar del Estado en la ayuda a los proyectos culturales ha sido ocupado por diversas fundaciones, patrocinadores y mecenas extranjeros. La compañía Tabakerka, por ejemplo, recibe una generosa ayuda del Incombank, una de las instituciones financieras más respetadas de la Federación Rusa. Por su parte, Logovaz, importante empresa del sector ruso del automóvil, subvenciona las actividades de la Fundación Trioumf, que otorga cada año premios a las realizaciones de calidad en las artes y las letras de Rusia. Otro grupo financiero importante, Oneksim, ha concluido recientemente un acuerdo con el museo del Ermitage, de San Petersburgo, para financiar un ambicioso programa de publicaciones. Y hay que señalar también las contribuciones extranjeras, como la del Open Society Institute, de Georges Soros, o el programa Pouchkine, puesto en marcha hace seis años por el Gobierno francés para fomentar la traducción al ruso de obras literarias francesas.
Frente a esto, la política cultural del Estado es, al menos, modesta. Ciertamente, el Gobierno ha de ocuparse con urgencia de innumerables problemas prioritarios en otros sectores. También es verdad que un Estado democrático, que ha optado por la economía de mercado, no puede ser el único, ni aún el principal protector de las artes. Tampoco hay que olvidar que los poderes públicos se están esforzando en la actualidad por ayudar a las bibliotecas, los museos, los teatros y las editoriales y han tomado algunas iniciativas loables en el sector cultural, en especial poniendo en marcha un programa federal de publicaciones y, recientemente, una cadena de televisión del Estado, denominada Kultura. Pero no es menos cierto que, en el orden de prioridad de las preocupaciones del Estado, la cultura ocupa un lugar relativamente modesto.
Ciertamente la cultura sobrevivirá en Rusia. Pero, para poder desarrollarse normalmente, son indispensables ciertos medios. Rusia debería pues reconsiderar sus prioridades y adaptar su política cultural a los cambios sobrevenidos a partir de 1992.
Nicolai Anastasiev
Especialista en Literatura Comparada.
Profesor de Literatura Unviersal en la Universidad Estatal de Moscú (Rusia)
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